jueves, 5 de diciembre de 2019

OTRA OPORTUNIDAD


                                              OTRA OPORTUNIDAD


Paula se levantó a las seis de la mañana.
No durmió en toda la noche, le sigue dando vueltas la <<cosa>> en la cabeza.  Esto le pasa desde hace varios meses, casi un año —piensa obsesivamente—. Se hizo un café fuerte y se asomó al dormitorio, mientras sorbía un trago; observaba la espalda desnuda de Mauro, que dormía despatarrado, percibió—como lo venía sintiendo hacía tiempo—que no se le movía ni un pelo verlo así, ni ahí, ni en la ducha. Antes tenían sexo en cualquier rincón, o se cruzaban por los pasillos de la clínica en horario de trabajo para erotizarse con palabras, gestos y promesas de cama. Eso era pasado; sacudió su cabeza, y encaró hacía la computadora.
La pantalla al prenderse le mostró 20 de setiembre 2018, 6:20, nublado, 15 grados.
Abrió su correo, y vio el email de Barcelona, el corazón dio un giro, era del Hospital Barragut, lo firmaba el Director, tecleó para saltear varios párrafos y fijó los ojos en:" la esperamos a usted el próximo 27 de setiembre para asumir el puesto de Coordinadora del Departamento Cirugía. Aguardamos vuestra contestación. Atte…" Lloró.
Lloró en silencio. Se repetía la historia de cuatro años atrás: <<pero esta vez no cedo>>, me voy, me voy y me voy— repitió con la fuerza de un mantra—. Con el índice apagó la compu. Miró a la habitación, él seguía ahí hundido en sus sueños, lejos de los de ella.
Se duchó cantando. Hoy a la salida de la guardia iba a la agencia de viajes. Éste era su día. Se cambió y se fue.

Mauro se desperezó, miró su muñeca izquierda, el reloj marcaba las 11:17. En la almohada seguía impregnado el perfume de ella. Se rascó y recordó que tenía que pasar por la joyería a buscar los anillos. Hacía días venía masticando su decisión de casarse.
—¡Era hora! le había dicho su amigo Pablo, qué además insistió:
—Creo te escuché decir eso mismo, hace tres años, después volviste a postergarlo hace dos, y ahora estás como loco.
—Esta vez va en serio ¡Te lo juro! — prometió Mauro categórico.
Mientras manejaba hacia el negocio de joyas, recordó la promesa hecha a ella, hace cuatro años atrás, de casarse en un año para que postergue su beca a Europa. Se convencía así mismo que era lógico que dejara pasar un tiempo; ya que lo abrumaban las experiencias negativas de sus amigos que se habían divorciados. Él no quería ser de ese montón. Los Piran Rues eran tradicionales y el padre le había confiado la Clínica Rues. Lo había puesto como jefe de Terapia y no estaba en sus genes defraudar.  También quería realizarse, y sostenía: que para ello no era necesario irse <<afuera>> para crecer.
Ya con las alianzas en el bolsillo planificó la cena, en el brindis se lo diría; también aprovecharía darle el gusto de ser mamá, ella venía insistiendo con eso desde un par de años. Pero él quería estar seguro.
Ella salió de la clínica. Reservó los pasajes. Tomó un taxi hasta el correo para enviar la carta documento de renuncia. Pagaría por ver la cara del director de la clínica al recibirla; éste nunca le había dado la posibilidad de ascenso; a pesar que era su suegro.
Decidió caminar hasta su departamento mientras pensaba como decírselo a Mauro. Sintió ardor en el estómago.
Se metió en la ducha, notó con alivio como el agua tibia le lavaba su pasado. Se puso la bata blanca, se sirvió una copa de vino tinto, y esperó.
En tanto se pasaba la copa fría sobre su frente, como en un intento de enfriar sus pensamientos. Recordó que era el gesto habitual que hacía Ernesto cuando estudiaban junto en su época universitaria. Una línea sensual curvó sus labios casi con vergüenza, al recordar los apasionados <<trabajos prácticos>>. Que será la vida de él en España. ¿Se cruzarían? ¿le hablaría?  Ya pasó cuatro años, era tiempo suficiente para olvidar lo del rechazo. Nunca olvidó su rostro ofendido, al no aceptar ella irse con él, cuándo les salió la beca para residentes. Frunció el ceño y otra vez Mauro en su cabeza.
—Hablando de Roma--- dijo escuchando las zancadas de él por las escaleras.
Él subió salteando los escalones, la preocupación lo apuraba, manoteó el picaporte y empujó.
—¿¡Vos mandaste el telegrama!?  lanzó cerrando la puerta--- ¿¡por qué!?—sostuvo irritado. Mi viejo está dolido, tenía planes para vos—dijo desconcertado
—Me aceptaron en Barcelona— aclaró ella inquietante.
—¿Alguna vez me consultarás? ---reclamó enojado.
—Es mi decisión, ahora o nunca---le largó ella filosa.
—¡Yo te iba a proponer que nos casemos! —aunque angustiado, Mauro levantó el tono y mostró los anillos.
Ella le clavó sus ojos celestes, y dijo directa y molesta:
—¡Ahora me venís con eso!, yo me voy, me cansé de esperar oportunidades---y no bajó la mirada.
—¡No es cierto! — él sostuvo retórico—lo posponía porque no estaba seguro, —insiste en modo adolescente—pensá en la clínica, mi familia, todo—y remató con ansiedad contenida---me quedo solo, extraviado, ¡Es nuestra historia de amor!
—¡¿Tarde te diste cuenta!?—dijo ella con sorna y concluyó impaciente—esperé más de tres años este momento. Me voy y punto.
—¿En serio aceptaste irte? —dijo incrédulo—¡Te importa un carajo todo!, ni siquiera armar una familia. Y en que quedó eso que vos querías ser madre, tener un bebé acá en el país—dijo sosteniendo la mirada y el calor en su cara.
—Es mi futuro, mi turno ¿te pusiste a pensar en eso alguna vez? —se apura ella en agregar evasiva y fría.
Él, sabe exactamente lo que va a pasar, y casi como un lamento leve le dice:
—Mi viejo me deja la clínica, espera mi respuesta.  Vos vas a pasar a ser socia y Jefa de Servicio. Es algo que no podés rechazar—reforzó eso extendiendo su mano con la cajita de anillos; que a esa altura le pesaba una tonelada.
La seguridad de ella flaqueó, sintió que no era tan contundente como cuando hacía un diagnóstico.
—Dame una semana para pensarlo—dijo titubeando. Ella relojeó su cartera donde estaba la reserva del pasaje, y un número de celular de España. Tenía una corazonada.
Mauro angustiado, mueve la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, tratando asimilar su tristeza, y agrega:
—Está bien, esperaré.  Sé que hubo mucho desencuentros, discusiones y miedos, ---dice rápido y sin pensar---te merecés lo mejor. Te amo. La besó en la frente y, evitó que vea su mirada mojada y quebrada. Nos juntamos en una semana—dijo resignado—y guardó la cajita en el bolsillo. Cerró y se fue.
Paula se quedó sola. Sonríe, se sabe ganadora.
Fue a su bandeja de entrada y se puso a teclear en la computadora.


lunes, 2 de diciembre de 2019

ROJO PASIÒN


   ROJO PASIÓN
Comencé hablarles a las plantas el día en que mamá me regaló una maceta blanca con un geranio.

¡Jorge!, Jorgito, ¿sabés que día es hoy?, 21 de octubre, ¡Ah! te sorprendí: es que me dijiste, me rogaste, me ¡Exigiste!, si ¡Exigiste! Bueno aquí me tenés frente a vos. ¿Te gusto? ¿Estás contento?, ¿Eras lo que esperabas de mí? Te atrae este rojo carmesí, o hubieras preferido un rojo no tan apasionado; es que no sabés como me puse cuando me hablaste tanto de la rosa fucsia de la vecina, o el crisantemo naranja del 8” C” y, de las Fresia amarillas de la de enfrente, dijiste que eran la envidia del barrio.
Por lo que veo no pensás decirme nada, te quedaste mudo, y claro con todo lo me hablaste y hablaste en estos 30 días. Te resultará extraño que me presente así, al pie de tu cama ¿No? Es que recuerdo que vos hiciste todo lo posible para que yo apareciera, creo que hasta me implorabas que viniera.
¡Sí! recuerdo que esa era la frase que usabas como un salmo, ¡Ojalá vengas!, ¡Ojalá vengas!, ¡Ojalá vengas!, bueno... acá me tenés, ¿Qué pensás hacer conmigo? 


