OTRA
OPORTUNIDAD
Paula se levantó a las seis de la mañana.
No durmió en toda la noche, le sigue dando vueltas la
<<cosa>> en la cabeza. Esto le pasa desde hace varios
meses, casi un año —piensa obsesivamente—. Se hizo un café fuerte y se asomó al
dormitorio, mientras sorbía un trago; observaba la espalda desnuda de
Mauro, que dormía despatarrado, percibió—como lo venía sintiendo hacía
tiempo—que no se le movía ni un pelo verlo así, ni ahí, ni en la ducha.
Antes tenían sexo en cualquier rincón, o se cruzaban por los pasillos de la
clínica en horario de trabajo para erotizarse con palabras, gestos y promesas
de cama. Eso era pasado; sacudió su cabeza, y encaró hacía la computadora.
La pantalla al prenderse le mostró 20 de setiembre 2018,
6:20, nublado, 15 grados.
Abrió su correo, y vio el email de Barcelona, el corazón
dio un giro, era del Hospital Barragut, lo firmaba el Director, tecleó para
saltear varios párrafos y fijó los ojos en:" la esperamos a usted el
próximo 27 de setiembre para asumir el puesto de Coordinadora del Departamento
Cirugía. Aguardamos vuestra contestación. Atte…" Lloró.
Lloró en silencio. Se repetía la historia de cuatro años
atrás: <<pero esta vez no cedo>>, me voy, me voy y me voy— repitió
con la fuerza de un mantra—. Con el índice apagó la compu. Miró a la
habitación, él seguía ahí hundido en sus sueños, lejos de los de ella.
Se duchó cantando. Hoy a la salida de la guardia iba a la
agencia de viajes. Éste era su día. Se cambió y se fue.
Mauro se desperezó, miró su muñeca izquierda, el reloj
marcaba las 11:17. En la almohada seguía impregnado el perfume de ella. Se
rascó y recordó que tenía que pasar por la joyería a buscar los anillos. Hacía
días venía masticando su decisión de casarse.
—¡Era hora! le había dicho su amigo Pablo, qué además
insistió:
—Creo te escuché decir eso mismo, hace tres años, después
volviste a postergarlo hace dos, y ahora estás como loco.
—Esta vez va en serio ¡Te lo juro! — prometió Mauro
categórico.
Mientras manejaba hacia el negocio de joyas, recordó
la promesa hecha a ella, hace cuatro años atrás, de casarse en un año para que
postergue su beca a Europa. Se convencía así mismo que era lógico que dejara
pasar un tiempo; ya que lo abrumaban las experiencias negativas de sus amigos
que se habían divorciados. Él no quería ser de ese montón. Los Piran Rues eran
tradicionales y el padre le había confiado la Clínica Rues. Lo había puesto
como jefe de Terapia y no estaba en sus genes defraudar. También quería
realizarse, y sostenía: que para ello no era necesario irse
<<afuera>> para crecer.
Ya con las alianzas en el bolsillo planificó la cena, en
el brindis se lo diría; también aprovecharía darle el gusto de ser mamá,
ella venía insistiendo con eso desde un par de años. Pero él quería estar
seguro.
Ella salió de la clínica. Reservó los pasajes. Tomó un
taxi hasta el correo para enviar la carta documento de renuncia. Pagaría
por ver la cara del director de la clínica al recibirla; éste nunca le había
dado la posibilidad de ascenso; a pesar que era su suegro.
Decidió caminar hasta su departamento mientras pensaba
como decírselo a Mauro. Sintió ardor en el estómago.
Se metió en la ducha, notó con alivio como el agua tibia
le lavaba su pasado. Se puso la bata blanca, se sirvió una copa de vino tinto,
y esperó.
En tanto se pasaba la copa fría sobre su frente, como en
un intento de enfriar sus pensamientos. Recordó que era el gesto habitual que
hacía Ernesto cuando estudiaban junto en su época universitaria. Una línea
sensual curvó sus labios casi con vergüenza, al recordar los apasionados
<<trabajos prácticos>>. Que será la vida de él en España. ¿Se
cruzarían? ¿le hablaría? Ya pasó cuatro años, era tiempo suficiente
para olvidar lo del rechazo. Nunca olvidó su rostro ofendido, al no aceptar
ella irse con él, cuándo les salió la beca para residentes. Frunció el ceño y
otra vez Mauro en su cabeza.
—Hablando de Roma--- dijo escuchando las zancadas de él
por las escaleras.
Él subió salteando los escalones, la preocupación lo
apuraba, manoteó el picaporte y empujó.
—¿¡Vos mandaste el telegrama!? lanzó cerrando la puerta--- ¿¡por
qué!?—sostuvo irritado. Mi viejo está dolido, tenía planes para vos—dijo
desconcertado
—Me aceptaron en Barcelona— aclaró ella inquietante.
—¿Alguna vez me consultarás? ---reclamó enojado.
—Es mi decisión, ahora o nunca---le largó ella filosa.
—¡Yo te iba a proponer que nos casemos! —aunque
angustiado, Mauro levantó el tono y mostró los anillos.
Ella le clavó sus ojos celestes, y dijo directa y molesta:
—¡Ahora me venís con eso!, yo me voy, me cansé de esperar
oportunidades---y no bajó la mirada.
—¡No es cierto! — él sostuvo retórico—lo posponía porque
no estaba seguro, —insiste en modo adolescente—pensá en la clínica, mi familia,
todo—y remató con ansiedad contenida---me quedo solo, extraviado, ¡Es nuestra
historia de amor!
—¡¿Tarde te diste cuenta!?—dijo ella con sorna y concluyó
impaciente—esperé más de tres años este momento. Me voy y punto.
—¿En serio aceptaste irte? —dijo incrédulo—¡Te importa un
carajo todo!, ni siquiera armar una familia. Y en que quedó eso que vos querías
ser madre, tener un bebé acá en el país—dijo sosteniendo la mirada y el calor
en su cara.
—Es mi futuro, mi turno ¿te pusiste a pensar en eso alguna
vez? —se apura ella en agregar evasiva y fría.
Él, sabe exactamente lo que va a pasar, y casi como un
lamento leve le dice:
—Mi viejo me deja la clínica, espera mi
respuesta. Vos vas a pasar a ser socia y Jefa de Servicio. Es algo
que no podés rechazar—reforzó eso extendiendo su mano con la cajita de anillos;
que a esa altura le pesaba una tonelada.
La seguridad de ella flaqueó, sintió que no era tan
contundente como cuando hacía un diagnóstico.
—Dame una semana para pensarlo—dijo titubeando. Ella
relojeó su cartera donde estaba la reserva del pasaje, y un número de celular
de España. Tenía una corazonada.
Mauro angustiado, mueve la cabeza de derecha a izquierda,
de izquierda a derecha, tratando asimilar su tristeza, y agrega:
—Está bien, esperaré. Sé que hubo mucho
desencuentros, discusiones y miedos, ---dice rápido y sin pensar---te merecés
lo mejor. Te amo. La besó en la frente y, evitó que vea su mirada mojada y
quebrada. Nos juntamos en una semana—dijo resignado—y guardó la cajita en el
bolsillo. Cerró y se fue.
Paula se quedó sola. Sonríe, se sabe ganadora.
Fue a su bandeja de entrada y se puso a teclear en la
computadora.
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