CLEOPATRA
PODER Y… RESIGNACIÓN
Mes de Julio. Egipto año 30 AC. Calor insoportable,
irritante.
La transpiración de los cuerpos oscuros de sus
esclavos en el salón de mármol y oro se hacía sentir. Era un olor pegajoso,
agrio, mezcla de corral y orín. Ella asomada al balcón observaba a sus musculosos
soldados de su invencible ejército. Ensayaban ataques, lanzaban gritos, el resonar de sus armaduras, el crujir de sus
escudos al fragor del filo de las espadas. Se solazaba, disfrutaba. Era deleite
y pasatiempo.
Mientras sus doncellas le preparaban su baño con
leche de burra y miel, sus eunucos
balanceando de aquí para allá, de allá para aquí, los botellones metálicos
humeando incienso y mirra. Dos enanos
tiraban cada uno de una cuerda apantallando con ramas de palmeras para
aliviar la temperatura.
Cleopatra,
no podía dejar de pensar, de evitar sentir esa entrañable e íntima
sensación única e irrepetible que da el tener poder sobre todo, lo había
buscado, perseguido, ambicionado a costa de sangre, engaños y muertes. Hoy como
un destino fatídico no lo podía disfrutar, ya que se había quedado sin padre
y hermano, sin su marido Julio César y
sus mañas pecadoras y amante serial. Tampoco tenía a su apasionada estrella guiadora,
su Marco Antonio, que la reparaba y la
complacía, su adorado fiel, hoy ya no
estaba. Se sintió sola. Sola de soledad.
Sus criadas
la desvestían, las lágrimas caían por su exquisito rostro que siempre fue arma de seducción, su cuerpo un excelso dibujo, mayor quizás en rigor que su
belleza. Ordenó a sus eunucos le trajeran una canasta de mimbre con frutas, y
una serpiente Áspid, su cuerpo podía sentir la tibieza del baño al sumergirse
en su bañera de oro.
Se vistió con sus mejores galas y ostentación de
alhajas, adornos y atavíos que el poder le otorgaba, esperó. No tenía apuro.
Acarició la canasta puesta al lado de sus
aposentos, sintió la rugosidad del tejido, levantó la tapa, metió la mano y
sintió como dos espinas le atravesaban la carne. Se dejó estar, sentía un suave
calor súbito que le invadía el tallado cuerpo, la blancura de su piel era aún más blanca, casi resplandecía, sintió en
su boca el gusto acibarado, acre del veneno, sus labios morados y temblorosos,
entreabiertos, esperando un último beso.
Se estremeció, como flotando se dejó estar. Percibía la muerte.
La estridente sirena de la ambulancia, el chirrido
de las gomas sobre el asfalto hacía adivinar que el Hospital Central de El
Cairo estaba dispuesto para una emergencia.
Era 20 de Julio de 1969, todo sumido en conmoción, el acontecimiento extraordinario
mundial de ese día era superior a toda urgencia que se presentara en la guardia,
aún por envenenamiento.
Abrió los
ojos Cleopatra. Estaba en una habitación blanca, tan blanca como su piel y sus
sábanas, pensó que estaba con sus antepasados faraónicos, todo le resultaba
inentendible, giraba su cabeza como queriendo reconocer ese lugar, al lado de
su cama una mujer con un vendaje del cuello hacia abajo, más acá su brazo
conectado a un frasco con un líquido transparente, que pendía de un gancho
metálico, en una mesa un armatoste extraño emitía un pitido monocorde con unas
luces verdes y amarillas. Esta extraña visión le hacía suponer los efectos del
veneno, era una ensoñación, se encontraría con sus antepasados, quiso balbucear
unas palabras, los ocupantes extraños de esa habitación la hicieron callar,
—nunca la hicieron callar—, y le señalaron con un dedo un aparato frente a sus ojos, con una imagen en blanco y negro, mientras
la enfermera le tomaba la mano libre del suero y le susurró “EL HOMBRE ESTÁ
DESCENCIENDO EN LA LUNA “, hoy es un día histórico, único.
Cleopatra sonrió, casi con un dejo tristeza,
comprendió que a ese mundo no lo podría conquistar jamás. Lloró.
Murió el 21 de Julio.
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