El 19 de setiembre, mi madre llegó al departamento con una maceta en sus brazos, y me dijo con satisfacción:
— Hijo es un geranio rojo, y sentenciando largò:
—Jorgito ponele agua y, <<tenés que hablarles>>, <<todos los días tenés que hablarles>>, <<así vienen hermosas, grandes, y exitosas>>.
La puse en mi balcón –era 20 de setiembre-- opuesta al sillón donde daba el sol indirectamente, ahí, junto al malvón (mi vieja dice que las plantas se envidian) miré alrededor, acaricié sus hojas, y entré.
El 21 de setiembre me levanté, tomé mi café, y llené la jarra verde con agua, regué primero el potus de la cocina sin dirigirle la palabra, segundo mojé el malvón y lo ignoré, fui directamente al geranio rojo y, con lentitud le fui echando agua y casi como un rezo, como una letanía, le musitaba, <<te doy 30 días para que florezcas>>, <<en 30 días no me podés defraudar>>, recordá tempus fugit, yo me voy a encargar de vos, te voy a cuidar y a regar siempre.  Y hablar, hablar, y hablar todos los días; y así durante 30 días.  Dice mi madre que da resultado. -


sábado, 16 de noviembre de 2019

SALITA DE CINCO


                                       SALITA DE CINCO

<<Acá tenés la entrada para el teatro>>, la hija de Elvira le extiende el ticket y el programa, y agrega: tratá de llegar a tiempo porque comienza a las 13 horas  y  son los primeros en actuar.
Elvira se baja del taxi en la vereda del anfiteatro, ingresa apurada, no se perdería la obra por nada del mundo; leyó el boleto fila diez, butaca once y se acomodó.
 Se puso sus lentes de ver lejos y quedó mirando el telón fucsia del escenario.
Mientras espera que se apaguen las luces, las imágenes de hace cinco años atrás le pasan delante de su mente como un tren.

El cartel con una flecha decía NEONATOLOGÍA. Se restriega las manos callosas por las agujas del tejido, (su hobby) y aprieta con fuerza el rosario de la Virgen de San Nicolás. Junto a su hija esperan al Jefe de Pediatría del Hospital Central. Los pasillos inundados de silencios y olor a hospital, eran rotos por los llantos sin treguas de los bebés internados en la Sala.
Como un latigazo en la cara fue el diagnóstico del médico: <<Su nieto Joaquín tiene Parálisis Cerebral, el daño se produjo como consecuencia de una mala oxigenación>>. Sintió junto a su hija como el mundo se deslizaba bajo sus pies, la desolación las atacó a las dos, se abrazaron para sostenerse y se soltaron para mirarse y buscar una respuesta. No la hubo. Buscaban aceptar. No podían.
Comenzó otra vida junto a su hija y su nieto, más penosa, más agotadora, incluso mayor a  la que pasó cuando quedó viuda, o la decisión  de su hija mayor de irse a vivir a Europa, era otro dolor, más intenso. Esto era otra cosa.
La peregrinación a distintos especialistas no le daban soluciones, ni calmaban sus angustias, todos coincidían en los NO: NO va  a caminar, NO va hablar, NO va a razonar…no…no…no. Sintió que iba a pelear contra esa realidad.
Era cuestión de ponerse a llorar o transformar al niño del no al  “SI”.
Ella siempre fue luchadora, sintió que nada la doblegaría, inició la rutina de acompañar a su hija con Joaquín, a terapeutas/ fisiatras/ jardínes especiales. Todo lo que había para tratarlo se hacía, se viajaba y se prometía, se prometía y se viajaba. No había límites.
El paso del tiempo (gran sanador) promovió resultados, su misión de batallar para insertarlo socialmente daba frutos, y la promoción a distintas salitas en su jardín la animaba, la hacía soñar.
Elvira notaba la independencia de su nieto, que comía solo,  sí entendía,  sí sorbía, sí razonaba, del león al árbol, de la casa a la pelota, sí comprendía. Joaquín avanzaba.


Las luces se apagaron, el escenario se iluminó, el telón se abrió, y al son de la música  los actores de la Salita Azul de cinco salieron a escena, ahí estaba Joaquín con su andador y su disfraz, blandiendo su maraca y moviendo su cuerpo al compás. Era uno más. Hasta cantó y coreó.
Ella se conmovió, se estremeció. Buscó aliento. Lloró.
Elvira lloró, lloró sin parar, tenía un océano de lágrimas guardado.
El acto de la Salita Azul terminó. Los actores se fueron.
Elvira seguía sentada, secándose los ojos, la actuación sísmica de Joaquín fue transformadora. Iba  haber un antes y un después. Sabía que dolor y esperanza conviven en las discapacidades.
Miró el papel de la obra y leyó el título <<Buscando a  Esperanza>>, su corazón aceleró, tenía certeza que no renunciaría a ninguna ilusión, a ningún futuro.
Joaquín sin saberlo, haría lo mismo.
La función terminó. En la calle, madre e hija se abrazaron y lloraron.  Secaron sus lágrimas, y se prometieron seguir este derrotero. Unieron sus miradas y no hubo que agregar nada. Besó a su nieto ya instalado en su butaca en el auto. Y ella extendiendo su mano al aire se despidió.

ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO


                                ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO

Galìndez se encontró en la cama del hospital desnudo---pero en el sentido literal---ya que no le quedó nada, ni casa, ni dignidad, ni dientes; solo una multitud de moretones multicolor que le decoraban la cara y el cuerpo; entonces se hizo un juramento.
Atinó a decirle a la enfermera de turno: <<no me mataron, pero me quitaron la vida de antes>>. Mientras ésta lo curaba, él miraba el techo y dos gotones le caían de sus ojos recordando y, maldiciendo haber conocido al Turco, sacaba cuenta, y eran exactamente cuatro meses.
Lo recuerda clarito cuando él se acercó por la obra ofreciéndole ganarse unos pesos extras,” es una changuita fácil”, le dijo. Y se vio preguntando:
---¿No será nada raro no? ¡Qué boludo! dijo entre dientes reprochándose.
El Turco tenía la mala fama de andar siempre a las corridas, de tutearse con la cana, y estar <<siempre calzado, por las dudas>>, decía.
Otra vez en su cabeza dolorida retumba la voz ronca del hijo de puta cuándo le dijo:
---Mirà es fácil—lo entusiasmaba— yo te traigo una caja, así como de zapatos—le hizo la mímica con las manos---vos salís de la obra te tomas el 35 y te bajás en Perú y Charcas, al frente de la parada hay un kiosco, “Gaby”, vos le das la caja al tipo de barba; y él te da otra, y haces el mismo recorrido, pero al revés; ¿tranqui no? —dijo poniéndole una mano en el hombro. Después te vas a tu casa y yo paso tipo nueve, nueve y media, busco la caja. Recordarlo le corrió frío.
Como una película rememoraba, la cajita apoyada entre las piernas en el bondi, la emoción que el Turco le había prometido tres lucas por semana. Con eso también ayudarían con el diezmo a la iglesia. Ya la veía a su mujer con la biblia a cuesta como siempre, entregándole feliz al pastor su colaboración.
Esa rutina Galìndez la repitió durante cuatro meses, hasta que un día viernes el Turco bajó de su auto como siempre, la pistola en el cinto, y la adrenalina al tope por las dos líneas que aspiró cinco minutos antes.
Golpeó la puerta tres veces.
Galìndez le abrió.
El otro le pidió la caja, el tipo notó al simple tacto que estaba más liviana.
La abrió, había recortes de diario, le clavó una mirada ácida, y casi escupiéndole la cara le gritó:
--- ¡Hijo de puta! ¡Donde está la guita! ¿Dónde mierda está la guita!, ¡Dámela, o te quemo! --- apoyándole el caño de la pistola en el pecho.
Galìndez se meò encima, trastabilló, se llevó por delante una silla y cayó de culo al suelo. Tartamudeando le decía:
---¡Te… lo juro… Turco!... hice lo de siempre, ¡Te lo juro por mis hijos!, el llanto lo ahogaba, ¡No hice nada, te lo juro!, así me lo dio el del kiosco; es lo último que se escuchó decir.
 Su mujer Lidia y sus hijos estaban espantados en el fondo. Mudos.
Galìndez sintió un golpe seco en la cabeza, otro más en el pecho, y otra patada en la cara. Golpes, patadas, golpes, patadas, era uno, eran dos, eran tres, no sabía, no supo, perdió la cuenta y la conciencia.
Lidia y los chicos estaban en la calle, el resplandor de las llamas le iluminaban como flashes las caras mojadas y los ojos aterrados. Las sirenas se confundían, la de la ambulancia llevándose al padre al hospital, y la de los bomberos para apagar lo que quedaba. Era una estampita del desamparo.
Al salir Galìndez del hospital, se uniò a la familia que ya estaba ocupando la fábrica de tornillos abandonada.
Una semana después cayó la policía a la vieja fábrica, alguien habría buchoneado.
Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el comisario se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza de madera y cartón.
---¿Dónde está tu padre? —preguntó
---Está en el cielo---susurró él
---¡Como? ¿Ha muerto? —preguntó asombrado el policía
---No, dijo el niño. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.
---¡A ver, contàme cómo es eso? ---dijo ansioso el comisario.
---Mire señor, desde que nos quemaron la casa con todo adentro, por ese trabajo de mi papá; nos vinimos a vivir a esta fábrica--- dijo limpiándose los mocos
---¡Ah! Son okupas…---dijo enojado el oficial
---La fábrica---prosiguió el niño tembloroso---tiene un techo que se sube por esa escalera de hierro---señalándola con la cabeza. Mi papá se va arriba todos los días con la escopeta por si vienen a echarnos, o a quemarlo todo de vuelta.
En la pieza de al lado se escuchaba a través del nailon y los cartones, el sollozo de la madre y la pequeña. También la voz prepotente del sargento intentando que hablen.
Con voz grave y autoritaria el comisario le pregunta:
---¿Vos tenès un hermano, ¿no?
---Sí, el Pela, el más grande, él sale hacer changas. Hoy se tomó el 35 fue a buscar algo para comer y arreglar unos asuntos en Charcas y Perù --- decía esto mientras se sobaba la panza. Más de una vez se acostó con hambre.
---¿Tu hermano roba? ---preguntó de nuevo el oficial,  molesto, mientras con un dedo le levantaba la barbilla al niño.
---¡No! —dijo el niño asustado---porque dice mi mamá que va ir al infierno. Ella nos lee la biblia todos los días, y ahí dice que robar es pecado, que en la vida solo sirve trabajar; y ser buenos a los ojos de Dios. Y los que son buenos van al cielo.
Como mi papá nos cuida: mi mamá dice que está en el cielo; ahí arriba—apuntando con el dedo al techo.


