jueves, 5 de diciembre de 2019

OTRA OPORTUNIDAD


                                              OTRA OPORTUNIDAD


Paula se levantó a las seis de la mañana.
No durmió en toda la noche, le sigue dando vueltas la <<cosa>> en la cabeza.  Esto le pasa desde hace varios meses, casi un año —piensa obsesivamente—. Se hizo un café fuerte y se asomó al dormitorio, mientras sorbía un trago; observaba la espalda desnuda de Mauro, que dormía despatarrado, percibió—como lo venía sintiendo hacía tiempo—que no se le movía ni un pelo verlo así, ni ahí, ni en la ducha. Antes tenían sexo en cualquier rincón, o se cruzaban por los pasillos de la clínica en horario de trabajo para erotizarse con palabras, gestos y promesas de cama. Eso era pasado; sacudió su cabeza, y encaró hacía la computadora.
La pantalla al prenderse le mostró 20 de setiembre 2018, 6:20, nublado, 15 grados.
Abrió su correo, y vio el email de Barcelona, el corazón dio un giro, era del Hospital Barragut, lo firmaba el Director, tecleó para saltear varios párrafos y fijó los ojos en:" la esperamos a usted el próximo 27 de setiembre para asumir el puesto de Coordinadora del Departamento Cirugía. Aguardamos vuestra contestación. Atte…" Lloró.
Lloró en silencio. Se repetía la historia de cuatro años atrás: <<pero esta vez no cedo>>, me voy, me voy y me voy— repitió con la fuerza de un mantra—. Con el índice apagó la compu. Miró a la habitación, él seguía ahí hundido en sus sueños, lejos de los de ella.
Se duchó cantando. Hoy a la salida de la guardia iba a la agencia de viajes. Éste era su día. Se cambió y se fue.

Mauro se desperezó, miró su muñeca izquierda, el reloj marcaba las 11:17. En la almohada seguía impregnado el perfume de ella. Se rascó y recordó que tenía que pasar por la joyería a buscar los anillos. Hacía días venía masticando su decisión de casarse.
—¡Era hora! le había dicho su amigo Pablo, qué además insistió:
—Creo te escuché decir eso mismo, hace tres años, después volviste a postergarlo hace dos, y ahora estás como loco.
—Esta vez va en serio ¡Te lo juro! — prometió Mauro categórico.
Mientras manejaba hacia el negocio de joyas, recordó la promesa hecha a ella, hace cuatro años atrás, de casarse en un año para que postergue su beca a Europa. Se convencía así mismo que era lógico que dejara pasar un tiempo; ya que lo abrumaban las experiencias negativas de sus amigos que se habían divorciados. Él no quería ser de ese montón. Los Piran Rues eran tradicionales y el padre le había confiado la Clínica Rues. Lo había puesto como jefe de Terapia y no estaba en sus genes defraudar.  También quería realizarse, y sostenía: que para ello no era necesario irse <<afuera>> para crecer.
Ya con las alianzas en el bolsillo planificó la cena, en el brindis se lo diría; también aprovecharía darle el gusto de ser mamá, ella venía insistiendo con eso desde un par de años. Pero él quería estar seguro.
Ella salió de la clínica. Reservó los pasajes. Tomó un taxi hasta el correo para enviar la carta documento de renuncia. Pagaría por ver la cara del director de la clínica al recibirla; éste nunca le había dado la posibilidad de ascenso; a pesar que era su suegro.
Decidió caminar hasta su departamento mientras pensaba como decírselo a Mauro. Sintió ardor en el estómago.
Se metió en la ducha, notó con alivio como el agua tibia le lavaba su pasado. Se puso la bata blanca, se sirvió una copa de vino tinto, y esperó.
En tanto se pasaba la copa fría sobre su frente, como en un intento de enfriar sus pensamientos. Recordó que era el gesto habitual que hacía Ernesto cuando estudiaban junto en su época universitaria. Una línea sensual curvó sus labios casi con vergüenza, al recordar los apasionados <<trabajos prácticos>>. Que será la vida de él en España. ¿Se cruzarían? ¿le hablaría?  Ya pasó cuatro años, era tiempo suficiente para olvidar lo del rechazo. Nunca olvidó su rostro ofendido, al no aceptar ella irse con él, cuándo les salió la beca para residentes. Frunció el ceño y otra vez Mauro en su cabeza.
—Hablando de Roma--- dijo escuchando las zancadas de él por las escaleras.
Él subió salteando los escalones, la preocupación lo apuraba, manoteó el picaporte y empujó.
—¿¡Vos mandaste el telegrama!?  lanzó cerrando la puerta--- ¿¡por qué!?—sostuvo irritado. Mi viejo está dolido, tenía planes para vos—dijo desconcertado
—Me aceptaron en Barcelona— aclaró ella inquietante.
—¿Alguna vez me consultarás? ---reclamó enojado.
—Es mi decisión, ahora o nunca---le largó ella filosa.
—¡Yo te iba a proponer que nos casemos! —aunque angustiado, Mauro levantó el tono y mostró los anillos.
Ella le clavó sus ojos celestes, y dijo directa y molesta:
—¡Ahora me venís con eso!, yo me voy, me cansé de esperar oportunidades---y no bajó la mirada.
—¡No es cierto! — él sostuvo retórico—lo posponía porque no estaba seguro, —insiste en modo adolescente—pensá en la clínica, mi familia, todo—y remató con ansiedad contenida---me quedo solo, extraviado, ¡Es nuestra historia de amor!
—¡¿Tarde te diste cuenta!?—dijo ella con sorna y concluyó impaciente—esperé más de tres años este momento. Me voy y punto.
—¿En serio aceptaste irte? —dijo incrédulo—¡Te importa un carajo todo!, ni siquiera armar una familia. Y en que quedó eso que vos querías ser madre, tener un bebé acá en el país—dijo sosteniendo la mirada y el calor en su cara.
—Es mi futuro, mi turno ¿te pusiste a pensar en eso alguna vez? —se apura ella en agregar evasiva y fría.
Él, sabe exactamente lo que va a pasar, y casi como un lamento leve le dice:
—Mi viejo me deja la clínica, espera mi respuesta.  Vos vas a pasar a ser socia y Jefa de Servicio. Es algo que no podés rechazar—reforzó eso extendiendo su mano con la cajita de anillos; que a esa altura le pesaba una tonelada.
La seguridad de ella flaqueó, sintió que no era tan contundente como cuando hacía un diagnóstico.
—Dame una semana para pensarlo—dijo titubeando. Ella relojeó su cartera donde estaba la reserva del pasaje, y un número de celular de España. Tenía una corazonada.
Mauro angustiado, mueve la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, tratando asimilar su tristeza, y agrega:
—Está bien, esperaré.  Sé que hubo mucho desencuentros, discusiones y miedos, ---dice rápido y sin pensar---te merecés lo mejor. Te amo. La besó en la frente y, evitó que vea su mirada mojada y quebrada. Nos juntamos en una semana—dijo resignado—y guardó la cajita en el bolsillo. Cerró y se fue.
Paula se quedó sola. Sonríe, se sabe ganadora.
Fue a su bandeja de entrada y se puso a teclear en la computadora.


