RELATO VISUAL
LA DESGRACIADA SONRISA
Mona Lisa. La Gioconda, la alegre. Sonrió.
Al verse por fin en el
Louvre, en su hogar de 77 centímetros de alto y 53 centímetros de ancho, de madera y vidrio, sonrió. Sentía satisfacción, el
placer de haber logrado lo que se propuso. Su meta: vencer su destino, su
redención ya estaba sellada en su mirada y en sus labios.
La vida la había penado. Como un mandamiento cruel de
miserias y sufrimientos, la tenía señalada desde su nacimiento: a los 5 años
huérfana, a los 8 adoptada, a los 12 violada, a los 18 madre.
La calle la albergó con sus códigos de supervivencias, maltratos,
vicios y vejaciones.
Como un nuevo Sísifo: iba y venía, subía y bajaba, una y
otra vez, por pasadizos, calles, orillas y empedrados; con su pesada carga de
penitencia, queriéndole ganar a su
infortunio.
Conoció y creyó en vanas promesas de un viejo comerciante,
que al igual que otros, la sometía a sus
deseos sexuales, a cambio de pan y
asilo.
Cada día/ cada hora/cada minuto se proponía ser feliz, aunque
sea por prepotencia. Con otro hijo en su vientre, se prometió abandonar el
último alojamiento. Es de noche y supo que
en segundos ocurriría. Se fugó. Dejó al niño en la vieja Abadía y alcanzó la
calle, corrió, corrió, y corrió, hasta
la fuente de la Plaza Vecchia. Vio su rostro en el agua y no se reconoció, una máscara descompuesta se reflejaba.
Tuvo una visión profética y la comprendió: debía buscar, encontrar,
un pintor que le devolviera, le restituya su belleza casi invisible, única. Que
la inmortalizara con una sonrisa, —una mueca inimitable—, para dejar como un
sello para la posteridad. Esa singular
sonrisa. Que ese gesto de sus labios, pueda transmitir de una mujer a todas las mujeres y hombres, una expresión
mágica sin distinción de clases, ni
religión. Y anuncie con esa expresión,
que los que sufren vejaciones, abandonos
y padecimientos, les sea suficiente para aliviarlos.
Imaginaba eso. Decidida, con pasos cortos y apurados, fatigando
calles, buscaba, buscaba, y buscaba al pintor, al artista, al mejor: Leonardo
le dijeron, Da Vinci oyó en patios, en galerías y corredores, Leonardo en la
boca de su último cliente.
Lo buscó y lo encontró.
— ¡Maestro! ¡Por fin! Deambulé con infinita angustia, con
desesperada congoja, no se puede negar, necesito me retrate en sus maderas, en
sus telas. Ruego me pinte sonriendo para
eludir mi fatalidad, mi condena. No quiero ser reconocida así, no deseo
compasión, y ver como un Gran Oráculo, o un infalible Delfos sellaron mi vida: me
rebelo a morir con este karma asignado, quiero una imagen inspiradora para el
tiempo de los tiempos, que generaciones no descubran, ni escruten en mi rostro
rasgo alguno de mi trágica existencia, de: orfandad/desamparo/, abandono/, pena/,
dolor/, cuánto de mi vida tengo que dar para que usted cumpla con mi deseo.
—Gioconda, no hay
técnica pictórica, ni pinceladas mágicas para mudar llanto por sonrisa, o
borrar las huellas de ultraje que han tallado su rostro—aconsejó el artista.
— ¡Por favor maestro! Devuélvame mi decencia de mujer. Pongamos a salvo la dignidad femenina, simplemente sonriendo, y haga de
ella una atracción única e irrepetible.
—Lo intentaremos—dijo resignado Leonardo— colocó en su atril una tabla de
álamo rectangular, siéntese en ese sillón—le pidió afectuoso—apoye su mano
derecha sobre la izquierda. Ahora:
—Míreme, no llore. Por favor… sonría.
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