LA CULPA


                                                  LA CULPA
La luz blanca de la lámpara cenital del quirófano te pega en los ojos, impresiona como si te torturaran.
La bata blanca sobre tu cuerpo desnudo apenas atada con una tirita atrás, te hacía más indefensa todavía. Tus piernas abiertas en los estribos metálicos de la camilla, el olor a formol, la tintura de yodo, todo eso revuelve tu estómago, tenès ganas de vomitar, aguantàs: no querès hacer un papelón.
Si sabías que te esperaba todo esto, tendrías que haber dicho ¡No! cuando él te propuso tener sexo. Haber cerrado las piernas que hoy flamean en un consultorio de mala muerte. Ese pensamiento te flagela.
Es que cuando llegó el hijo de puta de Raúl al departamento, vos, no le tendrías que haber abierto la puerta. También arrepentirte de haber aceptado la primera cita con él, si vos ya sabías que era casado; te lo había advertido tu amiga cuando te recomendó la inmobiliaria, que tuvieras ojo con el tal Raúl que era lancero y casado.
Pero vos con eso de que sabes manejar tus emociones, ibas a poder dominar la situación. “¡Manejar la situación!”, ¡Què boluda! Lo que pasa es que te tragaste eso de que él iba a dejar la familia por vos. ¡Laura! ¡Ay! Laurita…creer eso en estos tiempos… te da rabia porque es casi infantil.
Lo viste entrar a tu departamento decidido, confiado, sin culpa. Te corrió un hormigueo por la espalda cuando te largo sin titubear que ya te había sacado un turno con el médico abortero. Te deprime verlo. Pero lo mirabas, buscando una pirueta emocional, algo que le hiciera cambiar la decisión, y vos salir de ahí. No verlo más. Pero te ganó el miedo.
El tipo es frío como un robot. Escucharlo ahora: “que su mujer está enferma”, “que su hija es adicta”, “que es único sostén”, que él es “imprescindible para salvar su familia”, eso te pone violenta y hostil. Pero ¿¡qué esperabas!? Solamente vos confiaste, te abandonaste a un futuro incierto y borroso.
Es que te guste o no, vos estabas enamorada---se notaba---.  Para él eras una mujer hecha a medida, sola, buen físico, sexo intenso, y amante silenciosa. Tu departamento su refugio, su paraíso. Ideal.
Hoy estás en ésta sala donde la vulnerabilidad y la soledad terminan juntas. Te sentís que estás en un espiral—pero hacia abajo—todo es un abismo sin noche ni día.
Recordàs de golpe que así te sentías con la pérdida de tus padres. Te quedaste sola, aprovechaste para mudarte hace tres o cuatro años al departamento que te consiguió él.
 Te impactó apenas lo viste, era imponente, simpático, lindo, con una voz convincente. Revivirlo ahora tu cabeza explota ¿Cómo lo dejaste entrar a tu vida? Tu sien hace bum, bum, recordando las discusiones desagradables; bum, bum, la convivencia violenta; bum, bum, enfrentamientos dañinos; bum, bum, él, siempre él. Te cagò la vida. Bum, bum.
Pero no lo percibías, no te dabas cuenta, ni notabas los cambios, no eras la misma. Habías sido engañada, y vos… no lo veías.
La luz blanca está ahí. Todo te da vueltas como un carrusel fantasmal. Vomitaste.
Escuchaste decir al aire, no la identificaste, era una voz cualquiera: “A éstas le gusta tener machos y después no se la aguantan”. No sabès, si son médicos, enfermeras, o tu conciencia; pero que la escuchaste, ¡La escuchaste!
Te gustaría buscar un espejo, querès contemplarte, querès descubrir tu cara de culpa. No podès y eso te turba. Estás cautiva.
Oías voces, ruidos metálicos—como cubiertos---unas manos que tocan tu vientre, un sordo desprendimiento de tejido en lo íntimo de tu sexo. Imaginàs estar deshecha por dentro. Caen lágrimas a racimos, un temblor que te mece. ¿Sentís miedo? ¿Es la muerte? Parece un siglo, pero el reloj de pared marca una hora.
Tus muslos están húmedos, percibís el olor dulzón e inconfundible de la sangre, que lo baña todo. Las enfermeras como bandadas de moscas van y vienen, la angustia y desesperación se adueñan de la sala. Sobra impotencia y abunda resignación.
Vos como una burbuja ascendente, miràs como espectadora un cuerpo blanco y frío abandonado en una camilla. Te das cuenta que el tiempo se ha dormido para siempre en tu cuerpo. No sabes qué hora es, pero es una hora fría.
Finalmente, no logràs escuchar una voz con barbijo en la sala que dice:
¡Chist…silencio! Ha muerto.

