jueves, 25 de octubre de 2018

VACACIONES


                                                              VACACIONES

¡A Brasil!—sonó en la mesa familiar.
Alfredo Berniz había decidido con sus 35 años llevar a todos por primera vez al mar. Los Berniz tenían un Peugeot 86, diésel, bien conservado, pero sin aire acondicionado. Era Enero. Viajar en enero, en la ruta con 40 grados, y sin aire: era una odisea. Por lo tanto planificaron salir de madrugada, la idea era que el amanecer los sorprenda ya en la ruta. Y que  el día no los calcine en el asfalto., y ya encontrarse  a medio camino.. Así fue.
En un momento el sol empezò fogonear la vía alquitranada. La caldera sobre ruedas ascendía uno o dos grados cada kilómetro. El conductor sentía como corría la humedad agria de su espalada, que lo pegaba y despegaba del respaldo.
El sopor de habitáculo se podía cortar; relojeó a su mujer que sesteaba con su boca abierta al cielo, y oteaba por el espejo al asiento trasero con sus tres hijas de ojos celestes —hoy cerrados por sueño—, amontonadas como rubios peluches.
Alfredo bajò la ventanilla, el aire le azotó el rostro, lo despabilaba y a su vez desbarataba su dorado pelo. Notó también que le alisaba unas líneas en sus facciones que le daban un aviso de los años.
Llegaron. Las pupilas se contrajeron ante tanta inmensidad transparente, deseaban correr a abrazarla. Se precipitaron al líquido salado sin pausa, querían beberlo con todo el cuerpo. Berniz sintió al zamparse que la humedad lo inundaba, y le taladraba el cerebro, forzando a cerrar sus ojos en una combinación de dolor y placer. Emergió.
Se volcó sobre la alfombra amarilla, caliente y brillante. Dejó que sus músculos fueran masajeados por mil dedos, sintiendo el lamer de las burbujas que iban y venían en ese romance eterno entre las ondas saladas y la arena. Las aletas de su nariz se alertaron ante el aroma cítrico envolvente que viajaba desde unos recipientes vidriados. Buscó atraído ese brebaje, qué al beber un trago intenso, sintió un chasquido en su lengua despertando a las papilas, que distinguieron la mixtura del alcohol destilado y la fruta. Insistió con la catadura una, dos, tres y más.
Antes de tumbarse Alfredo puso su mano en visera sobre sus cejas, miró  la línea límite salina, sus ojos celestes y el reflejo azul semejaron la paleta de un cielo impresionista. Estaba en una postal.
En un tiempo indescifrable, oyó bulla, alboroto, un aquelarre de un monstruo de mil cabezas y mil ojos apuntando a lo profundo, sobre un cuerpo lábil, mínimo, que agitaba sus miembros como aspas, y otros desde los márgenes  los  movían como molinetes. Veía figuras aceleradas, precipitadas, de distintas complexiones físicas, con sus manos rìgidas apuntando en una sola dirección. Un punto informe en la vastedad.
Con sus ojos fuera de compás, divisó al huérfano salvavidas de hule verde comprado en Córdoba. Su mujer  y sus dos hijas dando saltos y miradas hacia el cielo. Imaginó como en un letargo eran saludos, no, no eran. Cavilando y petrificado sintió como se le partía el corazón al ver como un torso precario se hundía cuál  piedra en un estanque. Era un resignado espectador del viaje a la deriva del salvavidas sin tripulante que flotaba como una cinta de algas tragadas por el horizonte.
Angustiado, helado, estático, sintió diez dedos húmedos y chorreantes lo hamacaron para un lado y para otro en su lecho arenoso. Sus párpados se izaron lentos, miró dos labios carnosos que con manso reto soltaron: ¡Hasta cuándo pensás dormir! Eran seis ojos celestes y dos marrones que lo analizaron implacables como un ser extraterrestre.
Pegò un salto. Llorò sin dar explicaciones, y gritò: ¡El ùltimo es culo de perro! y encarò el mar.



lunes, 22 de octubre de 2018

LAS DIEZ MUERTES DE WALTER


                                                    
                                            LAS DIEZ MUERTES DE WALTER
                                                    (RELATO URBANO-REAL)


             La Primera:
Agosto/frío/noche/gritos/balazo/cabeza/asfalto/sangre/muerte/alarido/desesperación/tragedia/lamento/súplicas/ruegos/llantos/desconsuelos/llantos/llantos/llantos.
Un estampido brutal, una bala te arrebató la vida, tan pronto, ese tiro nos atravesó a todos, tan rápido, tan prematuro, un disparo fatal se interpuso  en tu vida derrumbando tus sueños. Respiramos y nos duele.
Las otras nueves:
Una muerte tras otra, una tras otra, se fueron multiplicando, cada vez que Walter repetía casi como un salmo ante cada funcionario frío:
   ¿Edad?
    19 años.
   ¿Parentesco?
    Hijo.
   ¿Hecho?
   Lo mataron.
Todo un calvario. Un martirio. Un sufrimiento infinito pasar por todo eso, para poder sepultarlo en paz. Dolor perpetuo. Era Sísifo hoy.
Mirándome con los ojos llorosos, rojos, casi sangrantes, me suplicó; 
---¡Cuàndo termina esto!¡¡ Por Dios…!! y agregò agarràndome el brazo:
---Es como desangrarse, me pesan los pies,  me pesa el alma, me estoy arrastrando, estoy cargando a cuestas el cajón con mi hijo por estos pasillos inmundos con la misma letanía: 19 años/hijo/balazo/muerte/papel/sello/19 años/hijo/balazo/muerte/papel/sello, siento que cada trámite es una mutilación.

