jueves, 18 de octubre de 2018

LA DECISIÓN 2


                                             LA DECISIÓN (2)

Su nombre era Liza Melgar. Todo el mundo sabía que el 14 de febrero festejaba sus 15 años en el Club Social de Wilde.
Sus “15” no iban a pasar así nomás ni para ella, ni para su mamá Rosa Paz. Ella, Rosa, desde que trabajaba de doméstica de los Achával arrimaba unos pesos más a la familia. El “gordo”—su marido—  con quien pasaba  una vida de sinsabores y frustraciones: seguía con la F100 ruinosa, que por ahí conseguía alguna changa y unos fletes, trayendo poco y nada de plata  para la casa, o se lo chupaba, o se lo jugaba a la quiniela. Sabía que eso, no quería para sus tres  hijos.
Rosa no ignoraba que tenía que juntar y juntar para pagar la fiesta y el alquiler del salón, y que gracias a la gauchada   de “su” familia podía hacerle los 15 a Liza.
En febrero el calor hacía estragos en el salón, empapaba las camisas, y arruinaba los vestidos, el ambiente denso y agrio no impedía saltar, bailar y cantar. Liza bailaba y se sacaba fotos con todos, quería que su vestido azul hecho por su mamá saliera en primer plano en todas las fotos y selfies.
Bailando el vals Rosa lo increpó:

— ¿No te parece que ya chupaste  bastante ?—Rosa lo conocía de sobra, tenía claro que el gordo terminaba la fiesta borracho y desconociendo a todos, y ella como siempre manejando la destartalada  camioneta.
Él balanceándose dijo:
— ¡No!…si apenas tomamos un par de cervezas con el Claudio y el Cacho.
Ella firme y enojada contestó:
— ¡Yo te conozco!... ¡frená! , ¡Pará de tomar!—reconocía que era en vano, pero lo hartaba igual.
Como pudo a las tres de la mañana estacionó la chata F100 contra el cordón de la vereda—maldiciendo—el gordo echado sobre el hombro. En la puerta se hallaba la cumpleañera y sus otros dos hijos, que habían sido traídos por el hermano de Rosa, asegurándose que llegaran ilesos. Entraron todos  y se acostaron.
Un ruido contenido la despertó, giró la cabeza en la almohada y él no estaba, solo encontró  el hueco hediondo de alcohol y sudor, se levantó descalza, caminó hasta el dormitorio de Liza-el ruido se hacía intenso-, y horrorizada vio al gordo montado en su hija jadeando como un perro en celo, ¡Hijo de puta!…gritó, él pegó un salto, se encaminó hacia ella enfurecido, la arrinconó contra la pared con la mano derecha en el pecho y la izquierda en la frente; ella se lo quiso sacar de encima, arañando, empujando,  él la triplicaba en físico y en fuerza, sintió Rosa como le faltaba el aire y la saliva de él salpicándole la cara, mientras la amenazaba con los dientes apretados: ¡ni hablés de esto!...¡ni me denuncies!... porque te lo juro…¡hija de puta!,  ¡te quedás sin  familia! , ¡Sin nada! Aterrada y temblando se volvió a su cama agradeciendo que no se habían despertado los chicos, descarnada escuchaba el gemido encerrado de Liza. El gordo  puso en marcha la chata hizo chirriar las gomas. Se fue. Ella hizo un juramento.


El comisario Guzmán sentía que se había deshecho con esa declaración. Pero enseguida se repuso, desvió la vista, y la fijó en su celular,  comenzó a mover con celeridad los dedos sobre la pantalla buscaba el número del Fiscal.



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