sábado, 20 de octubre de 2018

SALITA DE CINCO


                                       SALITA DE CINCO

“Acá tenés la entrada para el teatro”, la hija de Elvira le extiende el ticket y el programa, y agrega: tratá de llegar a tiempo porque comienza a las 13 horas  y  son los primeros en actuar.
Elvira se baja del taxi en la vereda del anfiteatro, ingresa apurada, no se perdería la obra por nada del mundo; leyó el boleto fila diez, butaca once y se acomodó.
 Se puso sus lentes de ver lejos y quedó mirando el telón fucsia del escenario.
Mientras espera que se apaguen las luces, las imágenes de hace cinco años atrás le pasan delante de su mente como un tren.
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El cartel con una flecha decía NEONATOLOGÍA. Se restriega las manos callosas por las agujas del tejido, (su hobby) y aprieta con fuerza el rosario de la Virgen de San Nicolás. Junto a su hija esperan al Jefe de Pediatría del Hospital Central. Los pasillos inundados de silencios y olor a hospital, eran rotos por los llantos sin treguas de los bebés internados en la Sala.
Como un latigazo en la cara fue el diagnóstico del médico: “Su nieto Joaquín tiene Parálisis Cerebral, el daño se produjo como consecuencia de una hipoxia”. Sintió junto a su hija como el mundo se deslizaba bajo sus pies, la desolación las atacó a las dos, se abrazaron para sostenerse y se soltaron para mirarse y buscar una respuesta. No la hubo. Buscaban aceptar. No podían.
Comenzó otra vida junto a su hija y su nieto, más penosa, más agotadora, incluso mayor a  la que pasó cuando quedó viuda, o la decisión  de su hija mayor de irse a vivir a Europa, era otro dolor, más intenso, lacerante. Esto era otra cosa.
La peregrinación a distintos especialistas no le daban soluciones, ni calmaban sus angustias, todos coincidían en los “NO”: NO va  a caminar, NO va hablar, NO va a razonar…no…no…no. Sintió que iba a pelear contra esa realidad.
Era cuestión de ponerse a llorar o transformar al niño del no: al niño del  “SI”.
Ella siempre fue luchadora, sintió que nada la doblegaría, inició la rutina de acompañar a su hija con Joaquín, a terapeutas/ fisiatras/ jardínes especiales. Todo lo que había para tratarlo se hacía, se viajaba y se prometía, se prometía y se viajaba. No había límites.
El paso del tiempo (gran sanador) promovió resultados, su misión de batallar para insertarlo socialmente daba frutos, y la promoción de Joaco a distintas salitas en su jardín la animaba, la hacía soñar. Todos soñaban.
Elvira notaba la independencia de su nieto, que comía solo,  sí entendía,  sí sorbía, sí razonaba, del león al árbol, de la casa a la pelota, sí comprendía. Joaquín avanzaba.


Las luces se apagaron, el escenario se iluminó, el telón se abrió, y al son de la música  los actores de la Salita Azul de cinco salieron a escena, ahí estaba Joaquín con su andador y su disfraz, blandiendo su maraca y moviendo su cuerpo al compás. Era uno más. Hasta cantó y coreó. Eso, era uno màs.
Ella se conmovió, se estremeció. Buscó aliento. Lloró.
Elvira lloró, lloró sin parar, tenía un océano de lágrimas guardado.
El acto de la Salita Azul terminó. Los actores se fueron.
La abuela seguía sentada, secándose los ojos, la actuación sísmica de Joaquín fue transformadora. Iba  haber un antes y un después. Sabía que dolor y esperanza conviven en las discapacidades.
Miró el papel de la obra y leyó el título: “Buscando a  Esperanza”, su corazón aceleró, tenía certeza que no renunciaría a ninguna ilusión, a ningún futuro.
Joaquín sin saberlo, haría lo mismo.


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