             Pensé: ¿no sé cómo su corazón resiste?. Último sello, giró y me rogó:
— ¡¡Sacame de acá!! No doy más con este suplicio administrado, quiero escapar de esta trituradora—soltó desolado.
Nos fuimos a su casa. Desgarrados.
Llegamos. El interminable y  lloroso abrazo con su mujer, eran mil abrazos juntos, era congoja pura, un dolor  inextinguible.
El rogando enterrarlo ya. Quería desaparecer con él. Estar bajo tierra. Ocultar en un abismo el tremendo daño que le producía esa fatalidad. Se quería ir con él.
Ella  en cambio desamparada. Huérfana de ese hijo, imploraba verlo una vez más, solo un minuto, lo pidió con el último aliento: me quiero despedir él —rogó devastada.

Yo ahí… expectante…roto, con mi corazón fùnebre.
Agosto. Lluvia. A la mañana el cortejo llegó hasta la fosa recortada rectangular. La boca abierta en la tierra parecía tan grande para ese pequeño ataúd, el enterrador lo depositó. El pozo se lo tragó. Desapareció. El hoyo fue cubierto por una alfombra verde. Quedamos todos mirando ese hueco como congelados por un rayo helado, esperando alguna respuesta, una voz sanadora…algo. Solo cabía una afirmación: había tanto dolor, tanta desesperanza, que hasta se podía pesar.
A la madre se le oyó gritar: ¡Dame paz Dios! ¡Dios calma mi pena por favor! ¡Dale consuelo a mi dolor! ¡Ay!.. tanto como yo te di! ¡¡Te di mi hijo!! ¡Te di todo! ¡Todo!..
La lluvia en la cara se confundía con las lágrimas.






sábado, 20 de octubre de 2018

LA DESGRACIADA SONRISA


                                                                               RELATO VISUAL
                                                                    LA DESGRACIADA SONRISA  

Mona Lisa. La Gioconda, la alegre. Sonrió.
Al verse por fin en el Louvre, en su hogar de 77 centímetros de alto y 53 centímetros de ancho,  de madera y vidrio, sonrió. Sentía satisfacción, el placer de haber logrado lo que se propuso. Su meta: vencer su destino, su redención ya estaba sellada en su mirada y en sus labios.

La vida la había penado. Como un mandamiento cruel de miserias y sufrimientos, la tenía señalada desde su nacimiento: a los 5 años huérfana, a los 8 adoptada, a los 12 violada, a los 18 madre.
La calle la albergó con sus códigos de supervivencias, maltratos, vicios y vejaciones.
Como un nuevo Sísifo: iba y venía, subía y bajaba, una y otra vez, por pasadizos, calles, orillas  y empedrados; con su pesada carga de penitencia,  queriéndole ganar a su infortunio.
Conoció y creyó en vanas promesas de un viejo comerciante, que al igual que otros, la sometía a  sus  deseos sexuales, a cambio de pan y asilo.
Cada día/ cada hora/cada minuto se proponía ser feliz, aunque sea por prepotencia. Con otro hijo en su vientre, se prometió abandonar el último alojamiento. Es de noche y supo  que en segundos ocurriría. Se fugó. Dejó al niño en la vieja Abadía y alcanzó la calle, corrió, corrió, y corrió,  hasta la fuente de la Plaza Vecchia. Vio su rostro en el agua y no se reconoció,  una máscara descompuesta se reflejaba.
Tuvo una visión profética y la comprendió: debía buscar, encontrar, un pintor que le devolviera, le restituya su belleza casi invisible, única. Que la inmortalizara con una sonrisa, —una mueca inimitable—, para dejar como un sello para la posteridad.  Esa singular sonrisa. Que ese gesto de sus labios, pueda transmitir de una mujer  a todas las mujeres y hombres, una expresión mágica sin distinción de clases,  ni religión.  Y anuncie con esa expresión, que  los que sufren vejaciones, abandonos y padecimientos, les sea suficiente para aliviarlos.
Imaginaba eso. Decidida, con pasos cortos y apurados, fatigando calles, buscaba, buscaba, y buscaba al pintor, al artista, al mejor: Leonardo le dijeron, Da Vinci oyó en patios, en galerías y corredores, Leonardo en la boca de su último cliente.
Lo buscó y lo encontró.
— ¡Maestro! ¡Por fin! Deambulé con infinita angustia, con desesperada congoja, no se puede negar, necesito me retrate en sus maderas, en sus telas. Ruego  me pinte sonriendo para eludir mi fatalidad, mi condena. No quiero ser reconocida así, no deseo compasión, y ver como un Gran Oráculo, o  un infalible Delfos sellaron mi vida: me rebelo a morir con este karma asignado, quiero una imagen inspiradora para el tiempo de los tiempos, que generaciones no descubran, ni escruten en mi rostro rasgo alguno de mi trágica existencia, de: orfandad/desamparo/, abandono/, pena/, dolor/, cuánto de mi vida tengo que dar para que usted cumpla con mi deseo.
 —Gioconda, no hay técnica pictórica, ni pinceladas mágicas para mudar llanto por sonrisa, o borrar las huellas de ultraje que han tallado su rostro—aconsejó el artista.
— ¡Por favor maestro! Devuélvame mi decencia de mujer.  Pongamos a salvo la dignidad  femenina, simplemente sonriendo, y haga de ella  una atracción única e irrepetible.
—Lo intentaremos—dijo resignado  Leonardo— colocó en su atril una tabla de álamo rectangular, siéntese en ese sillón—le pidió afectuoso—apoye su mano derecha sobre la izquierda. Ahora:
—Míreme, no llore. Por favor… sonría.



