LA NOVIA DEL DOMINGO
Hoy es
domingo.
Un domingo
cualquiera, como otros, ya sea verano, primavera, invierno y en otoño también.
Repite. Si
repite exactamente lo mismo desde hace años. Afirman los más memoriosos que lo
realiza hace más o menos doce años. Ella, Ángeles María Torrealba, todas las tardes, al son de
las campanas que llaman a misa de siete, camina sola por la calle central que
desemboca en las puertas crujientes de la Capilla. Ahí se queda esperando. Como siempre, infaltable,
confusa, descalza; con su largo vestido
de novia de encajes y tules—que antes fue
blanco—un ramo de flores secas en su mano y mirada ausente. Parece un maniquí disfrazado
y ridículo, pero nadie ríe.
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Ella
estudiaba en el Colegio Mixto Secundario María Auxiliadora. Pedro también.
“Eran el uno para el otro”, decían algunos, “son como siameses”, comentaban
otros, “inseparables” según los más conocidos; por eso a nadie le extrañó que
fueran juntos a la Universidad y se recibieran de médicos.
Se habían
prometido casarse al finalizar la carrera, y por supuesto tener hijos. Esos
eran sus planes pactados en el cole, en la facultad, y en las tardes de amor y
besos, en el Cañadón, al lado del río, allá donde rumorea el agua y la
corriente es más intensa, tanto como su sexo. Era su lugar.
Ella sabía
que sus padres y hermanos esperaban su título para sumarla a la Clínica más
importante y tradicional del pueblo: La Torrealba. Existía como un mandato no
escrito de continuar con el legado familiar, de su padre y de su abuelo.
Pedro, en
cambio esperaba con ansias emigrar, le habían aceptado su petición de una beca
en un hospital de España. Los ahorros de sus padres se habían agotados en su carrera. Ahora sacarían
un crédito para que él pudiera perfeccionarse y ser el mejor médico de la zona.
Era el orgullo de una familia obrera y sacrificada.
Como un
reguero de pólvora se comentó en la comunidad—era un secreto a voces— que los
padres de Ángeles se oponían al acompañamiento de ella a ese viaje, decían, era una aventura europea
inútil; simplemente Pedro no sabía cómo pasar esa soledad.
Se
casarían. Fijaron fecha para el domingo
21 de septiembre, sellando de esa manera un indisoluble amor que traspasara las
diferencias familiares. La primavera era ideal, la hilera de árboles florecidos
de la calle central hasta la capilla, le daría un marco decorado en su camino
al altar.
Los
hermanos de la novia, habían tenido varias conversaciones con el novio. Los
tonos de voz, y las palabras elegidas para persuadirlo de no llevarse a ella a
Europa eran variadas: <ella tenía su Clínica>, <era inteligente y bien
formada>, <dinero y trabajo no le faltaba>, y eso de perfeccionarse
allá, era joderla. Sugirieron además que él podía buscar una mujer española,
formar una familia y no volver.
Pedro las
había contado. Era la cuarta vez que le “hablaron”, le restó importancia a eso
de que, según ellos, esta era la última ocasión en la que
serían amables, y alcanzó oír algo así de:
“te vas solo o…”, pero no les dejó terminar la frase y se alejó rápido. No le
gustaban los tironeos verbales. Pensó en ella y en cumplir su sueño de estar
juntos.
Ángeles
continuaba con los preparativos de su ajuar; su modista la tenía citada por
décima vez, esa tarde la esperaba para la prueba final del vestido blanco con
gasas, sedas, y piedras con encajes.
—Sos una
novia de revista, un ángel, parece que flotaras—dijo la costurera, y añadió— ¡Acordate
del dicho! el novio no te tiene que ver hasta la iglesia.
Ella, la
prometida, en el almuerzo, aprovecharía para distribuir las actividades de cada
uno de la familia en su casamiento.
—Vos papá
vas a…
—Esperá hija—pidió
sin vueltas el padre—quiero que te quedes, hacés falta en la Clínica. Yo y tus
hermanos te enseñaremos todos los secretos de la profesión, el prestigio de la
familia te la va a hacer fácil.
—Papá, yo me
caso con Pedro—afirmó segura—Me voy con él a Europa, formaremos una familia.
Nos quedamos allá o regresaremos, eso lo iremos evaluando más adelante; y
mirando a todos a los ojos, levantó la copa y propuso: ¡Un brindis por los novios!.
Su entusiasmo no le dejó ver que no había alegría.
21 de Septiembre.
Domingo.
Las
campanas retumban desde las cinco de la tarde, el rumor y el alboroto del
pueblo subía hasta pasar las copas de los árboles. Todo el mundo salió a la
calle.
La novia de
blanco, llorando, veía cómo el espejo le devolvía la imagen que tanto soñó, que
leyó en los cuentos, o finales de novelas rosas que tanto le gustaban. Sin
dudar era feliz. Deseaba que él la viera.
Llegó a la
Capilla. Estaba toda la gente que la quería y la chusma también, nadie se
quería perder esa boda. Sus amigos del secundario le arrojaban flores a su
paso. Caminó hasta el altar con su padre, ahí estaba su madre. En los bancos de
la derecha sus tres hermanos y primos. A
la izquierda los padres de Pedro sonrientes, y con lágrimas. La emoción iba
ganando espacios en el ambiente, entre las columnas, los santos; lo cubría
todo. Se podía palpar.
Pedro no
llegaba.
Pasaron quince
minutos, treinta, todo comenzó inquietarse, la confusión sumaba adeptos, las
voces subían con distintos tonos, empezaron las preguntas difíciles.
Un ruido
alarma. El cura y todos giraron sus cabezas hacia las puertas de maderas de la entrada,
que se abrieron de un golpe, era Don Funes, que grita: ¡Lo vi flotar! ¡Lo vi
flotar! ¡Río arriba!, y con el último aliento soltó ¡Allá en el Cañadón!
Salieron en
tumulto, disparados, con la novia a la
cabeza. Todos corriendo desesperados hasta el río, todos, menos los hermanos
Torrealba.
La novia se
quedó en la orilla. La fiesta había terminado.
Los sueños
de Ángeles también.
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