AHÌ NACIÒ TODO


AHÌ NACIÒ TODO

El hecho en cuestión, ¡bah! el hecho en sí, es el engaño. La infidelidad.
Cualquiera que tuviera dos dedos de frente se daba cuenta. Me di cuenta yo que soy el portero: se imaginan los demás.
Todo empezó hace casi un año, llegaron los dos y alquilaron el cuarto "C". Ahí nació todo.
Ella, Laura, cuarentona, / delgada, / piel color tiza, / casi enferma, / frágil. Él, Enrique, todo lo opuesto, /atlético, / bronceado, / alto, —ella le llegaba al hombro—también cuarenta y pico.
Él se iba temprano, trajeado, imponente, tenía una inmobiliaria y un auto importado. Ella en cambio hace seis meses está sin trabajo.
Es traductora de francés, pero le apasiona la cocina, lo sè porque más de una vez le tuve que ayudar con las bolsas del supermercado con alimentos y condimentos. Ahí nació todo.
Se ganaron en la primera reunión de consorcio el mote de "fanfarrón" él y de "pobre mina" ella. Sonaba justo, habría que agregarle "maleducado". Eso era el tipo, un perfecto sobrador, que no te saludaba ni en el ascensor, ni de entrada y ni de salida. Ahí nació todo.
Ella sabía que yo tenía en mi departamento ajíes de mi país—peruanos— y le encantaba que le pasara recetas de platos limeños, hasta me invitó más de una vez a su departamento —a pesar de su timidez—para que le ayudase en la preparación, y yo iba encantado. Ahí nació todo.
Una vez se tentó de llevarse de mi colección unos diez ajíes "habaneros”, yo los tenía hacía más de un año en un frasco con tapa roja. Se lo negué, porque pasado un tiempo desarrollan una toxina venenosa, tóxica, no estaban para comer; sino un adorno y recuerdo de mi tierra. Ahí nació todo.
Me comentó que quería quedar embarazada, y que su marido se negaba a hacer un tratamiento de fertilidad. Contaba que le decía con soberbia machista: que él no era el problema, en todo caso podía ser la frigidez de ella. Pensé: que bien me fue en la vida, yo tenía cuatro hijos con mi mujer que tiene 45 años como yo, y después del último se ligó las trompas. Ahí nació todo.
Hoy hace cuatro meses que empezó todo. Verme en la cama con Laura, yo petizo, moreno y culón, y ella a mi lado como una leve flor blanca, delicada, era un placer, un deleite inmenso. Cautivaba en la cama. No sé cómo decirlo, era una mujer para amar y amar. Ahí nació todo.
Eso sucedía una o dos veces por semana, en mi departamento o en el de ella.  Él siempre con sus reuniones de negocios, sus amigos empresarios, torneos de golf en Uruguay, o de tenis en otro país limítrofe. Su ausencia estaba siempre presente. Ahí nació todo.