           

EL CIRCO


                                                                 EL CIRCO

Elena esperaba extasiada el elefante.
Eloy —el hermano mayor— explicó entonces:  El circo errante estaba estacionado cerca del estanque con escaleras, ese, el de la Estancia El Eucalipto.
Estaba emocionada. Ella entendió que era una oportunidad exclusiva, especial. ¿Era ello aún lo que la emocionaba? (el espectáculo) o el embrujo especial de experimentar ver enjaulados los especímenes africanos. Empecinada; esperaría eso que tanta ensoñación le producía en su adolescencia: escenas entrañables en familia.
Elena, empezaba su esperanza. Encerrada en su habitación, embellecía su espeso pelo enfrentada al espejo.
Aguardaba a su adorable Abel, añoraba abrazarlo, acariciarlo y además aconsejarle cómo ir al acto de apertura. ¡Ah! el amor atribulado.
Alicia su hermana menor, asomada atrás del armario azul, aguardaba agachada para asustarlos. No ahorraba artilugios para arrebolar las caras de los amantes ante la ausencia de invitación a la actuación circense. Ahogaba así su angustia.
¡Ojo! opinó Omar, oficiaré de organizador de esta salida. Ocurre, oí que obreros y ocupantes de  carromatos, son  ordinarios y obscenos, aunque obsequian entradas para la obra de las ocho.  Observan con oficio oportuno, que la opción sean  familias con niños y ocupen lugares óptimos, como la pista oval. ¡Ojalá! Oigan las órdenes de Orfeo el domador oculto en la oscuridad, y verán  como obedecen ocho obesos osos opacos. ¡Oh! eso solo obnubila y obliga  volver en octubre.
El mayor seguía  su soliloquio: seguramente se reirán, sólo con los seis saltimbanquis;  ellos suelen salir a bailar, silbar y saltar al son del saxo; se paran, se sientan, simulan sopapos, siempre sobre sillas, y simultáneamente saltan siete sillones. Si ellos sienten el silencio; se separan y sacuden al público: ¡Señoras y señores! Y con una señal: sueltan sorbetes de siliconas con sirenas.  Sentados y sin dudas soltarán carcajadas soñadas.
Recuerden—recomendó responsable —regresen recorriendo recto la ruta recién inaugurada, hasta la rotonda roja  del rosedal, retomen por la región ribereña, y reúnanse conmigo en el Restó RENOIR. Reservé recientemente para cenar. Recomendaron recetas raras, ricas, imposible rechazar: rabas, ranas, y ragú de róbalo.
Elena romántica resaltó la función, y retirándose recitó un refrán: recordar, revivir, y  <<Recuerden, retener en sus retinas: la real magia del circo>>.











