sábado, 16 de noviembre de 2019

ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO


                                ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO

Galìndez se encontró en la cama del hospital desnudo---pero en el sentido literal---ya que no le quedó nada, ni casa, ni dignidad, ni dientes; solo una multitud de moretones multicolor que le decoraban la cara y el cuerpo; entonces se hizo un juramento.
Atinó a decirle a la enfermera de turno: <<no me mataron, pero me quitaron la vida de antes>>. Mientras ésta lo curaba, él miraba el techo y dos gotones le caían de sus ojos recordando y, maldiciendo haber conocido al Turco, sacaba cuenta, y eran exactamente cuatro meses.
Lo recuerda clarito cuando él se acercó por la obra ofreciéndole ganarse unos pesos extras,” es una changuita fácil”, le dijo. Y se vio preguntando:
---¿No será nada raro no? ¡Qué boludo! dijo entre dientes reprochándose.
El Turco tenía la mala fama de andar siempre a las corridas, de tutearse con la cana, y estar <<siempre calzado, por las dudas>>, decía.
Otra vez en su cabeza dolorida retumba la voz ronca del hijo de puta cuándo le dijo:
---Mirà es fácil—lo entusiasmaba— yo te traigo una caja, así como de zapatos—le hizo la mímica con las manos---vos salís de la obra te tomas el 35 y te bajás en Perú y Charcas, al frente de la parada hay un kiosco, “Gaby”, vos le das la caja al tipo de barba; y él te da otra, y haces el mismo recorrido, pero al revés; ¿tranqui no? —dijo poniéndole una mano en el hombro. Después te vas a tu casa y yo paso tipo nueve, nueve y media, busco la caja. Recordarlo le corrió frío.
Como una película rememoraba, la cajita apoyada entre las piernas en el bondi, la emoción que el Turco le había prometido tres lucas por semana. Con eso también ayudarían con el diezmo a la iglesia. Ya la veía a su mujer con la biblia a cuesta como siempre, entregándole feliz al pastor su colaboración.
Esa rutina Galìndez la repitió durante cuatro meses, hasta que un día viernes el Turco bajó de su auto como siempre, la pistola en el cinto, y la adrenalina al tope por las dos líneas que aspiró cinco minutos antes.
Golpeó la puerta tres veces.
Galìndez le abrió.
El otro le pidió la caja, el tipo notó al simple tacto que estaba más liviana.
La abrió, había recortes de diario, le clavó una mirada ácida, y casi escupiéndole la cara le gritó:
--- ¡Hijo de puta! ¡Donde está la guita! ¿Dónde mierda está la guita!, ¡Dámela, o te quemo! --- apoyándole el caño de la pistola en el pecho.
Galìndez se meò encima, trastabilló, se llevó por delante una silla y cayó de culo al suelo. Tartamudeando le decía:
---¡Te… lo juro… Turco!... hice lo de siempre, ¡Te lo juro por mis hijos!, el llanto lo ahogaba, ¡No hice nada, te lo juro!, así me lo dio el del kiosco; es lo último que se escuchó decir.
 Su mujer Lidia y sus hijos estaban espantados en el fondo. Mudos.
Galìndez sintió un golpe seco en la cabeza, otro más en el pecho, y otra patada en la cara. Golpes, patadas, golpes, patadas, era uno, eran dos, eran tres, no sabía, no supo, perdió la cuenta y la conciencia.
Lidia y los chicos estaban en la calle, el resplandor de las llamas le iluminaban como flashes las caras mojadas y los ojos aterrados. Las sirenas se confundían, la de la ambulancia llevándose al padre al hospital, y la de los bomberos para apagar lo que quedaba. Era una estampita del desamparo.
Al salir Galìndez del hospital, se uniò a la familia que ya estaba ocupando la fábrica de tornillos abandonada.
Una semana después cayó la policía a la vieja fábrica, alguien habría buchoneado.
Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el comisario se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza de madera y cartón.
---¿Dónde está tu padre? —preguntó
---Está en el cielo---susurró él
---¡Como? ¿Ha muerto? —preguntó asombrado el policía
---No, dijo el niño. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.
---¡A ver, contàme cómo es eso? ---dijo ansioso el comisario.
---Mire señor, desde que nos quemaron la casa con todo adentro, por ese trabajo de mi papá; nos vinimos a vivir a esta fábrica--- dijo limpiándose los mocos
---¡Ah! Son okupas…---dijo enojado el oficial
---La fábrica---prosiguió el niño tembloroso---tiene un techo que se sube por esa escalera de hierro---señalándola con la cabeza. Mi papá se va arriba todos los días con la escopeta por si vienen a echarnos, o a quemarlo todo de vuelta.
En la pieza de al lado se escuchaba a través del nailon y los cartones, el sollozo de la madre y la pequeña. También la voz prepotente del sargento intentando que hablen.
Con voz grave y autoritaria el comisario le pregunta:
---¿Vos tenès un hermano, ¿no?
---Sí, el Pela, el más grande, él sale hacer changas. Hoy se tomó el 35 fue a buscar algo para comer y arreglar unos asuntos en Charcas y Perù --- decía esto mientras se sobaba la panza. Más de una vez se acostó con hambre.
---¿Tu hermano roba? ---preguntó de nuevo el oficial,  molesto, mientras con un dedo le levantaba la barbilla al niño.
---¡No! —dijo el niño asustado---porque dice mi mamá que va ir al infierno. Ella nos lee la biblia todos los días, y ahí dice que robar es pecado, que en la vida solo sirve trabajar; y ser buenos a los ojos de Dios. Y los que son buenos van al cielo.
Como mi papá nos cuida: mi mamá dice que está en el cielo; ahí arriba—apuntando con el dedo al techo.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario