LA CULPA
La luz blanca de la
lámpara cenital del quirófano te pega en los ojos, impresiona como si te
torturaran.
La bata blanca sobre tu
cuerpo desnudo apenas atada con una tirita atrás, te hacía más indefensa
todavía. Tus piernas abiertas en los estribos metálicos de la camilla, el olor
a formol, la tintura de yodo, todo eso revuelve tu estómago, tenès ganas de
vomitar, aguantàs: no querès hacer un papelón.
Si sabías que te
esperaba todo esto, tendrías que haber dicho ¡No! cuando él te propuso tener
sexo. Haber cerrado las piernas que hoy flamean en un consultorio de mala
muerte. Ese pensamiento te flagela.
Es que cuando llegó el
hijo de puta de Raúl al departamento, vos, no le tendrías que haber abierto la
puerta. También arrepentirte de haber aceptado la primera cita con él, si vos
ya sabías que era casado; te lo había advertido tu amiga cuando te recomendó la
inmobiliaria, que tuvieras ojo con el tal Raúl que era lancero y casado.
Pero vos con eso de que
sabes manejar tus emociones, ibas a poder dominar la situación. “¡Manejar la
situación!”, ¡Què boluda! Lo que pasa es que te tragaste eso de que él iba a
dejar la familia por vos. ¡Laura! ¡Ay! Laurita…creer eso en estos tiempos… te
da rabia porque es casi infantil.
Lo viste entrar a tu
departamento decidido, confiado, sin culpa. Te corrió un hormigueo por la
espalda cuando te largo sin titubear que ya te había sacado un turno con el médico
abortero. Te deprime verlo. Pero lo mirabas, buscando una pirueta emocional,
algo que le hiciera cambiar la decisión, y vos salir de ahí. No verlo más. Pero
te ganó el miedo.
El tipo es frío como un robot. Escucharlo
ahora: “que su mujer está enferma”, “que su hija es adicta”, “que es único sostén”,
que él es “imprescindible para salvar su familia”, eso te pone violenta y hostil.
Pero ¿¡qué esperabas!? Solamente vos confiaste, te abandonaste a un futuro incierto
y borroso.
Es que te guste o no, vos estabas
enamorada---se notaba---. Para él eras
una mujer hecha a medida, sola, buen físico, sexo intenso, y amante silenciosa.
Tu departamento su refugio, su paraíso. Ideal.
Hoy estás en ésta sala donde la vulnerabilidad
y la soledad terminan juntas. Te sentís que estás en un espiral—pero hacia
abajo—todo es un abismo sin noche ni día.
Recordàs de golpe que así te sentías con la pérdida
de tus padres. Te quedaste sola, aprovechaste para mudarte hace tres o cuatro
años al departamento que te consiguió él.
Te impactó
apenas lo viste, era imponente, simpático, lindo, con una voz convincente.
Revivirlo ahora tu cabeza explota ¿Cómo lo dejaste entrar a tu vida? Tu sien
hace bum, bum, recordando las discusiones desagradables; bum, bum, la
convivencia violenta; bum, bum, enfrentamientos dañinos; bum, bum, él, siempre él.
Te cagò la vida. Bum, bum.
Pero no lo percibías, no te dabas cuenta, ni
notabas los cambios, no eras la misma. Habías sido engañada, y vos… no lo veías.
La luz blanca está ahí. Todo te da vueltas como
un carrusel fantasmal. Vomitaste.
Escuchaste decir al aire, no la identificaste,
era una voz cualquiera: “A éstas le gusta tener machos y después no se la
aguantan”. No sabès, si son médicos, enfermeras, o tu conciencia; pero que la escuchaste,
¡La escuchaste!
Te gustaría buscar un espejo, querès
contemplarte, querès descubrir tu cara de culpa. No podès y eso te turba. Estás
cautiva.
Oías voces, ruidos metálicos—como cubiertos---unas
manos que tocan tu vientre, un sordo desprendimiento de tejido en lo íntimo de
tu sexo. Imaginàs estar deshecha por dentro. Caen lágrimas a racimos, un
temblor que te mece. ¿Sentís miedo? ¿Es la muerte? Parece un siglo, pero el
reloj de pared marca una hora.
Tus muslos están húmedos, percibís el olor
dulzón e inconfundible de la sangre, que lo baña todo. Las enfermeras como
bandadas de moscas van y vienen, la angustia y desesperación se adueñan de la
sala. Sobra impotencia y abunda resignación.
Vos como una burbuja ascendente, miràs como
espectadora un cuerpo blanco y frío abandonado en una camilla. Te das cuenta
que el tiempo se ha dormido para siempre en tu cuerpo. No sabes qué hora es,
pero es una hora fría.
Finalmente, no logràs escuchar una voz con
barbijo en la sala que dice:
¡Chist…silencio! Ha muerto.
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