MATAR A MARTA ARIAS


                                                MATAR A MARTA ARIAS

Soy Carlos Bert,  hoy 5 de Julio estoy preso en la celda 23 de máxima seguridad en la prisión del Estado.
Supongo se estarán preguntando porque estoy encerrado. Bueno yo maté a Marta Arias, o Princesa como yo la llamaba.
Parece increíble que esté contando esto un tipo como yo, sensato, calmo, casi introvertido, diría que: <<paso por la vida inadvertido>>—así decía mi mujer— invisible.
No quiero olvidar que soy casado, buen padre de familia, y buena gente como me catalogaban mis amigos. Ellos se estarán preguntando: ¿Qué le pasó a este tipo por la cabeza para que tomara semejante decisión?, ¡Tremenda locura! ¡Se cagó la vida!
Durante treinta años he sido cajero de un banco, con una conducta intachable —era de esperar— un empleado ejemplar, pero, hay veces que el azar, el destino, producen historias que cambian por completo la vida de las personas. Bueno: eso voy a contar.
Hace un año entró a trabajar a esta sucursal Marta Arias. Era una joven de unos 30 años. Ingresó por una vacante en la Sección Tesorería, cuando la vi, era de esas mujeres que son como varias a la vez. Sentías al verla que no están en tu órbita, no era terrenal, ese cuerpo con  exquisita corrección, no presumía de hermosa; era hermosa, casi perfecta. Una hembra para ser amada con devoción.
Me miró, yo bajé la mirada para que no descubriera mi desesperación por  abrazarla. Nuestro gerente—insípido—nos presentó:
—Carlos Bert el <<capo>> de Tesorería—dijo canchero—.
— Encantada—dijo ella mirándome
Me extendió su mano fina, que al estrecharla me estremecí, la sentí vulnerable, cálida. Supe en ese instante que algo iba a pasar entre nosotros; no sé qué… algo.
Los días en el banco pasaban volando con ella alrededor, el ¿me ayudás Carlos?, pasó a ser mi salvoconducto para abrirme paso en su vida—por ahora laboral, pensé.
El primer balance bancario del año nos encontró juntos hasta tarde, trabajando con montañas de papeles y carpetas. Se hacía la noche, y abandonábamos la tarea cuando algún compañero soltaba: <<che hasta acá llegamos, no nos vamos a quedar a vivir aquí>>.
Noche en la vereda. Salida del banco, un hasta mañana en general surgía de alguien. Yo sabía que ella vivía en la zona Norte y yo en zona Sur. Me ofrecí a llevarla en mi auto como otras veces, esperaba que no se negara como siempre y  me cambiara por un taxi. Insistí—en eso soy bueno.  Esta vez aceptó, mi corazón lo supo porque latió más fuerte. Subió ella y su sonrisa.
Tenerla sentada al lado y, a su perfume invadiendo los rincones de mí auto, era flotar, sentía que: las calles a su dirección se hacían mágicas, tanto; que presentía que el paraíso estaba a la vuelta de cada esquina. 
En más de una charla en el banco me había contado que vivía sola en un departamento, que tenía un caniche llamado Buk, los fines de semana visitaba a su hermana y sobrinos, alternando viajes al interior para visitar a sus padres.
— ¡Tengo un hambre!—dijo Princesa—me comería una pizza.
— ¡Vamos!—lancé yo— (rápidamente pensé en algún lugar)
—No…dije por decir, vos tenés a  tu familia, te esperan—aclaró ella
—Ya avisé que estamos de balance y cuando es así, no tengo horario—dije aprovechando
—Bueno, si querés cuando lleguemos al departamento pedimos algo—ella sonó convincente.
—Dale, a mí me gusta todo—dije, mientras se me hacía agua la boca, pero no por la pizza.
Estacioné  frente a su edificio— bajé abrirle su puerta. Subimos.  El ascensor nos quedaba grande.
Departamento de un dormitorio, bien decorado, silencioso, austero, fotos familiares, cuadros, libros, y el perro en el balcón me pareció como abandonado. Esa cena fue el comienzo de ese amor fulminante y lujurioso, y a la vez… vertiginoso, turbulento.
El balance duró dos semanas, lo suficiente para varias cenas, risas, y charlas superficiales, miradas, roces provocativos, encuentros furtivos y sexo en cada rincón. Juro que la besé mil o dos mil veces, perdí la cuenta y también la cordura.
Mi vida pasó de un antes y un después en cuestión de días. Ella me desequilibró la vida. No supe o no pude manejar ni mi familia, ni mis amigos. Los sentía cada vez más distante. Yo hacía planes futuros con Marta, mi vida “no era” sin ella. Muchas veces pensaba: vos a la vida la podés soñar o alcanzar, yo la había alcanzado.
Planifiqué un fin de semana largo, no recuerdo con que excusa (creo que dije de pescar con amigos, o algo así), el asunto es que nos íbamos con Princesa, “fugados”, la idea de aventura me hacía nadar en  adrenalina—no me sentía así de pibe.
Saqué plata de la caja, quería hacerle regalos, el mejor hotel, las mejores comidas, algo inolvidable. Era mi reina. La pasé a buscar a las diez de la mañana, llegamos a Aeroparque justo, como lo había programado, para el vuelo a Punta del Este. Siempre fue una materia pendiente <<Punta>>para mí, el glamour, la buena vida. Esa escapada siempre me resultó utópica.
Cuatro días fascinantes. Cuatro días de encanto. Cuatro días que marcarán mí existencia: el descubrir una vida como la gente. El amor que sentía por esa mujer no lo podía explicar— aún hoy—, era irresistible, compulsivo: lo quería vivir sin límites.
No quise cenar en el hotel. Era 3 de julio y yo quería festejar  mi cumpleaños 47, había hecho reservas.
Lo quería celebrar sentados en el restaurante Amarras mirando al mar.
El mozo sirvió el champán. En el brindis—con voz severa— me dijo: <<te vi sacar plata de la caja>>; y me congeló con la mirada. La quedé mirando. No apartó los ojos. Mi corazón era un tren,  solo atiné apoyar la copa: golpeé con fuerza la mesa, apreté los dientes y le reproché: ¡Todo es por vos! ¡Yo te elegí! ¡Eres mi todo! ¡No tengo miedo, ni fin cuando se trata de nosotros!—me brotaba la impotencia y la bronca. Ella me siguió mirando con dolor en sus ojos.
— ¡El martes la reponés o te denuncio! ¡Elegí!—me recriminó con firmeza. Se levantó y se fue.
Lo tomé como un insulto, me sentí ofendido, pedí la cuenta y me fui al hotel. Esa noche en la habitación dormí en el suelo, y no le hablé más. Ella tampoco me habló.
Ya en Buenos Aires fuimos a su departamento, subimos, entramos y en la espinosa despedida largó:
— ¡Hasta aquí llegó lo nuestro! y me ordenó(a mí nadie me da órdenes) ¡Por favor devolvé el dinero! En un segundo pensé: <<vos no vas arruinar mi carrera>>.
La verdad no quería apretar ese cuello, que tantas veces besé. Ni cerrar su boca entreabierta, como cuando llegaba al orgasmo; ahora era una mueca. Ni detener sus manos: que me empujaban con fuerza para quitarme de encima, la misma fuerza que ponía cuando me atraía hacia su sexo.
No podía ver ese cuerpo que tanto deseé, ahora temblara. Esa figura qué gocé horas atrás, ahora convulsionara.
Seguí apretando. Y miraba como le robaba la vida.
¡Ay!..Cómo me lamentaba, ver su rostro con su piel de vela como se volvìa violeta. Sus ojos rojos fuera de compás. ¡Calma Marta!.. ¡Calma!.. Eso Princesa… mis manos se aflojan, eso Marta, ¿ves?, ahora tiesa…, así…quieta, inexpresiva como un fajo de billetes. Así te quiero yo, siempre para mí.
Pude ver en el piso mi amor desperdiciado, pensé… no siempre eso que querés es perfecto; es inevitable ver en ella a una mujer interpretando la muerte. Eso duele.
Busqué en su escritorio un papel y escribí: #Ni una menos. Lo puse sobre sus duros pechos.
Me llevé el perro que se quedaba solo.
El resto ya lo saben.











MESA Y SILLA


                    MESA Y SILLA: INSTRUCCIONES DE USO

Hoy domingo las  esparcimos en silencio, en el patio, ahí debajo de los naranjos, esos  que plantó su padre y ella nos pidió que sus huesos—sus cenizas—las desparramáramos como si fueran un abono para los pomelos, naranjos y limoneros. —“Ojalá les diera un nuevo sabor, y al comerlas me recuerden”—.Así lo hicimos. Así era mi madre.
Nos abrazamos en silencio con mis hermanos, quedamos en juntarnos mañana lunes para decidir el destino sobre las cosas de la casa.
Los lunes suelen ser para mí; densos, pero hoy es especial, nos vamos a reunir con mis hermanos y eso me predispone  de un humor muy particular ya que tomaremos decisiones que involucran puro sentimiento: Que hacer con la casa y muebles de mis abuelos y de mis padres. Llegué, y ya estaban ellos sentados en la galería alrededor de la mesa redonda de granito gris con sus fríos bancos, también de piedra. Nos conocíamos tanto que ya sabíamos que determinación íbamos a tomar con todo; vender, si vender todo, la casa, los muebles, vajillas, decoración, todo.
Mi hermana la mayor dijo: la casa la dejamos en mano de la inmobiliaria que la venda o alquile, nos repartimos lo que cada uno le sirva o tenga algún afecto especial, y el resto lo vendemos  y nos dividimos lo que saquemos. Era de esperar, nos pusimos rápidamente de acuerdo. Creo, nos fuimos todos una sensación de vacío, de orfandad, pero no dijimos ni una palabra de eso.
A los seis meses volví a la casa de mis viejos. Fue a pedido de  la inmobiliaria, el tema era resolver que hacer con la  mesa grande, de madera,  rectangular del comedor y una  silla que quedaron  sin vender. Está demás decir que recorrí la casa a oscuras, —a propósito—, quería sentir, guiarme por los olores, que se dilaten mis poros para permitir penetrar  los perfumes de mi infancia, alguna voz escondida, una puerta que se abra, alguien corriendo en la galería, en fin éramos dos; los recuerdos que me atravesaban  y yo. Era mi casa
Nada lograba hacer que supere mi desazón, mi aflicción por desprenderme de esa mesa y la silla del abuelo,  me fui hasta el auto busqué una lapicera y arranqué unas hojas de mi libreta, entré a la casa y me puse a escribir de un tirón lo que sentía y dejar la nota sobre la mesa, presentía que le pasaba la posta, la responsabilidad al próximo habitante del destino de esos muebles,  más que mobiliarios  eran familiares directos, parientes, casi memoria viva.

