Un Mundo Mejor
Todo era
fiesta en la quinta de los Di Tomasso.
Salvador, el varón de tres hermanos, se había recibido de Ingeniero Civil. Su padre
explotaba de orgullo, un Ingeniero en la familia. Nadie dudaba que lo lograría,
ya que aparte de su histrionismo, y de
ser el “alma” de las fiestas, él poseía confianza en sí mismo.
El ahora
Ingeniero, se caracterizaba por su espíritu jovial. Habían organizado una
pileteada, él fue el primero en tirar a sus padres vestidos al agua. Lo mismo
que hizo en su casamiento cuando también la tiró a su novia, vestida de novia.
A nadie le llamó la atención de esa actitud, ya que siempre era de hacer bromas
“pesadas”: como esa vez durante la infancia le puso una rata muerta en la cama
a sus hermanas, o cuando le prendió fuego a la cola de su mascota. Él era así,
con gran facilidad para relacionarse, pero
también gran facilidad en ganarse enemigos por las despedidas de solteros,
dejando desnudos atado algún árbol al consorte de turno. Si él faltaba,
faltaba la juerga, karaokes, tragos y música atronadora.
Salvador
para todos era un jodón, y para sus padres la alegría del hogar.
Hoy después
de 10 años de trabajar en Global Construcciones; iba a escuchar la noticia que tanto esperaba.
La había imaginado, ansiado y luchado: lo nombraban encargado del “Área de
Construcciones Urbanas”. El ascenso tan soñado. Pero el Ingeniero estaba solo.
No tenía con quién compartir su logro; sus
padres llevaban más de 5 años muertos, y sus hermanas, en esos tiempos, se
habían repartido con sus familias a distintas ciudades, y había,
inexplicablemente, perdido todo contacto. Nunca supo si por él o por ellas.
De sus
amigos se había distanciado, hacía varios años, cuatro para ser exactos, o por casamientos
de varios, por política, y también por su inclinación a los ritos de religiones
alternativas. La realidad es que, para este acontecimiento vital, no tenía a nadie. Estaba vacío.
Iba a
teclear el número del celular de su mujer y cortó: recordó que tenía una Restricción
Judicial desde hacía cuatro años. Con cierto odio desempolvó la infidelidad de
ella, y la violencia que eso le desató. Hecho que le truncó su ideal de familia y de ver a su
hija.
Salvador Di
Tomasso había cambiado.
Desde que
ingresó, hace cuatro años atrás, a la Fundación UN MUNDO MEJOR, su vida de
paria sin hogar: cambió. Ahora lo motivaba salvar a la humanidad de un futuro apocalíptico,
preservar la ecología, el medio ambiente, y la conservación de las especies. Y
con respecto a sus semejantes vislumbró una raza mejor, una etnia superior
donde debía triunfar el más apto, el más capaz, el más competente para
sobrevivir: Un lugar solo para los mejores; como él. Y para lograrlo no
importaban los costos familiares, ni sociales, ni afectivos. Solamente
cumplirlos.
Todo lo planificó.
Lo había hecho desde hacía más de un año en Global. No se explicaba cómo los
empleados estaban disgustados y fastidiados desde su ascenso a esta parte; ya
que él sólo pensaba en ellos y en sus mejoras laborales: como cuando echó a su
secretaria embarazada, porque notaba su
lentitud en finalizar los trámites que él le encomendaba.
O el
“perfeccionamiento” para el personal, que lo miraban de reojo y sentían olor a
miedo cuando él estaba de recorrida, tras la ejecución de su nueva
planificación laboral. Prohibió los desayunos. Los festejos de cumpleaños. Las
llegadas tardes. Todos recuerdan, el invierno pasado, cuando dejó afuera en las heladas matinales, una
vez al personal de Contaduría hombres y mujeres por cinco minutos tarde; y otra
vez a los de Planificación. Siempre tenía represalias con alguien. También les
tocó a los albañiles cuando en pleno Enero, el sol partía el cemento, los dejó
en el playón de estacionamiento toda la tarde, a la intemperie, después de una
reunión Sindical. Despertaba temores en algunos y odios en muchos.
Hay más: ese
día rajó a doce, incluido al querido Arquitecto Gatica que llevaba más años que
él en la empresa, y hasta había visto crecer al hijo del dueño. A Salvador no
le importaba nada. Él daba las órdenes, y las órdenes no se discuten, se
cumplen—así lo hacía saber.
Eran
“medidas ejemplares”, que dejaban enseñanzas: como cuando cortó todas las horas extras. Y la del martes, que los hizo
quedar después de hora a todos, los tuvo afuera desde las 5 de la tarde hasta
las 8 de la noche para darles un
“mensaje alentador”: ¡Hay retiros voluntarios para todos! ¡Que los aprovechen! ¡Porque
seguirán los rajes!—dijo con satisfacción.
Di Tomasso
tenía secretaria nueva, la hija de un amigo, que la tenía extorsionada a seguir
en el staff a cambio de sexo. A la última, Antonella, la echó por no querer
sumarse a la Fundación y tener sexo purificador con otros integrantes. Él se
preguntó por qué resultaba tan difícil captar los “mensajes de redención y
sanación” que proponía. En la Fundación nadie discutía su liderazgo. Esta noche
y mañana iba a orar.
Salvador se
fue a dormir, prometiéndose transformar al mundo.
La misma
noche. Los empleados de Global, juntos con el Arquitecto Gatica y Antonella se reunían en la Comisaría Cuarta para
denunciar por abusos y manipulación psicológica al líder de una Secta llamada UN MUNDO MEJOR.
A las 5 y
media de la mañana, el Maestro Salvador impartía su sermón en la Secta.
En círculos
y sentados en el piso, sus seguidores cantaban alabanzas a su líder, el salón
tenía un sombrío color anaranjado que emanaban
las luces de las velas, velas mágicas para algunos, sanadoras para
otros.
La oración
los unía; los unía en un acto de sumisión, en sus cabezas sólo cabía la
obediencia.
A esa hora
no había mucha gente en el barrio: algún vecino, y dos o tres perros. La calma
se rompió.
Tres
vehículos policiales frenaron, irrumpieron rompiendo a patadas la puerta de la
Fundación al grito de: “¡Todos al piso!” Era increíble ver para los agentes, como integrantes del grupo,
aún boca abajo continuaban musitando salmodias al Ingeniero líder; que con sus
brazos extendidos en forma de cruz mirando con los ojos en blanco el techo
imploraba que el Supremo castigara a estos demonios invasores.
Con las
manos atadas a su espalda, el Ingeniero Maestro
era sacado a la calle, rumbo a los patrulleros vociferaba: ¡Pecadores! ¡Amen a
su prójimo! ¡Menos pasado y más futuro!
Afuera un
desempleado de Global con un disparo en el pecho acallaba al enajenado Líder.
Todo
comenzó de noche y terminó de día.