Hoy Laura buscó los análisis en su prepaga.
Llegó alegre, radiante, casi eufórica gritó: ¡Estoy embarazada! Y lloró feliz.
Se bañó y lo esperó con la bata blanca puesta.
Enrique llegó a la hora de cenar
En la mesa humeaba un plato típico de Perú. Tentada de darle rápido la sorpresa, prefirió aguardar. Quizás él no le creyera, era mejor esperar el momento. Lo conocía.
Laura escuchó el ascensor y abrió la puerta.
---¿Hiciste la cena? –soltó él al cerrar la puerta sin saludar—tengo hambre ---agregó
---Si está en la mesa—contestó ella distante
---Por el olor… peruana—comentó buscando afirmación. ¿Vos no comès? —dijo él, señalando el plato.
—No. Estuve con náuseas y vómitos todo el día—dijo tranquila sentada frente a él—observando como comía golosamente.
—No estarás embarazada... ¿no? —dijo dudando ¡Porque ya te digo mío no es! —sostuvo arrogante— masticando un buen bocado.
¿De cuánto estás? —preguntó inquieto— apoyando la copa de vino en los labios que de un sorbo la vació. ¡Esto está más picante y amargo que otras veces! — sopló alejando el plato.
—De ocho semanas---se apuró en contestar
—¡Que te dije! ¡No es mío!, hace como tres meses qué no te toco; entre mis negocios y los torneos, cuánto hace que no cogemos… ¡¿eh!?--soltó furioso sosteniendo la mirada; ella la rehúye
 ¡Eh!, ¡Cuánto! —repitió, golpeando la mesa, no era la primera vez que era agresivo con ella---; notó como se desdibujaba el rostro de su mujer, y se le iba cerrando la garganta.
Ella con cierta calma, buscó en la puerta de la heladera el imán con el número de la emergencia.
Con el celular en la mano lo miraba a Enrique por última vez, él se retorcía en el piso intentando que le ingrese una gota de aire en los pulmones. Su bronceado era cada vez más oscuro y su camisa más mojada.
El médico diagnosticó muerte por intoxicación. Laura abandonó el hospital y se dirigió a buscar los servicios velatorios.
Tres días después cerró la puerta del departamento, empujó la valija al ascensor, y se fue.
Abrazó en la salida al portero, hizo señas a un taxi, y partió.
El peruano seguía baldeando la vereda, todavía no había notado la ausencia del frasco con tapa roja.
Ahí terminó todo.