Estimado/a: Dueño/a-Inquilino/a:
Cuando usted lea esta carta que le he dejado sobre la mesa (en verdad es un instructivo de 10 pasos) sienta, perciba, note que ha ingresado a una casa, que: si hace un poco de silencio va escuchar voces, murmullos, y hasta algún grito de la abuela, mi madre y los chicos.
Es mi intención que al leerla advierta usted la profunda emoción, y la nostalgia que me ahoga y abruma al escribirla. Creo le llaman angustia de abandono.
INSTRUCCIONES:
1ero) Abra la ventana que está a su derecha, deje que entre la luz, fíjese… está ante una mesa de madera y una silla también  de madera. Ante tal obviedad usted puede hacer dos cosas: dejar de leer o continuar con el punto dos.
2do) Por esta mesa pasaron cuatro generaciones que dejaron sentados los principios morales y las bases para educar y mantener conductas éticas, reglas de respeto para todas las descendencias. También cumplir las normas de los tradicionales condimentos, recetas secretas,  y determinadas  comidas para cada acontecimiento de la vida.
3er) Siempre. Pero siempre, religiosamente nos juntamos los domingos y cumpleaños a comer los tallarines amasados por la Nona, si no comíamos la pasta, no habías cumplido los años. En la punta de la mesa donde usted está sentado,  note en el borde unas marcas, como “cicatrices”, esas,  pase el dedo, bueno, esas; las dejó el abuelo cada vez que golpeaba con el cuchillo para pedir la palabra, eran para destacar, retar, o anunciar algún acontecimiento en voz alta (eso era inevitable), juzgue por las huellas las veces que habló.
4to) Por favor levante la vista, mire la otra punta de la mesa, entrecierre los ojos, fíjese, tranquilo, fíjese bien, quizás pueda ver la fuente apoyada con los fideos y la abuela sirviendo, “primero por la derecha “decía, eran las reglas de  la cortesía (era autodidacta). Nunca estudió. Siempre crió y trabajó.
5to) Lo invito apoyar las dos manos sobre la mesa, con las palmas hacia abajo, cierre los ojos ¿lo siente?...¿sí?..., bueno, esos ruidos son de los chicos, es decir nosotros, mis hijos, los hijos de mi hermano y hermana, tíos, tías, golpeando con los cubiertos, arrastrando algún plato, los vasos que se caían, invariablemente llenos(designio del destino), levántese despacio, mire a su derecha… ve esa mancha en la mesa, nunca la pudimos sacar, acerque su nariz , huela, es tinto del bueno.
6to)  Mire el techo, ve la lámpara con la tulipa de vidrio con flores, era de la abuela de mi abuela, intentarla cambiar resultó tan estéril, como modificar o sacarle la fórmula del tuco. “Esas cosas no se cambian, son intocable como la familia”—su frase tradicional—“una unidad monolítica” (sic), ¿para qué cambiar?... “El que busca una familia sin defecto, se queda sin familia”…  sentencias del abuelo, que comunicaba con la palabra y el cuerpo.
7mo) Si usted desea y tiene ganas, puede hacer un minuto de silencio por las penas, muertes, discapacidades, amores, sufrimientos, alegrías, llantos, abandonos, embarazos perdidos, sueños frustrados,… hágalo. Nosotros lo hicimos.
8vo) Recupérese de lo anterior. Nosotros pudimos. A esta altura usted ya se habrá dado cuenta que tipos de personas habitaron esta casa, y se sentó en esta mesa. Le parecerá grande, pero no crea, hubo un tiempo que le agregábamos la otra,  la del patio. Pero también es cierto que últimamente, y antes de escribir esta carta, sobraban lugares, estaba más vacío, espacioso, casi sin ruidos, no pregunte por qué. Usted imagine.
9no) Todo lo que le conté acá es testimonial. Nacimos, crecimos, y nos unimos siempre alrededor de este rectángulo, pero el paso del tiempo  cruel, inexorable, marcó las buenaventura  para algunos, y desesperanzas para otros, las deserciones y ausencias de nuestros referentes hizo que: nos juntáramos hace exactamente un mes atrás, y como no podía ser de otra manera, tomamos la decisión en común acuerdo de vender todo. Menos esta mesa y la silla del abuelo en la que está usted sentado. ¿Siente su presencia?...Está. Siempre está.
10mo) Con esto cierro.  Si usted sigue con las instrucciones y conserva los fundamentos de “Unión y AMOR” que requiere una familia, y la “Lucha y Perseverancia” con que están impregnadas estas paredes y rincones, es probable que tenga un alto porcentaje de superar contingencias, crisis y obstáculos que le imponga la vida, y si eso sucede,  está casi al borde  de alcanzar sus sueños, de lograr ser FELIZ.  Nosotros lo fuimos.
¡Ah!...me olvidaba,  si algún día se muda o vende, por favor escriba sus diez instrucciones de uso.
Gracias, afectuosamente la familia.