lunes, 2 de diciembre de 2019

ROJO PASIÒN


   ROJO PASIÓN
Comencé hablarles a las plantas el día en que mamá me regaló una maceta blanca con un geranio.

¡Jorge!, Jorgito, ¿sabés que día es hoy?, 21 de octubre, ¡Ah! te sorprendí: es que me dijiste, me rogaste, me ¡Exigiste!, si ¡Exigiste! Bueno aquí me tenés frente a vos. ¿Te gusto? ¿Estás contento?, ¿Eras lo que esperabas de mí? Te atrae este rojo carmesí, o hubieras preferido un rojo no tan apasionado; es que no sabés como me puse cuando me hablaste tanto de la rosa fucsia de la vecina, o el crisantemo naranja del 8” C” y, de las Fresia amarillas de la de enfrente, dijiste que eran la envidia del barrio.
Por lo que veo no pensás decirme nada, te quedaste mudo, y claro con todo lo me hablaste y hablaste en estos 30 días. Te resultará extraño que me presente así, al pie de tu cama ¿No? Es que recuerdo que vos hiciste todo lo posible para que yo apareciera, creo que hasta me implorabas que viniera.
¡Sí! recuerdo que esa era la frase que usabas como un salmo, ¡Ojalá vengas!, ¡Ojalá vengas!, ¡Ojalá vengas!, bueno... acá me tenés, ¿Qué pensás hacer conmigo? 


El 19 de setiembre, mi madre llegó al departamento con una maceta en sus brazos, y me dijo con satisfacción:
— Hijo es un geranio rojo, y sentenciando largò:
—Jorgito ponele agua y, <<tenés que hablarles>>, <<todos los días tenés que hablarles>>, <<así vienen hermosas, grandes, y exitosas>>.
La puse en mi balcón –era 20 de setiembre-- opuesta al sillón donde daba el sol indirectamente, ahí, junto al malvón (mi vieja dice que las plantas se envidian) miré alrededor, acaricié sus hojas, y entré.
El 21 de setiembre me levanté, tomé mi café, y llené la jarra verde con agua, regué primero el potus de la cocina sin dirigirle la palabra, segundo mojé el malvón y lo ignoré, fui directamente al geranio rojo y, con lentitud le fui echando agua y casi como un rezo, como una letanía, le musitaba, <<te doy 30 días para que florezcas>>, <<en 30 días no me podés defraudar>>, recordá tempus fugit, yo me voy a encargar de vos, te voy a cuidar y a regar siempre.  Y hablar, hablar, y hablar todos los días; y así durante 30 días.  Dice mi madre que da resultado. -