jueves, 18 de octubre de 2018

LA NOVIA DEL DOMINGO


                                 LA NOVIA DEL DOMINGO

Hoy es domingo.
Un domingo cualquiera, como otros, ya sea verano, primavera, invierno y en otoño también.
Repite. Si repite exactamente lo mismo desde hace años. Afirman los más memoriosos que lo realiza hace más o menos doce años. Ella, Ángeles  María Torrealba, todas las tardes, al son de las campanas que llaman a  misa de  siete, camina sola por la calle central que desemboca en las puertas crujientes de la Capilla. Ahí se queda esperando. Como siempre, infaltable, confusa, descalza;  con su largo vestido de novia de encajes y tules—que antes fue  blanco—un ramo de flores secas en su mano y  mirada ausente. Parece un maniquí disfrazado y  ridículo, pero nadie ríe.
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Ella estudiaba en el Colegio Mixto Secundario María Auxiliadora. Pedro también. “Eran el uno para el otro”, decían algunos, “son como siameses”, comentaban otros, “inseparables” según los más conocidos; por eso a nadie le extrañó que fueran juntos a la Universidad y se recibieran de médicos.
Se habían prometido casarse al finalizar la carrera, y por supuesto tener hijos. Esos eran sus planes pactados en el cole, en la facultad, y en las tardes de amor y besos, en el Cañadón, al lado del río, allá donde rumorea el agua y la corriente es más intensa, tanto como su sexo. Era su lugar.
Ella sabía que sus padres y hermanos esperaban su título para sumarla a la Clínica más importante y tradicional del pueblo: La Torrealba. Existía como un mandato no escrito de continuar con el legado familiar, de su padre y de su abuelo.
Pedro, en cambio esperaba con ansias emigrar, le habían aceptado su petición de una beca en un hospital de España. Los ahorros de sus padres se  habían agotados en su carrera. Ahora sacarían un crédito para que él pudiera perfeccionarse y ser el mejor médico de la zona. Era el orgullo de una familia obrera y sacrificada.
Como un reguero de pólvora se comentó en la comunidad—era un secreto a voces— que los padres de Ángeles se oponían al acompañamiento de ella  a ese viaje, decían, era una aventura europea inútil; simplemente Pedro no sabía cómo pasar esa soledad.
Se casarían. Fijaron fecha para el  domingo 21 de septiembre, sellando de esa manera un indisoluble amor que traspasara las diferencias familiares. La primavera era ideal, la hilera de árboles florecidos de la calle central hasta la capilla, le daría un marco decorado en su camino al altar.
Los hermanos de la novia, habían tenido varias conversaciones con el novio. Los tonos de voz, y las palabras elegidas para persuadirlo de no llevarse a ella a Europa eran variadas: <ella tenía su Clínica>, <era inteligente y bien formada>, <dinero y trabajo no le faltaba>, y eso de perfeccionarse allá, era joderla. Sugirieron además que él podía buscar una mujer española, formar una familia y no volver.
Pedro las había contado. Era la cuarta vez que le “hablaron”, le restó importancia a eso de que,  según  ellos, esta era la última ocasión en la que serían amables, y alcanzó oír  algo así de: “te vas solo o…”, pero no les dejó terminar la frase y se alejó rápido. No le gustaban los tironeos verbales. Pensó en ella y en cumplir su sueño de estar juntos.
Ángeles continuaba con los preparativos de su ajuar; su modista la tenía citada por décima vez, esa tarde la esperaba para la prueba final del vestido blanco con gasas, sedas, y piedras con encajes.
—Sos una novia de revista, un ángel, parece que flotaras—dijo la costurera, y añadió— ¡Acordate del dicho! el novio no te tiene que ver hasta la iglesia.
Ella, la prometida, en el almuerzo, aprovecharía para distribuir las actividades de cada uno de la familia en su casamiento.
—Vos papá vas a…
—Esperá hija—pidió sin vueltas el padre—quiero que te quedes, hacés falta en la Clínica. Yo y tus hermanos te enseñaremos todos los secretos de la profesión, el prestigio de la familia te la va a hacer fácil.
—Papá, yo me caso con Pedro—afirmó segura—Me voy con él a Europa, formaremos una familia. Nos quedamos allá o regresaremos, eso lo iremos evaluando más adelante; y mirando a todos a los ojos, levantó la copa y propuso: ¡Un brindis por los novios!. Su entusiasmo no le dejó ver que no había alegría.
21 de Septiembre. Domingo.
Las campanas retumban desde las cinco de la tarde, el rumor y el alboroto del pueblo subía hasta pasar las copas de los árboles. Todo el mundo salió a la calle.
La novia de blanco, llorando, veía cómo el espejo le devolvía la imagen que tanto soñó, que leyó en los cuentos, o finales de novelas rosas que tanto le gustaban. Sin dudar era feliz. Deseaba que él la viera.
Llegó a la Capilla. Estaba toda la gente que la quería y la chusma también, nadie se quería perder esa boda. Sus amigos del secundario le arrojaban flores a su paso. Caminó hasta el altar con su padre, ahí estaba su madre. En los bancos de la derecha sus tres hermanos y  primos. A la izquierda los padres de Pedro sonrientes, y con lágrimas. La emoción iba ganando espacios en el ambiente, entre las columnas, los santos; lo cubría todo. Se podía palpar.
Pedro no llegaba.
Pasaron quince minutos, treinta, todo comenzó inquietarse, la confusión sumaba adeptos, las voces subían con distintos tonos, empezaron las preguntas difíciles.
Un ruido alarma. El cura y todos giraron sus cabezas hacia las puertas de maderas de la entrada, que se abrieron de un golpe, era Don Funes, que grita: ¡Lo vi flotar! ¡Lo vi flotar! ¡Río arriba!, y con el último aliento soltó ¡Allá en el Cañadón!
Salieron en tumulto,  disparados, con la novia a la cabeza. Todos corriendo desesperados hasta el río, todos, menos los hermanos Torrealba.
La novia se quedó en la orilla. La fiesta había terminado.
Los sueños de Ángeles también.






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