SALITA DE CINCO


                                       SALITA DE CINCO

“Acá tenés la entrada para el teatro”, la hija de Elvira le extiende el ticket y el programa, y agrega: tratá de llegar a tiempo porque comienza a las 13 horas  y  son los primeros en actuar.
Elvira se baja del taxi en la vereda del anfiteatro, ingresa apurada, no se perdería la obra por nada del mundo; leyó el boleto fila diez, butaca once y se acomodó.
 Se puso sus lentes de ver lejos y quedó mirando el telón fucsia del escenario.
Mientras espera que se apaguen las luces, las imágenes de hace cinco años atrás le pasan delante de su mente como un tren.
                                                               -------

El cartel con una flecha decía NEONATOLOGÍA. Se restriega las manos callosas por las agujas del tejido, (su hobby) y aprieta con fuerza el rosario de la Virgen de San Nicolás. Junto a su hija esperan al Jefe de Pediatría del Hospital Central. Los pasillos inundados de silencios y olor a hospital, eran rotos por los llantos sin treguas de los bebés internados en la Sala.
Como un latigazo en la cara fue el diagnóstico del médico: “Su nieto Joaquín tiene Parálisis Cerebral, el daño se produjo como consecuencia de una hipoxia”. Sintió junto a su hija como el mundo se deslizaba bajo sus pies, la desolación las atacó a las dos, se abrazaron para sostenerse y se soltaron para mirarse y buscar una respuesta. No la hubo. Buscaban aceptar. No podían.
Comenzó otra vida junto a su hija y su nieto, más penosa, más agotadora, incluso mayor a  la que pasó cuando quedó viuda, o la decisión  de su hija mayor de irse a vivir a Europa, era otro dolor, más intenso, lacerante. Esto era otra cosa.
La peregrinación a distintos especialistas no le daban soluciones, ni calmaban sus angustias, todos coincidían en los “NO”: NO va  a caminar, NO va hablar, NO va a razonar…no…no…no. Sintió que iba a pelear contra esa realidad.
Era cuestión de ponerse a llorar o transformar al niño del no: al niño del  “SI”.
Ella siempre fue luchadora, sintió que nada la doblegaría, inició la rutina de acompañar a su hija con Joaquín, a terapeutas/ fisiatras/ jardínes especiales. Todo lo que había para tratarlo se hacía, se viajaba y se prometía, se prometía y se viajaba. No había límites.
El paso del tiempo (gran sanador) promovió resultados, su misión de batallar para insertarlo socialmente daba frutos, y la promoción de Joaco a distintas salitas en su jardín la animaba, la hacía soñar. Todos soñaban.
Elvira notaba la independencia de su nieto, que comía solo,  sí entendía,  sí sorbía, sí razonaba, del león al árbol, de la casa a la pelota, sí comprendía. Joaquín avanzaba.


Las luces se apagaron, el escenario se iluminó, el telón se abrió, y al son de la música  los actores de la Salita Azul de cinco salieron a escena, ahí estaba Joaquín con su andador y su disfraz, blandiendo su maraca y moviendo su cuerpo al compás. Era uno más. Hasta cantó y coreó. Eso, era uno màs.
Ella se conmovió, se estremeció. Buscó aliento. Lloró.
Elvira lloró, lloró sin parar, tenía un océano de lágrimas guardado.
El acto de la Salita Azul terminó. Los actores se fueron.
La abuela seguía sentada, secándose los ojos, la actuación sísmica de Joaquín fue transformadora. Iba  haber un antes y un después. Sabía que dolor y esperanza conviven en las discapacidades.
Miró el papel de la obra y leyó el título: “Buscando a  Esperanza”, su corazón aceleró, tenía certeza que no renunciaría a ninguna ilusión, a ningún futuro.
Joaquín sin saberlo, haría lo mismo.


jueves, 18 de octubre de 2018

VIAJE DE IDA (de una vida sin dolor)


VIAJE DE IDA
(de una vida sin dolor)


