MATAR A MARTA ARIAS
Soy Carlos Bert, hoy 5 de Julio estoy preso en la celda 23 de
máxima seguridad en la prisión del Estado.
Supongo se estarán
preguntando porque estoy encerrado. Bueno yo maté a Marta Arias, o Princesa
como yo la llamaba.
Parece increíble que esté contando esto un tipo
como yo, sensato, calmo, casi introvertido, diría que: <<paso por la vida
inadvertido>>—así decía mi mujer— invisible.
No quiero olvidar que soy casado, buen padre de
familia, y buena gente como me catalogaban mis amigos. Ellos se estarán
preguntando: ¿Qué le pasó a este tipo por la cabeza para que tomara semejante
decisión?, ¡Tremenda locura! ¡Se cagó la vida!
Durante treinta años he sido cajero de un banco,
con una conducta intachable —era de esperar— un empleado ejemplar, pero, hay
veces que el azar, el destino, producen historias que cambian por completo la
vida de las personas. Bueno: eso voy a contar.
Hace un año entró a trabajar a esta sucursal Marta
Arias. Era una joven de unos 30 años. Ingresó por una vacante en la Sección
Tesorería, cuando la vi, era de esas mujeres que son como varias a la vez. Sentías
al verla que no están en tu órbita, no era terrenal, ese cuerpo con exquisita corrección, no presumía de hermosa;
era hermosa, casi perfecta. Una hembra para ser amada con devoción.
Me miró, yo bajé la mirada para que no descubriera
mi desesperación por abrazarla. Nuestro
gerente—insípido—nos presentó:
—Carlos Bert el <<capo>> de Tesorería—dijo canchero—.
— Encantada—dijo ella mirándome
Me extendió su mano fina, que al estrecharla me estremecí,
la sentí vulnerable, cálida. Supe en ese instante que algo iba a pasar entre
nosotros; no sé qué… algo.
Los días en el banco pasaban volando con ella
alrededor, el ¿me ayudás Carlos?, pasó a ser mi salvoconducto para abrirme paso
en su vida—por ahora laboral, pensé.
El primer balance bancario del año nos encontró
juntos hasta tarde, trabajando con montañas de papeles y carpetas. Se hacía la
noche, y abandonábamos la tarea cuando algún compañero soltaba: <<che hasta acá
llegamos, no nos vamos a quedar a vivir aquí>>.
Noche en la vereda. Salida del banco, un hasta
mañana en general surgía de alguien. Yo sabía que ella vivía en la zona Norte y
yo en zona Sur. Me ofrecí a llevarla en mi auto como otras veces, esperaba que
no se negara como siempre y me cambiara
por un taxi. Insistí—en eso soy bueno.
Esta vez aceptó, mi corazón lo supo porque latió más fuerte. Subió ella
y su sonrisa.
Tenerla sentada al lado y, a su perfume invadiendo
los rincones de mí auto, era flotar, sentía que: las calles a su dirección se hacían
mágicas, tanto; que presentía que el paraíso estaba a la vuelta de cada
esquina.
En más de una charla en el banco me había contado que vivía sola en un departamento, que tenía un caniche llamado Buk, los fines de semana visitaba a su hermana y sobrinos, alternando viajes al interior para visitar a sus padres.
En más de una charla en el banco me había contado que vivía sola en un departamento, que tenía un caniche llamado Buk, los fines de semana visitaba a su hermana y sobrinos, alternando viajes al interior para visitar a sus padres.
— ¡Tengo un hambre!—dijo Princesa—me comería una
pizza.
— ¡Vamos!—lancé yo— (rápidamente pensé en algún
lugar)
—No…dije por decir, vos tenés a tu familia, te esperan—aclaró ella
—Ya avisé que estamos de balance y cuando es así, no
tengo horario—dije aprovechando
—Bueno, si querés cuando lleguemos al departamento
pedimos algo—ella sonó convincente.
—Dale, a mí me gusta todo—dije, mientras se me
hacía agua la boca, pero no por la pizza.
Estacioné frente a su edificio— bajé abrirle su puerta.
Subimos. El ascensor nos quedaba grande.
Departamento de un dormitorio, bien decorado,
silencioso, austero, fotos familiares, cuadros, libros, y el perro en el balcón
me pareció como abandonado. Esa cena fue el comienzo de ese amor fulminante y
lujurioso, y a la vez… vertiginoso, turbulento.
