LA
DECISIÓN (2)
Su
nombre era Liza Melgar. Todo el mundo sabía que el 14 de febrero festejaba sus
15 años en el Club Social de Wilde.
Sus
“15” no iban a pasar así nomás ni para ella, ni para su mamá Rosa Paz. Ella, Rosa,
desde que trabajaba de doméstica de los Achával arrimaba unos pesos más a la
familia. El “gordo”—su marido— con quien
pasaba una vida de sinsabores y
frustraciones: seguía con la F100 ruinosa, que por ahí conseguía alguna changa
y unos fletes, trayendo poco y nada de plata para la casa, o se lo chupaba, o se lo jugaba
a la quiniela. Sabía que eso, no quería para sus tres hijos.
Rosa
no ignoraba que tenía que juntar y juntar para pagar la fiesta y el alquiler
del salón, y que gracias a la gauchada de “su” familia podía hacerle los 15 a Liza.
En
febrero el calor hacía estragos en el salón, empapaba las camisas, y arruinaba
los vestidos, el ambiente denso y agrio no impedía saltar, bailar y cantar. Liza
bailaba y se sacaba fotos con todos, quería que su vestido azul hecho por su
mamá saliera en primer plano en todas las fotos y selfies.
Bailando
el vals Rosa lo increpó:
—
¿No te parece que ya chupaste bastante
?—Rosa lo conocía de sobra, tenía claro que el gordo terminaba la fiesta
borracho y desconociendo a todos, y ella como siempre manejando la
destartalada camioneta.
Él
balanceándose dijo:
—
¡No!…si apenas tomamos un par de cervezas con el Claudio y el Cacho.
Ella
firme y enojada contestó:
—
¡Yo te conozco!... ¡frená! , ¡Pará de tomar!—reconocía que era en vano, pero lo
hartaba igual.
Como
pudo a las tres de la mañana estacionó la chata F100 contra el cordón de la
vereda—maldiciendo—el gordo echado sobre el hombro. En la puerta se hallaba la
cumpleañera y sus otros dos hijos, que habían sido traídos por el hermano de
Rosa, asegurándose que llegaran ilesos. Entraron todos y se acostaron.
Un
ruido contenido la despertó, giró la cabeza en la almohada y él no estaba, solo
encontró el hueco hediondo de alcohol y
sudor, se levantó descalza, caminó hasta el dormitorio de Liza-el ruido se
hacía intenso-, y horrorizada vio al gordo montado en su hija jadeando como un
perro en celo, ¡Hijo de puta!…gritó, él pegó un salto, se encaminó hacia ella
enfurecido, la arrinconó contra la pared con la mano derecha en el pecho y la
izquierda en la frente; ella se lo quiso sacar de encima, arañando,
empujando, él la triplicaba en físico y
en fuerza, sintió Rosa como le faltaba el aire y la saliva de él salpicándole
la cara, mientras la amenazaba con los dientes apretados: ¡ni hablés de
esto!...¡ni me denuncies!... porque te lo juro…¡hija de puta!, ¡te quedás sin familia! , ¡Sin nada! Aterrada y temblando se
volvió a su cama agradeciendo que no se habían despertado los chicos,
descarnada escuchaba el gemido encerrado de Liza. El gordo puso en marcha la chata hizo chirriar las
gomas. Se fue. Ella hizo un juramento.
El
comisario Guzmán sentía que se había deshecho con esa declaración. Pero
enseguida se repuso, desvió la vista, y la fijó en su celular, comenzó a mover con celeridad los dedos sobre
la pantalla buscaba el número del Fiscal.
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