Miraba por la ventana del tren que  la depositaría en Roma, el vidrio le devolvía el reflejo de un rostro tan gastado y sufrido que le costaba reconocerse.
La enfermedad terminal de su marido—el amor de su vida—y su posterior cremación la dejó devastada  y maltrecha; a pesar de que  ella pensaba que estaba preparada para afrontar ese final después de un año de cuidados y agonías. No lo estaba.
Los árboles y postes de alumbrados pasan ante sus ojos como testigos que desaparecen para no verla.
Las imágenes de su último viaje a Europa con él, primero Madrid, luego Paris y al final Roma… ¡Ah!...pero en  Roma fue feliz, sus calles, empedrados, esculturas, sus pequeños bares, en una eterna postal con misterios a la vuelta de cada esquina. El Campo di Fiore, Trastévere, la bohemia, el arte, los habían colmado, estaban en un estado de gracia permanente.
Percibían que estaban en plenitud total como pareja a pesar que llevaban 35 años juntos.
En noche de amor y pasión se habían prometido frente al río Tiber, que si algún día uno de los dos faltaba, volvería y  esparcirían sus cenizas en esos lugares,  donde volvieron a sentir ese segundo enamoramiento tan impulsivo y  apasionado, como el de la adolescencia, cuando se juraron/ amor eterno, casarse y tener tres hijos.
Los juegos del destino quisieron que se cumplieran, y ese mismo destino hoy conspiró otra vez para que se consumara, pero esta vez con pérdidas y lamentos.
El tren se detuvo infalible en la Estación, nueve y dieciocho, ella bajó presurosa llevando apretado entre sus manos el cofre de madera laqueada, donde él la seguía acompañando.
 Tomó un taxi y lanzó: per favore portami a Piazza Navona”, (se rió en silencio, cuando se recordó diciendo sobre el uso del   italiano precario de entrecasa que ella hacía), eso lo habían pactado, un paseo por los rincones de Roma que tanto habían gozado, las comidas que deleitaron, las fuentes amadas de Navona, la Fontana y la moneda, esculturas, pintores, música, caminar hasta el Puente Sisto. Ver correr el verde Tiber y verter cenizas. Beber algo en Campo di Fiore, y en la Iglesia Santa Bárbara que se encuentra aprisionada, encerrada entre los edificios, dejar el resto de cenizas entre el Cristo y las Madonnas. Y… sin sentir culpa, trasnochar en el Trastévere. Juramento.
Caminaba por las calles adoquinadas, sus manos finas y blancas no dejaban escapar el preciado tesoro que llevaba para el destino final. Sus pies le pesaban como encadenados a una pena, a un recuerdo, que no la dejaba avanzar. Se sentía amarrada a un rumbo confuso.
No sabe qué rayo enigmático, oculto, o una mano invisible la guiaba, con él entre sus dedos sentía como un arrepentimiento, o al  menos–pensaba–en Argentina lo visitarían ella y los tres hijos cuantas veces quisieran y lo extrañaran, pero…acá… en Italia, pasaba lentamente su mano sobre el cofre lustroso, y repetía como un salmo: “promesas son promesas”. Se le vino a la memoria cuando él repetía “las promesas existen para cumplirlas”.
Ahí estaba en la Iglesia, con sus paredes grises y sus puertas verdes, la pechó, se abrió y entró. El olor incienso la emocionó más todavía, –“olor a iglesia decía él”–abrió el estuche, metió la mano tomó un poco con sus dedos ese polvo grisáceo y  esparció en los lugares pactados,  un poco allá, otro poco acá, se arrodilló, lloró, y lanzó una oración al altar vacío. Él lo invadía todo.
El mito de una vida sin dolor como se habían pactado era eso, un mito, ella estaba sin aliento, dolida, partida, el frío banco de madera, la luz leve de  las velas, la hizo sentir que se tenía que quedar ahí: para siempre. Se sintió pequeña.
¡Qué dolor! Angustia por todas partes.
Salió de la iglesia y sostenía entre sus brazo su eterno prisionero de madera, que, intuía no se iba a deshacer sencillamente.
Deambuló, no sabe cuánto tiempo, buscando respuestas en la calle, en la gente que pasa a su lado en cámara lenta, ignorándola, no está aliviada, mira sin ver, el arco del violinista callejero va y viene, va y viene, pero ella no oye, se siente ajena al lugar, la sensación de estar allí por primera vez, desconociendo, mira sin ver, oye sin sentir.
Eran sus lugares, pero ella es una extraña, un prisionero arrastrando una penitencia.
Las cenizas le pesan más que los recuerdos, ella y sus promesas, ella y sus juramentos. Camina, camina y camina, llegó al Puente Sisto, ese , el de la palabra dada, el del compromiso, apoyada en el cemento helado, mira la corriente del verde y frío río Tiber, ahí sí… lo recuerda bien , ahí se besaron la última vez, ahí se prometieron,  estaba inmensamente sola, huérfana con su ofrenda.
Miró el cielo, como buscándolo, para que le sonría, abrió la urna, ahí va un puñado descendiendo…al agua, otro elevándose… al aire, lo vacía completamente viéndolo a él alzarse y desvanecerse. Ay.
Ropas en el piso.
Un movimiento súbito.
Sintió cómo el agua helada la inundaba.
Sintió un alivio.
Promesa cumplida.
Juntos para siempre.




VIAJE DE VUELTA


                                                               VIAJE DE VUELTA

Sembrando.
Hoy domingo lanzamos  en silencio sus cenizas, así, como sembrando. Ahí en el patio, “su jardín”, debajo de los naranjos, limoneros, y pomelos, esos que plantó ella. Lo decidimos entre los tres hermanos, pensamos que le darían un nuevo sabor, y, qué al comerlos inevitablemente la recordaríamos. Así lo hicimos.
Suponíamos que así lo querría ella, ya que el tema “muerte “y “cremación”, no eran temas de discusión que tocáramos frecuentemente en los almuerzo de los domingos.
Sin embargo después que mi hermano, el del medio,  fuera a buscar sus restos a Roma, nos sorprendimos al leer la carta que ella  nos dejó , donde nos confesaba del pacto que se habían juramentado entre mi padre y ella . Eso de esparcir las cenizas del qué partiera primero, allá en Roma, donde, según sus palabras fueron inmensamente felices.
Pero jamás imaginamos un final así. Nos quedamos huérfanos de la noche a la mañana. Tremenda realidad. Nos abrazamos en silencio/ lloramos. La urna vacía nos contemplaba desde la mesa de madera.
Quedamos en juntarnos mañana lunes para decidir el destino de las cosas.
Los lunes suelen ser  densos, pero hoy es especial, nos vamos a reunir con mis hermanos y eso me predispone  de un humor muy particular ya que tomaremos decisiones que involucran puro sentimiento: Qué hacer con la casa y muebles de mis abuelos y de mis padres. Llegué, y ya estaban ellos sentados en la galería alrededor de la mesa redonda de granito gris con sus fríos bancos, también de piedra. Nos conocíamos tanto que ya sabíamos que determinación íbamos a tomar con todo; vender, si vender todo, la casa, los muebles, vajillas, decoración. Todo.
Mi hermana la mayor dijo: la casa la dejamos en mano de la inmobiliaria que la venda, nos repartimos lo qué a  cada uno le sirva o tenga algún afecto especial, y el resto lo vendemos  y nos dividimos lo que saquemos. Era de esperar, nos pusimos rápidamente de acuerdo. Creo, nos fuimos todos con una sensación de vacío, de orfandad, pero no dijimos ni una palabra de eso.
A los seis meses volví a la casa de mis viejos, a pedido de  la inmobiliaria, el tema era resolver qué hacer con la  mesa grande, la del comedor de madera rectangular, y la  silla que quedaron  sin vender. Está demás decir que recorrí la casa a oscuras, —a propósito—, quería sentir, guiarme por los olores, que se dilaten mis poros para permitir penetrar  los perfumes de mi infancia, alguna voz escondida, una puerta que se abra, alguien corriendo en la galería, en fin éramos dos; los recuerdos que me atravesaban  y yo. Era mi casa
Nada lograba hacer que yo supere mi desazón, mi aflicción por desprenderme de esa mesa y la silla del abuelo,  me fui hasta el auto busqué una lapicera y arranqué unas hojas de mi libreta, entré a la casa y me puse a escribir de un tirón lo que sentía y dejar la nota sobre la mesa. Presentía que le pasaba la posta, la responsabilidad al próximo habitante del destino de esos muebles,  que más que mobiliarios  eran familiares directos, parientes, casi memoria viva.

