LA DECISIÓN 3
Está amaneciendo y no pegó un ojo en toda la noche...
Desde hace rato ya, escucha voces y puertas metálicas que abren y
cierran, que cierran y abren, le recuerda las persianas de chapa de su casa.
La voz cortante y prepotente del guardia la despabiló.
_ ¡Rosa Paz, arriba! Tiene visita.
_ ¿Quién es?—dijo curiosa
_No sé, un tal Mendizábal "boga"—contestó el agente abriendo
la reja
_ ¿Está seguro?... Yo no pedí nada.
_ ¡No importa, vos cámbiate y vamos!—otra vez sonó prepotente.
Arreglándose el pelo, y calzándose las zapatillas como pudo, salió de su
celda.
El guardia marcha adelante, marcial, abriendo y cerrando las rejas,
hasta llegar a la "pecera"(tiene ese nombre porque es una oficina
cuadrada y vidriada) y anunció: Doctor ésta es Rosa Paz.
Era alto, morocho, vestía traje como abogado y hablaba como abogado.
— Mucho gusto dijo, extendió su mano hacia ella y explicó: soy su
abogado defensor designado.
— Ella culposa y resignada lo miró, y alcanzó decir: ya hablé todo...,
dije todo— sus palabras sonaron lastimosas.
Abriendo el maletín de cuero negro, él fue sacando papeles,
carpetas, lapiceras y un grabador. Mirándola a los ojos— dijo retórico—señalando
el aparato:
—Hable...
—Bueno...yo—tapándose la cara con ambas manos— soltó un llanto
angustioso y contenido, un gemido lastimero, su cabeza en movimiento de
ida y vuelta como buscando una imagen que no aparece, o intentando desarmar
sus pensamientos. Rosa lo conmovió.
— ¡Guardia!— dijo imperativo, — ¡Por favor agua para la señora!
Más calmada, relató con mucho detalles los infernales momentos que
vivió—levantando la cabeza y con un dejo lastimoso, observándolo, ajustició:
— ¡Lo volvería hacer!, segura se lo digo, lo volvería hacer. Tomó agua.
—Le creo, —razonó él—, los motivos sobran, —ceremonioso agregó—soy
padre, en su lugar y con el suicidio de su hija embarazada… ¡Peor!
—Abriendo los ojos como poseída, preguntó. ¿Cómo embarazada?
— ¿Ah? ¿No lo sabía?...bueno...perdón, el informe del forense lo
dictaminó.
Ella golpeó la mesa con el puño, el impacto furibundo volcó el resto del
agua sobre los papeles del doctor.
— ¡No! ¡No!..¡Hijo de puta!.., no tendría que haber pasado todo eso,
¡Mil veces no! Se echó llorar sobre sus brazos apoyados en la mesa.
—Él le puso su mano sobre el hombro—y paternal sentenció—la vamos a
pelear para disminuir la pena, la vamos a pelear.
Sola. Mirando el techo descascarado de la celda, ella buscaba
respuestas, mientras jugaba con la lapicera del doctor entre sus dedos—el
doctor tenía como dos o tres, seguramente no iba a notar que le faltaba
una—pensaba en voz baja.
— ¡Rápido llamen al médico de guardia, carajo!..¡Pidan una ambulancia!
¡La puta que la parió!, —gritó desaforado González: que soñaba que iba a
tener un día sin novedad. Rosa, en el piso, estaba como descansando sobre un
grotesco charco de sangre, que le coronaba toda la cabeza.
—Se agujereó la tráquea y se auto aspiró con la sangre, una muerte
horrible, ahogada—dijo franco el médico. Y segundos después agregó
— ¿Cómo tenía esa lapicera? La pregunta del médico retumbó en la celda.
El silencio lo ocupó todo. La sirena de la ambulancia también calló.
Otra vez puertas que se abren y se cierran, que se cierran y se
abren, como la vida misma. Pensaba González que ya tenía jodido el día.
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