sábado, 16 de noviembre de 2019

AHÌ NACIÒ TODO


AHÌ NACIÒ TODO

El hecho en cuestión, ¡bah! el hecho en sí, es el engaño. La infidelidad.
Cualquiera que tuviera dos dedos de frente se daba cuenta. Me di cuenta yo que soy el portero: se imaginan los demás.
Todo empezó hace casi un año, llegaron los dos y alquilaron el cuarto "C". Ahí nació todo.
Ella, Laura, cuarentona, / delgada, / piel color tiza, / casi enferma, / frágil. Él, Enrique, todo lo opuesto, /atlético, / bronceado, / alto, —ella le llegaba al hombro—también cuarenta y pico.
Él se iba temprano, trajeado, imponente, tenía una inmobiliaria y un auto importado. Ella en cambio hace seis meses está sin trabajo.
Es traductora de francés, pero le apasiona la cocina, lo sè porque más de una vez le tuve que ayudar con las bolsas del supermercado con alimentos y condimentos. Ahí nació todo.
Se ganaron en la primera reunión de consorcio el mote de "fanfarrón" él y de "pobre mina" ella. Sonaba justo, habría que agregarle "maleducado". Eso era el tipo, un perfecto sobrador, que no te saludaba ni en el ascensor, ni de entrada y ni de salida. Ahí nació todo.
Ella sabía que yo tenía en mi departamento ajíes de mi país—peruanos— y le encantaba que le pasara recetas de platos limeños, hasta me invitó más de una vez a su departamento —a pesar de su timidez—para que le ayudase en la preparación, y yo iba encantado. Ahí nació todo.
Una vez se tentó de llevarse de mi colección unos diez ajíes "habaneros”, yo los tenía hacía más de un año en un frasco con tapa roja. Se lo negué, porque pasado un tiempo desarrollan una toxina venenosa, tóxica, no estaban para comer; sino un adorno y recuerdo de mi tierra. Ahí nació todo.
Me comentó que quería quedar embarazada, y que su marido se negaba a hacer un tratamiento de fertilidad. Contaba que le decía con soberbia machista: que él no era el problema, en todo caso podía ser la frigidez de ella. Pensé: que bien me fue en la vida, yo tenía cuatro hijos con mi mujer que tiene 45 años como yo, y después del último se ligó las trompas. Ahí nació todo.
Hoy hace cuatro meses que empezó todo. Verme en la cama con Laura, yo petizo, moreno y culón, y ella a mi lado como una leve flor blanca, delicada, era un placer, un deleite inmenso. Cautivaba en la cama. No sé cómo decirlo, era una mujer para amar y amar. Ahí nació todo.
Eso sucedía una o dos veces por semana, en mi departamento o en el de ella.  Él siempre con sus reuniones de negocios, sus amigos empresarios, torneos de golf en Uruguay, o de tenis en otro país limítrofe. Su ausencia estaba siempre presente. Ahí nació todo.


Hoy Laura buscó los análisis en su prepaga.
Llegó alegre, radiante, casi eufórica gritó: ¡Estoy embarazada! Y lloró feliz.
Se bañó y lo esperó con la bata blanca puesta.
Enrique llegó a la hora de cenar
En la mesa humeaba un plato típico de Perú. Tentada de darle rápido la sorpresa, prefirió aguardar. Quizás él no le creyera, era mejor esperar el momento. Lo conocía.
Laura escuchó el ascensor y abrió la puerta.
---¿Hiciste la cena? –soltó él al cerrar la puerta sin saludar—tengo hambre ---agregó
---Si está en la mesa—contestó ella distante
---Por el olor… peruana—comentó buscando afirmación. ¿Vos no comès? —dijo él, señalando el plato.
—No. Estuve con náuseas y vómitos todo el día—dijo tranquila sentada frente a él—observando como comía golosamente.
—No estarás embarazada... ¿no? —dijo dudando ¡Porque ya te digo mío no es! —sostuvo arrogante— masticando un buen bocado.
¿De cuánto estás? —preguntó inquieto— apoyando la copa de vino en los labios que de un sorbo la vació. ¡Esto está más picante y amargo que otras veces! — sopló alejando el plato.
—De ocho semanas---se apuró en contestar
—¡Que te dije! ¡No es mío!, hace como tres meses qué no te toco; entre mis negocios y los torneos, cuánto hace que no cogemos… ¡¿eh!?--soltó furioso sosteniendo la mirada; ella la rehúye
 ¡Eh!, ¡Cuánto! —repitió, golpeando la mesa, no era la primera vez que era agresivo con ella---; notó como se desdibujaba el rostro de su mujer, y se le iba cerrando la garganta.
Ella con cierta calma, buscó en la puerta de la heladera el imán con el número de la emergencia.
Con el celular en la mano lo miraba a Enrique por última vez, él se retorcía en el piso intentando que le ingrese una gota de aire en los pulmones. Su bronceado era cada vez más oscuro y su camisa más mojada.
El médico diagnosticó muerte por intoxicación. Laura abandonó el hospital y se dirigió a buscar los servicios velatorios.
Tres días después cerró la puerta del departamento, empujó la valija al ascensor, y se fue.
Abrazó en la salida al portero, hizo señas a un taxi, y partió.
El peruano seguía baldeando la vereda, todavía no había notado la ausencia del frasco con tapa roja.
Ahí terminó todo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario