sábado, 20 de octubre de 2018

MATAR A MARTA ARIAS


                                                MATAR A MARTA ARIAS

Soy Carlos Bert,  hoy 5 de Julio estoy preso en la celda 23 de máxima seguridad en la prisión del Estado.
Supongo se estarán preguntando porque estoy encerrado. Bueno yo maté a Marta Arias, o Princesa como yo la llamaba.
Parece increíble que esté contando esto un tipo como yo, sensato, calmo, casi introvertido, diría que: <<paso por la vida inadvertido>>—así decía mi mujer— invisible.
No quiero olvidar que soy casado, buen padre de familia, y buena gente como me catalogaban mis amigos. Ellos se estarán preguntando: ¿Qué le pasó a este tipo por la cabeza para que tomara semejante decisión?, ¡Tremenda locura! ¡Se cagó la vida!
Durante treinta años he sido cajero de un banco, con una conducta intachable —era de esperar— un empleado ejemplar, pero, hay veces que el azar, el destino, producen historias que cambian por completo la vida de las personas. Bueno: eso voy a contar.
Hace un año entró a trabajar a esta sucursal Marta Arias. Era una joven de unos 30 años. Ingresó por una vacante en la Sección Tesorería, cuando la vi, era de esas mujeres que son como varias a la vez. Sentías al verla que no están en tu órbita, no era terrenal, ese cuerpo con  exquisita corrección, no presumía de hermosa; era hermosa, casi perfecta. Una hembra para ser amada con devoción.
Me miró, yo bajé la mirada para que no descubriera mi desesperación por  abrazarla. Nuestro gerente—insípido—nos presentó:
—Carlos Bert el <<capo>> de Tesorería—dijo canchero—.
— Encantada—dijo ella mirándome
Me extendió su mano fina, que al estrecharla me estremecí, la sentí vulnerable, cálida. Supe en ese instante que algo iba a pasar entre nosotros; no sé qué… algo.
Los días en el banco pasaban volando con ella alrededor, el ¿me ayudás Carlos?, pasó a ser mi salvoconducto para abrirme paso en su vida—por ahora laboral, pensé.
El primer balance bancario del año nos encontró juntos hasta tarde, trabajando con montañas de papeles y carpetas. Se hacía la noche, y abandonábamos la tarea cuando algún compañero soltaba: <<che hasta acá llegamos, no nos vamos a quedar a vivir aquí>>.
Noche en la vereda. Salida del banco, un hasta mañana en general surgía de alguien. Yo sabía que ella vivía en la zona Norte y yo en zona Sur. Me ofrecí a llevarla en mi auto como otras veces, esperaba que no se negara como siempre y  me cambiara por un taxi. Insistí—en eso soy bueno.  Esta vez aceptó, mi corazón lo supo porque latió más fuerte. Subió ella y su sonrisa.
Tenerla sentada al lado y, a su perfume invadiendo los rincones de mí auto, era flotar, sentía que: las calles a su dirección se hacían mágicas, tanto; que presentía que el paraíso estaba a la vuelta de cada esquina. 
En más de una charla en el banco me había contado que vivía sola en un departamento, que tenía un caniche llamado Buk, los fines de semana visitaba a su hermana y sobrinos, alternando viajes al interior para visitar a sus padres.
— ¡Tengo un hambre!—dijo Princesa—me comería una pizza.
— ¡Vamos!—lancé yo— (rápidamente pensé en algún lugar)
—No…dije por decir, vos tenés a  tu familia, te esperan—aclaró ella
—Ya avisé que estamos de balance y cuando es así, no tengo horario—dije aprovechando
—Bueno, si querés cuando lleguemos al departamento pedimos algo—ella sonó convincente.
—Dale, a mí me gusta todo—dije, mientras se me hacía agua la boca, pero no por la pizza.
Estacioné  frente a su edificio— bajé abrirle su puerta. Subimos.  El ascensor nos quedaba grande.
Departamento de un dormitorio, bien decorado, silencioso, austero, fotos familiares, cuadros, libros, y el perro en el balcón me pareció como abandonado. Esa cena fue el comienzo de ese amor fulminante y lujurioso, y a la vez… vertiginoso, turbulento.
