VIAJE
DE IDA
(de
una vida sin dolor)
Miraba por la ventana
del tren que la depositaría en Roma, el
vidrio le devolvía el reflejo de un rostro tan gastado y sufrido que le costaba
reconocerse.
La enfermedad terminal
de su marido—el amor de su vida—y su posterior cremación la dejó devastada y maltrecha; a pesar de que ella pensaba que estaba preparada para
afrontar ese final después de un año de cuidados y agonías. No lo estaba.
Los árboles y postes
de alumbrados pasan ante sus ojos como testigos que desaparecen para no verla.
Las imágenes de su
último viaje a Europa con él, primero Madrid, luego Paris y al final Roma…
¡Ah!...pero en Roma fue feliz, sus
calles, empedrados, esculturas, sus pequeños bares, en una eterna postal con
misterios a la vuelta de cada esquina. El Campo di Fiore, Trastévere, la
bohemia, el arte, los habían colmado, estaban en un estado de gracia permanente.
Percibían que estaban
en plenitud total como pareja a pesar que llevaban 35 años juntos.
En noche de amor y
pasión se habían prometido frente al río Tiber, que si algún día uno de los dos
faltaba, volvería y esparcirían sus
cenizas en esos lugares, donde volvieron
a sentir ese segundo enamoramiento tan impulsivo y apasionado, como el de la adolescencia,
cuando se juraron/ amor eterno, casarse y tener tres hijos.
Los juegos del destino
quisieron que se cumplieran, y ese mismo destino hoy conspiró otra vez para que
se consumara, pero esta vez con pérdidas y lamentos.
El tren se detuvo
infalible en la Estación, nueve y dieciocho, ella bajó presurosa llevando
apretado entre sus manos el cofre de madera laqueada, donde él la seguía
acompañando.
Tomó un taxi y lanzó: “per favore portami a
Piazza Navona”,
(se rió en silencio,
cuando se recordó diciendo sobre el uso del
italiano precario de entrecasa que ella hacía), eso lo habían pactado,
un paseo por los rincones de Roma que tanto habían gozado, las comidas que
deleitaron, las fuentes amadas de Navona, la Fontana y la moneda, esculturas,
pintores, música, caminar hasta el Puente Sisto. Ver correr el verde Tiber y
verter cenizas. Beber algo en Campo di Fiore, y en la Iglesia Santa Bárbara que
se encuentra aprisionada, encerrada entre los edificios, dejar el resto de
cenizas entre el Cristo y las Madonnas. Y… sin sentir culpa, trasnochar en el
Trastévere. Juramento.
Caminaba por las
calles adoquinadas, sus manos finas y blancas no dejaban escapar el preciado
tesoro que llevaba para el destino final. Sus pies le pesaban como encadenados
a una pena, a un recuerdo, que no la dejaba avanzar. Se sentía amarrada a un
rumbo confuso.
No sabe qué rayo
enigmático, oculto, o una mano invisible la guiaba, con él entre sus dedos
sentía como un arrepentimiento, o al menos–pensaba–en Argentina lo visitarían ella
y los tres hijos cuantas veces quisieran y lo extrañaran, pero…acá… en Italia,
pasaba lentamente su mano sobre el cofre lustroso, y repetía como un salmo:
“promesas son promesas”. Se le vino a la memoria cuando él repetía “las
promesas existen para cumplirlas”.
Ahí estaba en la
Iglesia, con sus paredes grises y sus puertas verdes, la pechó, se abrió y
entró. El olor incienso la emocionó más todavía, –“olor a iglesia decía
él”–abrió el estuche, metió la mano tomó un poco con sus dedos ese polvo
grisáceo y esparció en los lugares
pactados, un poco allá, otro poco acá,
se arrodilló, lloró, y lanzó una oración al altar vacío. Él lo invadía todo.
El mito de una vida
sin dolor como se habían pactado era eso, un mito, ella estaba sin aliento,
dolida, partida, el frío banco de madera, la luz leve de las velas, la hizo sentir que se tenía que
quedar ahí: para siempre. Se sintió pequeña.
¡Qué dolor! Angustia
por todas partes.
Salió de la iglesia y
sostenía entre sus brazo su eterno prisionero de madera, que, intuía no se iba
a deshacer sencillamente.
Deambuló, no sabe
cuánto tiempo, buscando respuestas en la calle, en la gente que pasa a su lado
en cámara lenta, ignorándola, no está aliviada, mira sin ver, el arco del
violinista callejero va y viene, va y viene, pero ella no oye, se siente ajena
al lugar, la sensación de estar allí por primera vez, desconociendo, mira sin
ver, oye sin sentir.
Eran sus lugares, pero
ella es una extraña, un prisionero arrastrando una penitencia.
Las cenizas le pesan
más que los recuerdos, ella y sus promesas, ella y sus juramentos. Camina,
camina y camina, llegó al Puente Sisto, ese , el de la palabra dada, el del
compromiso, apoyada en el cemento helado, mira la corriente del verde y frío río
Tiber, ahí sí… lo recuerda bien , ahí se besaron la última vez, ahí se
prometieron, estaba inmensamente sola,
huérfana con su ofrenda.
Miró el cielo, como
buscándolo, para que le sonría, abrió la urna, ahí va un puñado descendiendo…al
agua, otro elevándose… al aire, lo vacía completamente viéndolo a él alzarse y
desvanecerse. Ay.
Ropas en el piso.
Un movimiento súbito.
Sintió cómo el agua
helada la inundaba.
Sintió un alivio.
Promesa cumplida.
Juntos para siempre.
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