sábado, 20 de octubre de 2018

LA DESGRACIADA SONRISA


                                                                               RELATO VISUAL
                                                                    LA DESGRACIADA SONRISA  

Mona Lisa. La Gioconda, la alegre. Sonrió.
Al verse por fin en el Louvre, en su hogar de 77 centímetros de alto y 53 centímetros de ancho,  de madera y vidrio, sonrió. Sentía satisfacción, el placer de haber logrado lo que se propuso. Su meta: vencer su destino, su redención ya estaba sellada en su mirada y en sus labios.

La vida la había penado. Como un mandamiento cruel de miserias y sufrimientos, la tenía señalada desde su nacimiento: a los 5 años huérfana, a los 8 adoptada, a los 12 violada, a los 18 madre.
La calle la albergó con sus códigos de supervivencias, maltratos, vicios y vejaciones.
Como un nuevo Sísifo: iba y venía, subía y bajaba, una y otra vez, por pasadizos, calles, orillas  y empedrados; con su pesada carga de penitencia,  queriéndole ganar a su infortunio.
Conoció y creyó en vanas promesas de un viejo comerciante, que al igual que otros, la sometía a  sus  deseos sexuales, a cambio de pan y asilo.
Cada día/ cada hora/cada minuto se proponía ser feliz, aunque sea por prepotencia. Con otro hijo en su vientre, se prometió abandonar el último alojamiento. Es de noche y supo  que en segundos ocurriría. Se fugó. Dejó al niño en la vieja Abadía y alcanzó la calle, corrió, corrió, y corrió,  hasta la fuente de la Plaza Vecchia. Vio su rostro en el agua y no se reconoció,  una máscara descompuesta se reflejaba.
Tuvo una visión profética y la comprendió: debía buscar, encontrar, un pintor que le devolviera, le restituya su belleza casi invisible, única. Que la inmortalizara con una sonrisa, —una mueca inimitable—, para dejar como un sello para la posteridad.  Esa singular sonrisa. Que ese gesto de sus labios, pueda transmitir de una mujer  a todas las mujeres y hombres, una expresión mágica sin distinción de clases,  ni religión.  Y anuncie con esa expresión, que  los que sufren vejaciones, abandonos y padecimientos, les sea suficiente para aliviarlos.
Imaginaba eso. Decidida, con pasos cortos y apurados, fatigando calles, buscaba, buscaba, y buscaba al pintor, al artista, al mejor: Leonardo le dijeron, Da Vinci oyó en patios, en galerías y corredores, Leonardo en la boca de su último cliente.
Lo buscó y lo encontró.
— ¡Maestro! ¡Por fin! Deambulé con infinita angustia, con desesperada congoja, no se puede negar, necesito me retrate en sus maderas, en sus telas. Ruego  me pinte sonriendo para eludir mi fatalidad, mi condena. No quiero ser reconocida así, no deseo compasión, y ver como un Gran Oráculo, o  un infalible Delfos sellaron mi vida: me rebelo a morir con este karma asignado, quiero una imagen inspiradora para el tiempo de los tiempos, que generaciones no descubran, ni escruten en mi rostro rasgo alguno de mi trágica existencia, de: orfandad/desamparo/, abandono/, pena/, dolor/, cuánto de mi vida tengo que dar para que usted cumpla con mi deseo.
 —Gioconda, no hay técnica pictórica, ni pinceladas mágicas para mudar llanto por sonrisa, o borrar las huellas de ultraje que han tallado su rostro—aconsejó el artista.
— ¡Por favor maestro! Devuélvame mi decencia de mujer.  Pongamos a salvo la dignidad  femenina, simplemente sonriendo, y haga de ella  una atracción única e irrepetible.
—Lo intentaremos—dijo resignado  Leonardo— colocó en su atril una tabla de álamo rectangular, siéntese en ese sillón—le pidió afectuoso—apoye su mano derecha sobre la izquierda. Ahora:
—Míreme, no llore. Por favor… sonría.



           

No hay comentarios.:

Publicar un comentario