El balance duró dos semanas, lo suficiente para
varias cenas, risas, y charlas superficiales, miradas, roces provocativos,
encuentros furtivos y sexo en cada rincón. Juro que la besé mil o dos mil
veces, perdí la cuenta y también la cordura.
Mi vida pasó de un antes y un después en cuestión
de días. Ella me desequilibró la vida. No supe o no pude manejar ni mi familia,
ni mis amigos. Los sentía cada vez más distante. Yo hacía planes futuros con
Marta, mi vida “no era” sin ella. Muchas veces pensaba: vos a la vida la podés
soñar o alcanzar, yo la había alcanzado.
Planifiqué un fin de semana largo, no recuerdo con
que excusa (creo que dije de pescar con amigos, o algo así), el asunto es que
nos íbamos con Princesa, “fugados”, la idea de aventura me hacía nadar en adrenalina—no me sentía así de pibe.
Saqué plata de la caja, quería hacerle regalos, el
mejor hotel, las mejores comidas, algo inolvidable. Era mi reina. La pasé a
buscar a las diez de la mañana, llegamos a Aeroparque justo, como lo había
programado, para el vuelo a Punta del Este. Siempre fue una materia pendiente <<Punta>>para
mí, el glamour, la buena vida. Esa escapada siempre me resultó
utópica.
Cuatro días fascinantes. Cuatro días de encanto. Cuatro
días que marcarán mí existencia: el descubrir una vida como la gente. El amor
que sentía por esa mujer no lo podía explicar— aún hoy—, era irresistible,
compulsivo: lo quería vivir sin límites.
No quise cenar en el hotel. Era 3 de julio y yo
quería festejar mi cumpleaños 47, había
hecho reservas.
Lo quería celebrar sentados en el restaurante
Amarras mirando al mar.
El mozo sirvió el champán. En el brindis—con voz
severa— me dijo: <<te vi sacar plata de la caja>>; y me congeló con la mirada. La
quedé mirando. No apartó los ojos. Mi corazón era un tren, solo atiné apoyar la copa: golpeé con fuerza
la mesa, apreté los dientes y le reproché: ¡Todo es por vos! ¡Yo te elegí!
¡Eres mi todo! ¡No tengo miedo, ni fin cuando se trata de nosotros!—me brotaba
la impotencia y la bronca. Ella me siguió mirando con dolor en sus ojos.
— ¡El martes la reponés o te denuncio! ¡Elegí!—me recriminó
con firmeza. Se levantó y se fue.
Lo tomé como un insulto, me sentí ofendido, pedí la
cuenta y me fui al hotel. Esa noche en la habitación dormí en el suelo, y no le
hablé más. Ella tampoco me habló.
Ya en Buenos Aires fuimos a su departamento,
subimos, entramos y en la espinosa despedida largó:
— ¡Hasta aquí llegó lo nuestro! y me ordenó(a mí
nadie me da órdenes)
¡Por favor devolvé el dinero! En un segundo pensé: <<vos no vas arruinar mi
carrera>>.
La
verdad no quería apretar ese cuello, que tantas veces besé. Ni cerrar su boca
entreabierta, como cuando llegaba al orgasmo; ahora era una mueca. Ni detener
sus manos: que me empujaban con fuerza para quitarme de encima, la misma fuerza
que ponía cuando me atraía hacia su sexo.
No
podía ver ese cuerpo que tanto deseé, ahora temblara. Esa figura qué gocé horas
atrás, ahora convulsionara.
Seguí
apretando. Y miraba como le robaba la vida.
¡Ay!..Cómo
me lamentaba, ver su rostro con su piel de vela como se volvìa violeta. Sus
ojos rojos fuera de compás. ¡Calma Marta!.. ¡Calma!.. Eso Princesa… mis manos se
aflojan, eso Marta, ¿ves?, ahora tiesa…, así…quieta, inexpresiva como un fajo
de billetes. Así te quiero yo, siempre para mí.
Pude
ver en el piso mi amor desperdiciado, pensé… no siempre eso que querés es
perfecto; es inevitable ver en ella a una mujer interpretando la muerte. Eso
duele.
Busqué
en su escritorio un papel y escribí: #Ni una menos. Lo puse sobre sus duros
pechos.
Me
llevé el perro que se quedaba solo.
El
resto ya lo saben.
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