LA NOVIA DEL DOMINGO


                                                   LA NOVIA DEL DOMINGO

Hoy es domingo.
Un domingo cualquiera, como otros, en primavera, verano, invierno, otoño.
Insiste. Si repite puntualmente lo mismo durante años, hace doce exactamente. Ella Ángeles Torrealba, todas las tardes camina sola la calle central. Sigue el llamado de las campanas a misa de siete. Sus ojos  fijos en las puertas crujientes de la Capilla. Ahí se queda esperando, con flores secas en su mano.
Infaltable, confusa, descalza, con largo y opaco vestido de novia. Tiene mirada ausente, parece un maniquí disfrazado, ridículo: pero nadie ríe.
                              ------------------------------
Ángeles estudiaba en el Colegio Mixto Secundario del Sagrado Corazón. Pedro también. <<Eran el uno para el otro>>, decían algunos del barrio. <<Son como siameses>> comentaban otros, <<inseparables>> según los más conocidos.
A nadie le extrañó que fueran juntos a la Universidad. Que se recibieran de médicos, en los tiempos justos, proyectados.
Prometieron casarse al finalizar la carrera, y programaron tener hijos. Esos fueron planes pactados en el cole, en la Facultad. También se comprometieron en las tardes de amor y juramentos; como testigo el Cañadón, su lugar, ahí el río es intenso; tanto como sus encuentros de sexo, y sus besos interminables.
Sabía ella que sus padres y hermanos esperaban su título. La sumarían a la famosa y tradicional Clínica familiar Torrealba. Era un mandato familiar, un legado innegociable de su padre.
Pedro en cambio esperaba con ansias emigrar para crecer profesionalmente. Fue aceptada su  beca para especializarse en un hospital de España. Los  ahorros de sus padres se agotaron en su carrera. Ahora sacarían un crédito para su perfeccionamiento allá en Europa; era el orgullo de una familia obrera, humilde y sacrificada.
Como un reguero de pólvora se comentó en la comunidad. Los padres de Ángeles se oponían que acompañe ese viaje. Decían que era una aventura inútil, que no aportaba nada. Que Pedro no sabía cómo salvar su soledad, salir adelante.
Los novios fijaron fecha para casarse, domingo 21 de Septiembre: sellaron de esa manera un amor indisoluble que traspasara barreras.
Los hermanos de la novia, repitieron conversaciones con el novio. Los tonos de voz, y las palabras fueron elegidas. Llevarla a ella a España era joderla, acá era dueña; su hermana, dinero y trabajo tenía, inteligencia y prestigio también. Le sugirieron, buscarse una mujer española, formar familia y no volver.
Pedro las contó, era la cuarta vez que le <<hablaron>>; le restó importancia a eso que sonó como una advertencia: era la última ocasión que serían amables y alcanzó oír: <<te vas solo o…>>, pero no dejó finalizar la frase. Se alejó rápido, no le gustaba para nada los tironeos verbales. Pensó en ella, en cumplir su sueño de estar juntos.
Ángeles continuaba sin pausa con los preparativos de su ajuar. Su modista la citó por décima vez—la última advirtió. Esa tarde le esperaba la prueba final del vestido blanco; largo con gasas, piedras, y seda que rozaba el piso.
—Siento como que flotaras, un ángel—dijo la costurera, y añadió: ¡Ojo! ¡Acordate! El novio te ve recién en la iglesia.
Ella, la prometida aprovecharía el almuerzo para repartir las actividades. Quería que cada uno de su familia viviera su boda.
—Vos papá vas a…
—Hija esperá—pidió firme el padre— ¡Quiero que te quedes!..Hacés falta en la Clínica, sos una Torrealba, tenés futuro. Yo, tus hermanos, te enseñaremos los secretos de la profesión; la familia, el prestigio, te lo va a hacer fácil.
—Papá, yo me caso el domingo con Pedro—afirmó segura. Me voy a Europa con él, formaremos una familia allá; nos quedamos o regresamos, eso, ya lo veremos más adelante. Miró a todos a los ojos, levantando su copa propuso: ¡Un brindis por los novios!
21 de Septiembre. Domingo.
Las campanas retumban acompasadas desde las cinco de la tarde. El rumor y el alboroto del gentío subían cada minuto. El pueblo salió a la calle, era la fiesta de todos.
La novia de blanco, llorando, inquieta se miraba al espejo; éste le devolvía una imagen soñada, que leyó en  cuentos. Sin dudar era feliz, deseaba que él la estuviera viendo.
El auto cruzó el pueblo, la dejó en la Capilla. Estaban todas las personas que quería, la chusma también. Su maestra, el peluquero, nadie se quería perder esa boda. Sus compañeros del secundario le arrojaban flores a su paso.
Caminó hasta el altar con su padre, allá su madre. En los bancos, a la derecha sus hermanos y primos. A la izquierda, los padres de Pedro, sonrientes y lagrimeando. La emoción ganaba espacios en el ambiente, entre las columnas; por los asientos, tocando santos; lo cubría todo, se palpaba.
Pedro no llegaba.
Pasaron quince minutos, treinta, todo comenzó a inquietarse, la confusión sumaba. Las voces subían con variados tonos, empezaron las preguntas difíciles.
Un ruido alarma. El cura y todos giraron sus cabezas hacia las puertas que se abrieron de un golpe, era Don Funes que grita: ¡Lo vi flotar! ¡Lo vi flotar!, ¡Río arriba!, ¡Río arriba!, y con el último aliento soltó: ¡Allá en el Cañadón! Salieron todos disparados al río, la prometida a la cabeza. Todos corriendo desesperados, aturdidos, consternados, todos, menos los hermanos Torrealba.
La fiesta de todos terminó, el sueño de Ángeles también.