El balance duró dos semanas, lo suficiente para varias cenas, risas, y charlas superficiales, miradas, roces provocativos, encuentros furtivos y sexo en cada rincón. Juro que la besé mil o dos mil veces, perdí la cuenta y también la cordura.
Mi vida pasó de un antes y un después en cuestión de días. Ella me desequilibró la vida. No supe o no pude manejar ni mi familia, ni mis amigos. Los sentía cada vez más distante. Yo hacía planes futuros con Marta, mi vida “no era” sin ella. Muchas veces pensaba: vos a la vida la podés soñar o alcanzar, yo la había alcanzado.
Planifiqué un fin de semana largo, no recuerdo con que excusa (creo que dije de pescar con amigos, o algo así), el asunto es que nos íbamos con Princesa, “fugados”, la idea de aventura me hacía nadar en  adrenalina—no me sentía así de pibe.
Saqué plata de la caja, quería hacerle regalos, el mejor hotel, las mejores comidas, algo inolvidable. Era mi reina. La pasé a buscar a las diez de la mañana, llegamos a Aeroparque justo, como lo había programado, para el vuelo a Punta del Este. Siempre fue una materia pendiente <<Punta>>para mí, el glamour, la buena vida. Esa escapada siempre me resultó utópica.
Cuatro días fascinantes. Cuatro días de encanto. Cuatro días que marcarán mí existencia: el descubrir una vida como la gente. El amor que sentía por esa mujer no lo podía explicar— aún hoy—, era irresistible, compulsivo: lo quería vivir sin límites.
No quise cenar en el hotel. Era 3 de julio y yo quería festejar  mi cumpleaños 47, había hecho reservas.
Lo quería celebrar sentados en el restaurante Amarras mirando al mar.
El mozo sirvió el champán. En el brindis—con voz severa— me dijo: <<te vi sacar plata de la caja>>; y me congeló con la mirada. La quedé mirando. No apartó los ojos. Mi corazón era un tren,  solo atiné apoyar la copa: golpeé con fuerza la mesa, apreté los dientes y le reproché: ¡Todo es por vos! ¡Yo te elegí! ¡Eres mi todo! ¡No tengo miedo, ni fin cuando se trata de nosotros!—me brotaba la impotencia y la bronca. Ella me siguió mirando con dolor en sus ojos.
— ¡El martes la reponés o te denuncio! ¡Elegí!—me recriminó con firmeza. Se levantó y se fue.
Lo tomé como un insulto, me sentí ofendido, pedí la cuenta y me fui al hotel. Esa noche en la habitación dormí en el suelo, y no le hablé más. Ella tampoco me habló.
Ya en Buenos Aires fuimos a su departamento, subimos, entramos y en la espinosa despedida largó:
— ¡Hasta aquí llegó lo nuestro! y me ordenó(a mí nadie me da órdenes) ¡Por favor devolvé el dinero! En un segundo pensé: <<vos no vas arruinar mi carrera>>.
La verdad no quería apretar ese cuello, que tantas veces besé. Ni cerrar su boca entreabierta, como cuando llegaba al orgasmo; ahora era una mueca. Ni detener sus manos: que me empujaban con fuerza para quitarme de encima, la misma fuerza que ponía cuando me atraía hacia su sexo.
No podía ver ese cuerpo que tanto deseé, ahora temblara. Esa figura qué gocé horas atrás, ahora convulsionara.
Seguí apretando. Y miraba como le robaba la vida.
¡Ay!..Cómo me lamentaba, ver su rostro con su piel de vela como se volvìa violeta. Sus ojos rojos fuera de compás. ¡Calma Marta!.. ¡Calma!.. Eso Princesa… mis manos se aflojan, eso Marta, ¿ves?, ahora tiesa…, así…quieta, inexpresiva como un fajo de billetes. Así te quiero yo, siempre para mí.
Pude ver en el piso mi amor desperdiciado, pensé… no siempre eso que querés es perfecto; es inevitable ver en ella a una mujer interpretando la muerte. Eso duele.
Busqué en su escritorio un papel y escribí: #Ni una menos. Lo puse sobre sus duros pechos.
Me llevé el perro que se quedaba solo.
El resto ya lo saben.











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