lunes, 24 de septiembre de 2018

TE ESPERO

                                                         TE ESPERO

Jeny miraba el celular.
Leyó el mensaje mientras esperaba el colectivo que pasaba a las 21 frente a su trabajo. Estaba sola, los pocos empleados se iban en motos o en autos.
El frío de julio y las luces de los relámpagos que lo  iluminaban todo, la hicieron subir el cierre de la campera sintética.
Buscó reparo bajo el árbol donde pasaba el 32. El árbol y los yuyales resecos eran su única compañía.
Siempre maldecía con sus compañeras el lugar descampado del conurbano donde se instaló  la fábrica. Este suburbio fabril estaba 300 metros de la ruta, pero agradecía tener un salario ahí.
En un momento sintió sirenas y vio venir por la calle de tierra, luces de patrulleros y camiones de canales de noticias que acompañaban la caravana. Con callada curiosidad, observó como allanaban la empresa. No le causó asombro ya que se sabía, era chimento de pasillos y se formaban  corrillos sin secretos entre los trabajadores, que los dueños estaban involucrados en maniobras de dinero negro con funcionarios públicos.
Miraba el despliegue de la policía, la gendarmería y los movileros; mientras sentía que se venía la tormenta en cualquier momento.
Con el celular en la mano y sin dudas en su corazón, lejos vio venir el ómnibus. Sonrió al pensar que, al bajar en la parada, iba  ser feliz.
Súbitamente un rayo cayó, y con la rapidez de un fósforo prendió fuego a los abundantes matorrales, ella se sintió acosada por las llamas, la rodeaban cada vez más.  Rápidamente  entendió que su final era inminente. Gritó.

En la esquina de Juncal y Belgrano, donde paraban todos los micros, su enamorado la esperaba con nerviosismo: ella le respondería si se casaba o no con él. Hoy era el día. La última oportunidad—se acordó que había sido categórico con esa decisión. Si no se volvería solo a Perú.
Él estaba ahí. En la cita, esa esquina era ideal, ya que pululaban los negocios con carteles de neón que atraían como moscas a los transeúntes. Su impaciencia la calmaba mirando vidrieras; también se entretenía con las pantallas led viendo algún partido de fútbol o noticias.
Miró por enésima vez su celular, ella había leído su whatsapp.
Ansioso vio las luces del 32. Frenó el ómnibus.
Pero ella no estaba. Congelado fijaba sus ojos en la puerta del bus, veía sin ver, sintió su ausencia. Olió su respuesta. Su ánimo se fue a pique.
Empezó a llover.
En el local de electrónica, un televisor mostraba en el noticiero el cadáver calcinado de una mujer.
Él ya se había marchado.