AHÌ
NACIÒ TODO
El hecho en cuestión,
¡bah! el hecho en sí, es el engaño. La infidelidad.
Cualquiera que
tuviera dos dedos de frente se daba cuenta. Me di cuenta yo que soy el portero:
se imaginan los demás.
Todo empezó
hace casi un año, llegaron los dos y alquilaron el cuarto "C". Ahí
nació todo.
Ella, Laura, cuarentona,
/ delgada, / piel color tiza, / casi enferma, / frágil. Él, Enrique, todo lo
opuesto, /atlético, / bronceado, / alto, —ella le llegaba al hombro—también
cuarenta y pico.
Él se iba temprano,
trajeado, imponente, tenía una inmobiliaria y un auto importado. Ella en cambio
hace seis meses está sin trabajo.
Es traductora
de francés, pero le apasiona la cocina, lo sè porque más de una vez le tuve que
ayudar con las bolsas del supermercado con alimentos y condimentos. Ahí nació
todo.
Se ganaron en
la primera reunión de consorcio el mote de "fanfarrón" él y de
"pobre mina" ella. Sonaba justo, habría que agregarle
"maleducado". Eso era el tipo, un perfecto sobrador, que no te
saludaba ni en el ascensor, ni de entrada y ni de salida. Ahí nació todo.
Ella sabía que
yo tenía en mi departamento ajíes de mi país—peruanos— y le encantaba que le
pasara recetas de platos limeños, hasta me invitó más de una vez a su
departamento —a pesar de su timidez—para que le ayudase en la preparación, y yo
iba encantado. Ahí nació todo.
Una vez se tentó
de llevarse de mi colección unos diez ajíes "habaneros”, yo los tenía
hacía más de un año en un frasco con tapa roja. Se lo negué, porque pasado un
tiempo desarrollan una toxina venenosa, tóxica, no estaban para comer; sino un
adorno y recuerdo de mi tierra. Ahí nació todo.
Me comentó que
quería quedar embarazada, y que su marido se negaba a hacer un tratamiento de
fertilidad. Contaba que le decía con soberbia machista: que él no era el
problema, en todo caso podía ser la frigidez de ella. Pensé: que bien me fue en
la vida, yo tenía cuatro hijos con mi mujer que tiene 45 años como yo, y
después del último se ligó las trompas. Ahí nació todo.
Hoy hace cuatro
meses que empezó todo. Verme en la cama con Laura, yo petizo, moreno y culón, y
ella a mi lado como una leve flor blanca, delicada, era un placer, un deleite
inmenso. Cautivaba en la cama. No sé cómo decirlo, era una mujer para amar y
amar. Ahí nació todo.
Eso sucedía una
o dos veces por semana, en mi departamento o en el de ella. Él siempre con sus reuniones de negocios, sus
amigos empresarios, torneos de golf en Uruguay, o de tenis en otro país
limítrofe. Su ausencia estaba siempre presente. Ahí nació todo.
Hoy Laura buscó
los análisis en su prepaga.
Llegó alegre,
radiante, casi eufórica gritó: ¡Estoy embarazada! Y lloró feliz.
Se bañó y lo esperó
con la bata blanca puesta.
Enrique llegó a
la hora de cenar
En la mesa humeaba
un plato típico de Perú. Tentada de darle rápido la sorpresa, prefirió
aguardar. Quizás él no le creyera, era mejor esperar el momento. Lo conocía.
Laura escuchó
el ascensor y abrió la puerta.
---¿Hiciste la
cena? –soltó él al cerrar la puerta sin saludar—tengo hambre ---agregó
---Si está en
la mesa—contestó ella distante
---Por el olor…
peruana—comentó buscando afirmación. ¿Vos no comès? —dijo él, señalando el
plato.
—No. Estuve con
náuseas y vómitos todo el día—dijo tranquila sentada frente a él—observando
como comía golosamente.
—No estarás
embarazada... ¿no? —dijo dudando ¡Porque ya te digo mío no es! —sostuvo
arrogante— masticando un buen bocado.
¿De cuánto
estás? —preguntó inquieto— apoyando la copa de vino en los labios que de un
sorbo la vació. ¡Esto está más picante y amargo que otras veces! — sopló
alejando el plato.
—De ocho
semanas---se apuró en contestar
—¡Que te dije!
¡No es mío!, hace como tres meses qué no te toco; entre mis negocios y los
torneos, cuánto hace que no cogemos… ¡¿eh!?--soltó furioso sosteniendo la
mirada; ella la rehúye
¡Eh!, ¡Cuánto! —repitió, golpeando la mesa, no
era la primera vez que era agresivo con ella---; notó como se desdibujaba el
rostro de su mujer, y se le iba cerrando la garganta.
Ella con cierta
calma, buscó en la puerta de la heladera el imán con el número de la
emergencia.
Con el celular
en la mano lo miraba a Enrique por última vez, él se retorcía en el piso intentando
que le ingrese una gota de aire en los pulmones. Su bronceado era cada vez más
oscuro y su camisa más mojada.
El médico diagnosticó
muerte por intoxicación. Laura abandonó el hospital y se dirigió a buscar los
servicios velatorios.
Tres días
después cerró la puerta del departamento, empujó la valija al ascensor, y se
fue.
Abrazó en la
salida al portero, hizo señas a un taxi, y partió.
El peruano
seguía baldeando la vereda, todavía no había notado la ausencia del frasco con
tapa roja.
Ahí terminó
todo.
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