jueves, 18 de octubre de 2018

LA DECISION 3


LA DECISIÓN 3


Está amaneciendo y no pegó un ojo en toda la noche...

Desde hace rato ya, escucha voces y puertas metálicas que abren y cierran, que cierran y abren, le recuerda las persianas de chapa de su casa.
La voz cortante y prepotente del guardia la despabiló.
_ ¡Rosa Paz, arriba! Tiene visita.
_ ¿Quién es?—dijo curiosa
_No sé, un tal Mendizábal "boga"—contestó el agente abriendo la reja
_ ¿Está seguro?... Yo no pedí nada.
_ ¡No importa, vos cámbiate y vamos!—otra vez sonó prepotente.
Arreglándose el pelo, y calzándose las zapatillas como pudo, salió de su celda.
El guardia marcha adelante, marcial, abriendo y cerrando las rejas, hasta llegar a la "pecera"(tiene ese nombre porque es una oficina cuadrada y vidriada) y anunció: Doctor ésta es Rosa Paz.
Era alto, morocho, vestía traje como abogado y hablaba como abogado.
— Mucho gusto dijo,  extendió su mano hacia ella y explicó: soy su abogado defensor designado.
— Ella culposa y resignada lo miró, y alcanzó decir: ya hablé todo..., dije todo— sus palabras sonaron lastimosas.
Abriendo el maletín de cuero negro, él fue sacando  papeles, carpetas, lapiceras y un grabador. Mirándola a los ojos— dijo retórico—señalando el aparato:
—Hable...
—Bueno...yo—tapándose la cara con ambas manos— soltó un llanto angustioso y contenido, un gemido lastimero,  su cabeza en movimiento de ida y vuelta como buscando una imagen que no aparece, o  intentando desarmar sus pensamientos. Rosa lo conmovió.
— ¡Guardia!— dijo imperativo, — ¡Por favor agua para la señora!
Más calmada, relató con mucho detalles los infernales momentos que vivió—levantando la cabeza y con un dejo lastimoso, observándolo, ajustició:
— ¡Lo volvería hacer!, segura se lo digo, lo volvería hacer. Tomó agua.
—Le creo, —razonó él—, los motivos sobran, —ceremonioso agregó—soy padre, en su lugar y con el suicidio de su hija embarazada… ¡Peor!
—Abriendo los ojos como poseída, preguntó. ¿Cómo embarazada?
— ¿Ah? ¿No lo sabía?...bueno...perdón, el informe del forense lo dictaminó.
Ella golpeó la mesa con el puño, el impacto furibundo volcó el resto del agua sobre los papeles del doctor.
— ¡No! ¡No!..¡Hijo de puta!.., no tendría que haber pasado todo eso, ¡Mil veces no! Se echó llorar sobre sus brazos apoyados en la mesa.
—Él le puso su mano sobre el hombro—y paternal sentenció—la vamos a pelear para disminuir la pena, la vamos a pelear.

Sola. Mirando el techo descascarado de la celda, ella buscaba respuestas, mientras jugaba  con la lapicera del doctor entre sus dedos—el doctor tenía como dos o tres, seguramente no iba a notar que le faltaba una—pensaba en voz baja.


— ¡Rápido llamen al médico de guardia, carajo!..¡Pidan una ambulancia! ¡La puta  que la parió!, —gritó desaforado González: que soñaba que iba a tener un día sin novedad. Rosa, en el piso, estaba como descansando sobre un grotesco charco de sangre,  que le coronaba toda la cabeza.


—Se agujereó la tráquea y se auto aspiró con la sangre, una muerte horrible, ahogada—dijo franco el médico. Y segundos después agregó
— ¿Cómo tenía esa lapicera? La pregunta del médico retumbó en la celda.
El silencio lo ocupó todo. La sirena de la ambulancia también calló.
Otra vez puertas  que se abren y se cierran, que se cierran y se abren, como la vida misma. Pensaba González que ya tenía jodido el día.



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