jueves, 18 de octubre de 2018

LA DECISIÓN 1


                                      LA DECISIÓN 1

— ¡Buen día! —saludó Rodríguez
— ¡Buenas tardes!, diría yo, —irónico como siempre—retrucó Marín.
—Bueno,  que querés si el bondi es un desastre, y ni te cuento del tráfico— se disculpaba poniéndose la gorra del  uniforme.
— ¡Hacete cargo de la guardia!… —agregó Marín bostezando—estoy muerto no sabés la noche “movidita” que tuvimos.
—Chau… ¡andá tranquilo! —Rodríguez se sentó en el escritorio, y  se desparramó como si fuera el dueño de la Comisaría 32 de Wilde.
Comenzó a teclear en  la computadora.
La vio entrar. Decidida. Desencajada: con el palo de amasar en la mano y  sangre como dibujos en su remera.
— ¡Vengo a denunciar un crimen! — dijo ella,   resuelta.
— ¿Viene a declarar?—el agente preguntó directo. Inmóvil Rosa lo observa. Su mano escarlata sostenía el palo manchado.
— ¿Donde la hago?—seguía inmóvil
—Eh…vamos a la oficina del Comisario Guzmán— respondió Rodríguez titubeando.
Mirándola fijo el Comisario lanzó:
— ¿Nombre?
—Me llamo Rosa Paz, soy empleada, hasta recién… casada, ahora viuda y madre de tres hijos—soltó un sollozo que resonó en el frío despacho.
— ¡Como pasaron las cosas…los hechos!—la voz de Guzmán sonó enérgica.
—Esta mañana me levanté muy temprano,—respondía segura— preparé el café con leche para mis hijos , Manuel de 10 años y Lucía de 8, los peiné lentamente, disfrutando—aclaró con una mueca—sonó la bocina de la “combi” escolar, los besé en la frente y los despedí.
— ¿Ahá? y que más…que más—inquirió agitando su mano provocador. En eso el Comisario era campeón.
—Bueno—Rosa tragó saliva—me fui directo al dormitorio lo vi a él durmiendo muy despatarrado, roncando como un chancho, y… no aguanté más.
— ¡Siga, siga! —apuró Guzmán sin dudar.
—Fui a la cocina, busqué el palo de amasar, y de ahí volé a la pieza, cerré los ojos y entré a ¡Golpear! ¡Golpear! y ¡Golpear! —confesaba corrompida,  resoplando abrumada—
—Veo que no dudó—sinceró Guzmán.
— ¡No!, no dudé —habló casi sin culpa—fueron quince años de represión, martirio, él fue mi perdición—lloraba desencajada—el agente le acercó un pañuelo.
— ¿¡No pensó en sus hijos!? —casi agresivo— indagó Guzmán, mirándola a los ojos.
El interrogatorio seguía con silencios largos:
— ¿Por qué tomó esa decisión?…—la interpeló crítico.
Ella con cierto temblor dijo:
— ¿Se acuerda de la chica de quince años… la que se tiró del quinto piso del Palacio de Tribunales?—apesadumbrada lo miraba.
— ¡Sí, claro!, ¡Cómo olvidarlo!, fue el 14 de marzo nosotros intervinimos con el fiscal Burgos; ¡Pobre chica!—dijo compungido—se hizo pedazos contra la vereda, todos comentaban que se había tirado con el vestido azul de sus quince.
—Azul con lentejuelas—aseveró ella— así me lo pidió y así se lo hice—golpeando con el puño el escritorio como aplastando una pena gritó: ¡Era mi hija!, ¡se suicidó!, ¡se mató!, —el gemido angustioso lo invadió todo.
—Lo lamento…— balbuceó Guzmán, —tomándole la mano contuvo su aflicción—Calmándola.
Enojada ella largó:
— ¡Y usted me pregunta si lo pensé!—Rosa le clavó la vista—y levantando su dedo índice, —descerrajó: mil, dos mil veces los pensé, no hubo un solo día que no lo imaginara muerto, con veneno, con un tiro, con cuchillo, con lo que sea, pero muerto.
El Comisario agregó:
—Pero…usted tiene dos hijos más… ¿y ellos?—dijo revolviéndose en el sillón.
Ella desgarrándose confesó:
— ¡Si… justamente, por ellos lo hice!... yo también fui violada por mi padre.









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