SALITA
DE CINCO
“Acá tenés
la entrada para el teatro”, la hija de Elvira le extiende el ticket y el
programa, y agrega: tratá de llegar a tiempo porque comienza a las 13
horas y
son los primeros en actuar.
Elvira se
baja del taxi en la vereda del anfiteatro, ingresa apurada, no se perdería la
obra por nada del mundo; leyó el boleto fila diez, butaca once y se acomodó.
Se puso sus lentes de ver lejos y quedó
mirando el telón fucsia del escenario.
Mientras
espera que se apaguen las luces, las imágenes de hace cinco años atrás le pasan
delante de su mente como un tren.
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El cartel
con una flecha decía NEONATOLOGÍA. Se restriega las manos callosas por las
agujas del tejido, (su hobby) y aprieta con fuerza el rosario de la Virgen de
San Nicolás. Junto a su hija esperan al Jefe de Pediatría del Hospital Central.
Los pasillos inundados de silencios y olor a hospital, eran rotos por los
llantos sin treguas de los bebés internados en la Sala.
Como un
latigazo en la cara fue el diagnóstico del médico: “Su nieto Joaquín tiene
Parálisis Cerebral, el daño se produjo como consecuencia de una hipoxia”.
Sintió junto a su hija como el mundo se deslizaba bajo sus pies, la desolación
las atacó a las dos, se abrazaron para sostenerse y se soltaron para mirarse y
buscar una respuesta. No la hubo. Buscaban aceptar. No podían.
Comenzó
otra vida junto a su hija y su nieto, más penosa, más agotadora, incluso mayor
a la que pasó cuando quedó viuda, o la
decisión de su hija mayor de irse a vivir
a Europa, era otro dolor, más intenso, lacerante. Esto era otra cosa.
La
peregrinación a distintos especialistas no le daban soluciones, ni calmaban sus
angustias, todos coincidían en los “NO”: NO va
a caminar, NO va hablar, NO va a razonar…no…no…no. Sintió que iba a
pelear contra esa realidad.
Era
cuestión de ponerse a llorar o transformar al niño del no: al niño del “SI”.
Ella
siempre fue luchadora, sintió que nada la doblegaría, inició la rutina de
acompañar a su hija con Joaquín, a terapeutas/ fisiatras/ jardínes especiales.
Todo lo que había para tratarlo se hacía, se viajaba y se prometía, se prometía
y se viajaba. No había límites.
El paso del
tiempo (gran sanador) promovió resultados, su misión de batallar para
insertarlo socialmente daba frutos, y la promoción de Joaco a distintas salitas en su
jardín la animaba, la hacía soñar. Todos soñaban.
Elvira
notaba la independencia de su nieto, que comía solo, sí entendía,
sí sorbía, sí razonaba, del león al árbol, de la casa a la pelota, sí
comprendía. Joaquín avanzaba.
Las luces
se apagaron, el escenario se iluminó, el telón se abrió, y al son de la
música los actores de la Salita Azul de
cinco salieron a escena, ahí estaba Joaquín con su andador y su disfraz,
blandiendo su maraca y moviendo su cuerpo al compás. Era uno más. Hasta cantó y
coreó. Eso, era uno màs.
Ella se
conmovió, se estremeció. Buscó aliento. Lloró.
Elvira
lloró, lloró sin parar, tenía un océano de lágrimas guardado.
El acto de
la Salita Azul terminó. Los actores se fueron.
La abuela seguía sentada, secándose los ojos, la actuación sísmica de Joaquín fue
transformadora. Iba haber un antes y un
después. Sabía que dolor y esperanza conviven en las discapacidades.
Miró el
papel de la obra y leyó el título: “Buscando a
Esperanza”, su corazón aceleró, tenía certeza que no renunciaría a
ninguna ilusión, a ningún futuro.
Joaquín sin
saberlo, haría lo mismo.
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