sábado, 16 de noviembre de 2019

LA NOVIA DEL DOMINGO


                                                   LA NOVIA DEL DOMINGO

Hoy es domingo.
Un domingo cualquiera, como otros, en primavera, verano, invierno, otoño.
Insiste. Si repite puntualmente lo mismo durante años, hace doce exactamente. Ella Ángeles Torrealba, todas las tardes camina sola la calle central. Sigue el llamado de las campanas a misa de siete. Sus ojos  fijos en las puertas crujientes de la Capilla. Ahí se queda esperando, con flores secas en su mano.
Infaltable, confusa, descalza, con largo y opaco vestido de novia. Tiene mirada ausente, parece un maniquí disfrazado, ridículo: pero nadie ríe.
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Ángeles estudiaba en el Colegio Mixto Secundario del Sagrado Corazón. Pedro también. <<Eran el uno para el otro>>, decían algunos del barrio. <<Son como siameses>> comentaban otros, <<inseparables>> según los más conocidos.
A nadie le extrañó que fueran juntos a la Universidad. Que se recibieran de médicos, en los tiempos justos, proyectados.
Prometieron casarse al finalizar la carrera, y programaron tener hijos. Esos fueron planes pactados en el cole, en la Facultad. También se comprometieron en las tardes de amor y juramentos; como testigo el Cañadón, su lugar, ahí el río es intenso; tanto como sus encuentros de sexo, y sus besos interminables.
Sabía ella que sus padres y hermanos esperaban su título. La sumarían a la famosa y tradicional Clínica familiar Torrealba. Era un mandato familiar, un legado innegociable de su padre.
Pedro en cambio esperaba con ansias emigrar para crecer profesionalmente. Fue aceptada su  beca para especializarse en un hospital de España. Los  ahorros de sus padres se agotaron en su carrera. Ahora sacarían un crédito para su perfeccionamiento allá en Europa; era el orgullo de una familia obrera, humilde y sacrificada.
Como un reguero de pólvora se comentó en la comunidad. Los padres de Ángeles se oponían que acompañe ese viaje. Decían que era una aventura inútil, que no aportaba nada. Que Pedro no sabía cómo salvar su soledad, salir adelante.
Los novios fijaron fecha para casarse, domingo 21 de Septiembre: sellaron de esa manera un amor indisoluble que traspasara barreras.
Los hermanos de la novia, repitieron conversaciones con el novio. Los tonos de voz, y las palabras fueron elegidas. Llevarla a ella a España era joderla, acá era dueña; su hermana, dinero y trabajo tenía, inteligencia y prestigio también. Le sugirieron, buscarse una mujer española, formar familia y no volver.
Pedro las contó, era la cuarta vez que le <<hablaron>>; le restó importancia a eso que sonó como una advertencia: era la última ocasión que serían amables y alcanzó oír: <<te vas solo o…>>, pero no dejó finalizar la frase. Se alejó rápido, no le gustaba para nada los tironeos verbales. Pensó en ella, en cumplir su sueño de estar juntos.
Ángeles continuaba sin pausa con los preparativos de su ajuar. Su modista la citó por décima vez—la última advirtió. Esa tarde le esperaba la prueba final del vestido blanco; largo con gasas, piedras, y seda que rozaba el piso.
—Siento como que flotaras, un ángel—dijo la costurera, y añadió: ¡Ojo! ¡Acordate! El novio te ve recién en la iglesia.
Ella, la prometida aprovecharía el almuerzo para repartir las actividades. Quería que cada uno de su familia viviera su boda.
—Vos papá vas a…
—Hija esperá—pidió firme el padre— ¡Quiero que te quedes!..Hacés falta en la Clínica, sos una Torrealba, tenés futuro. Yo, tus hermanos, te enseñaremos los secretos de la profesión; la familia, el prestigio, te lo va a hacer fácil.
—Papá, yo me caso el domingo con Pedro—afirmó segura. Me voy a Europa con él, formaremos una familia allá; nos quedamos o regresamos, eso, ya lo veremos más adelante. Miró a todos a los ojos, levantando su copa propuso: ¡Un brindis por los novios!
21 de Septiembre. Domingo.
Las campanas retumban acompasadas desde las cinco de la tarde. El rumor y el alboroto del gentío subían cada minuto. El pueblo salió a la calle, era la fiesta de todos.
La novia de blanco, llorando, inquieta se miraba al espejo; éste le devolvía una imagen soñada, que leyó en  cuentos. Sin dudar era feliz, deseaba que él la estuviera viendo.
El auto cruzó el pueblo, la dejó en la Capilla. Estaban todas las personas que quería, la chusma también. Su maestra, el peluquero, nadie se quería perder esa boda. Sus compañeros del secundario le arrojaban flores a su paso.
Caminó hasta el altar con su padre, allá su madre. En los bancos, a la derecha sus hermanos y primos. A la izquierda, los padres de Pedro, sonrientes y lagrimeando. La emoción ganaba espacios en el ambiente, entre las columnas; por los asientos, tocando santos; lo cubría todo, se palpaba.
Pedro no llegaba.
Pasaron quince minutos, treinta, todo comenzó a inquietarse, la confusión sumaba. Las voces subían con variados tonos, empezaron las preguntas difíciles.
Un ruido alarma. El cura y todos giraron sus cabezas hacia las puertas que se abrieron de un golpe, era Don Funes que grita: ¡Lo vi flotar! ¡Lo vi flotar!, ¡Río arriba!, ¡Río arriba!, y con el último aliento soltó: ¡Allá en el Cañadón! Salieron todos disparados al río, la prometida a la cabeza. Todos corriendo desesperados, aturdidos, consternados, todos, menos los hermanos Torrealba.
La fiesta de todos terminó, el sueño de Ángeles también.




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