Estimado/a: Dueño/a-Inquilino/a:
Cuando usted lea esta carta que le he dejado sobre la mesa (en verdad es un instructivo de 10 pasos) sienta, perciba, que ha ingresado a una casa, qué: si hace un poco de silencio va escuchar voces, murmullos, y hasta algún grito de la abuela, mi madre y los chicos.
Es mi intención que al leerla advierta usted la profunda emoción, y la nostalgia que me ahoga y abruma al escribirla. Creo que le llaman angustia de abandono.


INSTRUCCIONES:
1ero) Abra la ventana que está a su derecha, deje que entre la luz, fíjese… está ante una mesa de madera y una silla también  de madera. Ante tal obviedad usted puede hacer dos cosas: dejar de leer o continuar con el punto dos.
2do) Por esta mesa pasaron cuatro generaciones que dejaron sentados los principios morales y las bases para educar y mantener conductas éticas, reglas de respeto para todas las descendencias. También cumplir las normas de  tradicionales  recetas secretas,  y determinadas  comidas para cada acontecimiento de la vida.
3er) Siempre. Pero siempre, religiosamente nos juntábamos los domingos y cumpleaños a comer los tallarines amasados por la Nona, si no comíamos la pasta, no habías cumplido los años. En la punta de la mesa donde usted está sentado,  note en el borde unas marcas, como “cicatrices”, esas,  pase el dedo, bueno, esas; las dejó el abuelo cada vez que golpeaba con el cuchillo para pedir la palabra, eran para destacar, retar, o anunciar algún acontecimiento en voz alta (eso era inevitable), juzgue por las huellas las veces que habló.
4to) Por favor levante la vista, mire la otra punta de la mesa, entrecierre los ojos, fíjese, tranquilo, fíjese bien, quizás pueda ver la fuente apoyada con los fideos y la abuela sirviendo, “primero por la derecha “decía, eran las reglas de  la cortesía (era autodidacta). Nunca estudió. Siempre crió y trabajó.
5to) Lo invito apoyar las dos manos sobre la mesa, con las palmas hacia abajo, cierre los ojos ¿lo siente?...¿sí?..., bueno, esos ruidos son de los chicos, es decir nosotros, mis hijos, los hijos de mi hermano y hermana, tíos, tías, golpeando con los cubiertos, arrastrando algún plato, los vasos que se caían, invariablemente llenos(designio del destino), levántese despacio, mire a su derecha… ve esa mancha en la mesa. Nunca la pudimos sacar, acerque su nariz, huela, es tinto del bueno.
6to)  Mire el techo, ve la lámpara con la tulipa de vidrio con flores. Era de la abuela de mi abuela, intentarla cambiar resultó tan estéril, como modificar o sacarle la fórmula del tuco. “Esas cosas no se cambian, son intocable como la familia”—su frase tradicional—“una unidad monolítica”, ¿para qué cambiar?... “El que busca una familia sin defecto, se queda sin familia”…  sentencias del abuelo, que comunicaba con la palabra y el cuerpo.
7mo) Si usted desea y tiene ganas, puede hacer un minuto de silencio por las penas, muertes, discapacidades, amores, sufrimientos, alegrías, llantos, abandonos, embarazos perdidos, sueños frustrados,… hágalo. Nosotros lo hicimos.
8vo) Recupérese de lo anterior. Nosotros pudimos. A esta altura usted ya se habrá dado cuenta que tipos de personas habitaron esta casa, y se sentó en esta mesa. Le parecerá grande, pero no crea, hubo un tiempo que le agregábamos la otra,  la del patio. Pero también es cierto que últimamente, y antes de escribir esta carta, sobraban lugares, estaba más vacío, espacioso, casi sin ruidos, no pregunte por qué. Usted imagine.
9no) Todo lo qué le conté acá es testimonial. Nacimos, crecimos, y nos unimos siempre alrededor de este rectángulo, pero el paso del tiempo  cruel, inexorable, marcó las buenaventura  para algunos, y desesperanzas para otros, las deserciones y ausencias de nuestros referentes hizo que nos juntáramos hace exactamente seis meses  atrás, y como no podía ser de otra manera, tomamos la decisión en común acuerdo de vender todo. Menos esta mesa y la silla del abuelo en la qué está usted sentado. ¿Siente su presencia?...Está. Siempre está.
10mo) Con esto cierro.  Si usted sigue con las instrucciones y conserva los fundamentos de “Unión y AMOR” que requiere una familia, y la “Lucha y Perseverancia” con qué están impregnadas estas paredes y rincones, es probable  que tenga un alto porcentaje de superar contingencias, crisis y obstáculos que le imponga la vida, y si eso sucede,  está casi al borde  de alcanzar sus sueños, de lograr ser FELIZ.  Nosotros lo fuimos.
¡Ah!...me olvidaba,  si algún día se muda o vende, por favor escriba sus diez instrucciones de uso.
Gracias, afectuosamente la familia.