VACACIONES
¡A
Brasil!—sonó en la mesa familiar.
Alfredo Berniz
había decidido con sus 35 años llevar a todos por primera vez al mar. Los Berniz
tenían un Peugeot 86, diésel, bien conservado, pero sin aire acondicionado. Era
Enero. Viajar en enero, en la ruta con 40 grados, y sin aire: era una odisea. Por lo tanto planificaron salir de madrugada, la idea era que el amanecer los sorprenda ya en la ruta. Y que el día no los calcine en el asfalto., y ya encontrarse a medio camino.. Así fue.
En un momento el sol empezò fogonear la vía alquitranada. La caldera sobre ruedas
ascendía uno o dos grados cada kilómetro. El conductor sentía como corría la
humedad agria de su espalada, que lo pegaba y despegaba del respaldo.
El sopor de
habitáculo se podía cortar; relojeó a su mujer que sesteaba con su boca abierta al
cielo, y oteaba por el espejo al asiento trasero con sus tres hijas de ojos
celestes —hoy cerrados por sueño—, amontonadas como rubios peluches.
Alfredo bajò la ventanilla, el aire le azotó el rostro, lo despabilaba y a su vez
desbarataba su dorado pelo. Notó también que le alisaba unas líneas en sus
facciones que le daban un aviso de los años.
Llegaron.
Las pupilas se contrajeron ante tanta inmensidad transparente, deseaban correr a
abrazarla. Se precipitaron al líquido salado sin pausa, querían beberlo con
todo el cuerpo. Berniz sintió al zamparse que la humedad lo inundaba, y le
taladraba el cerebro, forzando a cerrar sus ojos en una combinación de dolor y
placer. Emergió.
Se volcó
sobre la alfombra amarilla, caliente y brillante. Dejó que sus músculos fueran
masajeados por mil dedos, sintiendo el lamer de las burbujas que iban y venían
en ese romance eterno entre las ondas saladas y la arena. Las
aletas de su nariz se alertaron ante el aroma cítrico envolvente que viajaba
desde unos recipientes vidriados. Buscó atraído ese brebaje, qué al beber un trago intenso,
sintió un chasquido en su lengua despertando a las papilas, que distinguieron
la mixtura del alcohol destilado y la fruta. Insistió con la catadura una, dos,
tres y más.
Antes de
tumbarse Alfredo puso su mano en visera sobre sus cejas, miró la línea límite salina, sus ojos celestes y
el reflejo azul semejaron la paleta de un cielo impresionista. Estaba en una
postal.
En un
tiempo indescifrable, oyó bulla, alboroto, un aquelarre de un monstruo de mil
cabezas y mil ojos apuntando a lo profundo, sobre un cuerpo lábil, mínimo, que
agitaba sus miembros como aspas, y otros desde los márgenes los movían como molinetes. Veía figuras aceleradas,
precipitadas, de distintas complexiones físicas, con sus manos rìgidas apuntando en una sola dirección. Un punto informe en la vastedad.
Con sus ojos fuera de compás, divisó al huérfano salvavidas de hule verde comprado
en Córdoba. Su mujer y sus dos hijas
dando saltos y miradas hacia el cielo. Imaginó como en un letargo eran saludos,
no, no eran. Cavilando y petrificado sintió como se le partía el corazón al ver
como un torso precario se hundía cuál
piedra en un estanque. Era un resignado espectador del viaje a la deriva
del salvavidas sin tripulante que flotaba como una cinta de algas tragadas por
el horizonte.
Angustiado,
helado, estático, sintió diez dedos húmedos y chorreantes lo hamacaron para un
lado y para otro en su lecho arenoso. Sus párpados se izaron lentos, miró dos labios carnosos que con manso reto soltaron: ¡Hasta cuándo pensás dormir! Eran
seis ojos celestes y dos marrones que lo analizaron implacables como un ser
extraterrestre.
Pegò un salto. Llorò sin dar explicaciones, y gritò: ¡El ùltimo es culo de perro! y encarò el mar.
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