ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO
Galìndez se encontró en la cama del hospital
desnudo---pero en el sentido literal---ya que no le quedó nada, ni casa, ni dignidad,
ni dientes; solo una multitud de moretones multicolor que le decoraban la cara
y el cuerpo; entonces se hizo un juramento.
Atinó a decirle a la enfermera de turno:
<<no me mataron, pero me quitaron la vida de antes>>. Mientras ésta
lo curaba, él miraba el techo y dos gotones le caían de sus ojos recordando y, maldiciendo haber conocido al Turco, sacaba cuenta, y eran exactamente cuatro
meses.
Lo recuerda
clarito cuando él se acercó por la obra ofreciéndole ganarse unos pesos extras,”
es una changuita fácil”, le dijo. Y se vio preguntando:
---¿No
será nada raro no? ¡Qué boludo! dijo entre dientes reprochándose.
El Turco
tenía la mala fama de andar siempre a las corridas, de tutearse con la cana, y
estar <<siempre calzado, por las dudas>>, decía.
Otra vez
en su cabeza dolorida retumba la voz ronca del hijo de puta cuándo le dijo:
---Mirà
es fácil—lo entusiasmaba— yo te traigo una caja, así como de zapatos—le hizo la
mímica con las manos---vos salís de la obra te tomas el 35 y te bajás en Perú y
Charcas, al frente de la parada hay un kiosco, “Gaby”, vos le das la caja al
tipo de barba; y él te da otra, y haces el mismo recorrido, pero al revés; ¿tranqui
no? —dijo poniéndole una mano en el hombro. Después te vas a tu casa y yo paso
tipo nueve, nueve y media, busco la caja. Recordarlo le corrió frío.
Como una
película rememoraba, la cajita apoyada entre las piernas en el bondi, la
emoción que el Turco le había prometido tres lucas por semana. Con eso también ayudarían
con el diezmo a la iglesia. Ya la veía a su mujer con la biblia a cuesta como siempre,
entregándole feliz al pastor su colaboración.
Esa
rutina Galìndez la repitió durante cuatro meses, hasta que un día viernes el
Turco bajó de su auto como siempre, la pistola en el cinto, y la adrenalina al
tope por las dos líneas que aspiró cinco minutos antes.
Golpeó la
puerta tres veces.
Galìndez
le abrió.
El otro
le pidió la caja, el tipo notó al simple tacto que estaba más liviana.
La abrió,
había recortes de diario, le clavó una mirada ácida, y casi escupiéndole la
cara le gritó:
--- ¡Hijo
de puta! ¡Donde está la guita! ¿Dónde mierda está la guita!, ¡Dámela, o te quemo!
--- apoyándole el caño de la pistola en el pecho.
Galìndez
se meò encima, trastabilló, se llevó por delante una silla y cayó de culo al
suelo. Tartamudeando le decía:
---¡Te…
lo juro… Turco!... hice lo de siempre, ¡Te lo juro por mis hijos!, el llanto lo
ahogaba, ¡No hice nada, te lo juro!, así me lo dio el del kiosco; es lo último
que se escuchó decir.
Su mujer Lidia y sus hijos estaban espantados
en el fondo. Mudos.
Galìndez
sintió un golpe seco en la cabeza, otro más en el pecho, y otra patada en la
cara. Golpes, patadas, golpes, patadas, era uno, eran dos, eran tres, no sabía,
no supo, perdió la cuenta y la conciencia.
Lidia y
los chicos estaban en la calle, el resplandor de las llamas le iluminaban como
flashes las caras mojadas y los ojos aterrados. Las sirenas se confundían, la
de la ambulancia llevándose al padre al hospital, y la de los bomberos para
apagar lo que quedaba. Era una estampita del desamparo.
Al salir
Galìndez del hospital, se uniò a la familia que ya estaba ocupando la fábrica
de tornillos abandonada.
Una semana
después cayó la policía a la vieja fábrica, alguien habría buchoneado.
Mientras
el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el comisario se llevó al niño,
de una mano, a la otra pieza de madera y cartón.
---¿Dónde
está tu padre? —preguntó
---Está en
el cielo---susurró él
---¡Como?
¿Ha muerto? —preguntó asombrado el policía
---No,
dijo el niño. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.
---¡A ver,
contàme cómo es eso? ---dijo ansioso el comisario.
---Mire
señor, desde que nos quemaron la casa con todo adentro, por ese trabajo de mi papá;
nos vinimos a vivir a esta fábrica--- dijo limpiándose los mocos
---¡Ah!
Son okupas…---dijo enojado el oficial
---La fábrica---prosiguió
el niño tembloroso---tiene un techo que se sube por esa escalera de hierro---señalándola
con la cabeza. Mi papá se va arriba todos los días con la escopeta por si
vienen a echarnos, o a quemarlo todo de vuelta.
En la
pieza de al lado se escuchaba a través del nailon y los cartones, el sollozo de
la madre y la pequeña. También la voz prepotente del sargento intentando que
hablen.
Con voz
grave y autoritaria el comisario le pregunta:
---¿Vos tenès
un hermano, ¿no?
---Sí, el
Pela, el más grande, él sale hacer changas. Hoy se tomó el 35 fue a buscar algo
para comer y arreglar unos asuntos en Charcas y Perù --- decía esto mientras se
sobaba la panza. Más de una vez se acostó con hambre.
---¿Tu
hermano roba? ---preguntó de nuevo el oficial, molesto, mientras con un dedo le levantaba la
barbilla al niño.
---¡No! —dijo
el niño asustado---porque dice mi mamá que va ir al infierno. Ella nos lee la
biblia todos los días, y ahí dice que robar es pecado, que en la vida solo
sirve trabajar; y ser buenos a los ojos de Dios. Y los que son buenos van al
cielo.
Como mi papá
nos cuida: mi mamá dice que está en el cielo; ahí arriba—apuntando con el dedo
al techo.
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