jueves, 18 de octubre de 2018

VIAJE DE IDA (de una vida sin dolor)


VIAJE DE IDA
(de una vida sin dolor)


Miraba por la ventana del tren que  la depositaría en Roma, el vidrio le devolvía el reflejo de un rostro tan gastado y sufrido que le costaba reconocerse.
La enfermedad terminal de su marido—el amor de su vida—y su posterior cremación la dejó devastada  y maltrecha; a pesar de que  ella pensaba que estaba preparada para afrontar ese final después de un año de cuidados y agonías. No lo estaba.
Los árboles y postes de alumbrados pasan ante sus ojos como testigos que desaparecen para no verla.
Las imágenes de su último viaje a Europa con él, primero Madrid, luego Paris y al final Roma… ¡Ah!...pero en  Roma fue feliz, sus calles, empedrados, esculturas, sus pequeños bares, en una eterna postal con misterios a la vuelta de cada esquina. El Campo di Fiore, Trastévere, la bohemia, el arte, los habían colmado, estaban en un estado de gracia permanente.
Percibían que estaban en plenitud total como pareja a pesar que llevaban 35 años juntos.
En noche de amor y pasión se habían prometido frente al río Tiber, que si algún día uno de los dos faltaba, volvería y  esparcirían sus cenizas en esos lugares,  donde volvieron a sentir ese segundo enamoramiento tan impulsivo y  apasionado, como el de la adolescencia, cuando se juraron/ amor eterno, casarse y tener tres hijos.
Los juegos del destino quisieron que se cumplieran, y ese mismo destino hoy conspiró otra vez para que se consumara, pero esta vez con pérdidas y lamentos.
El tren se detuvo infalible en la Estación, nueve y dieciocho, ella bajó presurosa llevando apretado entre sus manos el cofre de madera laqueada, donde él la seguía acompañando.
 Tomó un taxi y lanzó: per favore portami a Piazza Navona”, (se rió en silencio, cuando se recordó diciendo sobre el uso del   italiano precario de entrecasa que ella hacía), eso lo habían pactado, un paseo por los rincones de Roma que tanto habían gozado, las comidas que deleitaron, las fuentes amadas de Navona, la Fontana y la moneda, esculturas, pintores, música, caminar hasta el Puente Sisto. Ver correr el verde Tiber y verter cenizas. Beber algo en Campo di Fiore, y en la Iglesia Santa Bárbara que se encuentra aprisionada, encerrada entre los edificios, dejar el resto de cenizas entre el Cristo y las Madonnas. Y… sin sentir culpa, trasnochar en el Trastévere. Juramento.
Caminaba por las calles adoquinadas, sus manos finas y blancas no dejaban escapar el preciado tesoro que llevaba para el destino final. Sus pies le pesaban como encadenados a una pena, a un recuerdo, que no la dejaba avanzar. Se sentía amarrada a un rumbo confuso.
No sabe qué rayo enigmático, oculto, o una mano invisible la guiaba, con él entre sus dedos sentía como un arrepentimiento, o al  menos–pensaba–en Argentina lo visitarían ella y los tres hijos cuantas veces quisieran y lo extrañaran, pero…acá… en Italia, pasaba lentamente su mano sobre el cofre lustroso, y repetía como un salmo: “promesas son promesas”. Se le vino a la memoria cuando él repetía “las promesas existen para cumplirlas”.
Ahí estaba en la Iglesia, con sus paredes grises y sus puertas verdes, la pechó, se abrió y entró. El olor incienso la emocionó más todavía, –“olor a iglesia decía él”–abrió el estuche, metió la mano tomó un poco con sus dedos ese polvo grisáceo y  esparció en los lugares pactados,  un poco allá, otro poco acá, se arrodilló, lloró, y lanzó una oración al altar vacío. Él lo invadía todo.
El mito de una vida sin dolor como se habían pactado era eso, un mito, ella estaba sin aliento, dolida, partida, el frío banco de madera, la luz leve de  las velas, la hizo sentir que se tenía que quedar ahí: para siempre. Se sintió pequeña.
¡Qué dolor! Angustia por todas partes.
Salió de la iglesia y sostenía entre sus brazo su eterno prisionero de madera, que, intuía no se iba a deshacer sencillamente.
Deambuló, no sabe cuánto tiempo, buscando respuestas en la calle, en la gente que pasa a su lado en cámara lenta, ignorándola, no está aliviada, mira sin ver, el arco del violinista callejero va y viene, va y viene, pero ella no oye, se siente ajena al lugar, la sensación de estar allí por primera vez, desconociendo, mira sin ver, oye sin sentir.
Eran sus lugares, pero ella es una extraña, un prisionero arrastrando una penitencia.
Las cenizas le pesan más que los recuerdos, ella y sus promesas, ella y sus juramentos. Camina, camina y camina, llegó al Puente Sisto, ese , el de la palabra dada, el del compromiso, apoyada en el cemento helado, mira la corriente del verde y frío río Tiber, ahí sí… lo recuerda bien , ahí se besaron la última vez, ahí se prometieron,  estaba inmensamente sola, huérfana con su ofrenda.
Miró el cielo, como buscándolo, para que le sonría, abrió la urna, ahí va un puñado descendiendo…al agua, otro elevándose… al aire, lo vacía completamente viéndolo a él alzarse y desvanecerse. Ay.
Ropas en el piso.
Un movimiento súbito.
Sintió cómo el agua helada la inundaba.
Sintió un alivio.
Promesa cumplida.
Juntos para siempre.




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