CUENTO URBANO
EL PAQUETE AZUL
Como todas las mañanas, Mendelson
(con una s), salía apurado de su casa
para no llegar tarde a su oficina (odiaba eso), apuraba el paso por las mismas
calles, las mismas veredas, las mismas casas.-
El subte “C” de las 7:05 hs. de
Constitución a Retiro, es su rutina, es su objetivo, miró su muñeca izquierda
el reloj implacable marcaba 7:11 hs, corrió escaleras abajo, molinetes, andén, luces, frenos, por cábala
siempre el cuarto vagón, ahí uno, dos, tres, cuarto, puertas, arriba,—este
trajín le semejaba entrar a la mismísima babel-—, ya arriba Mendelson, estirando el cuello entre el pasaje buscó un
lugar libre, resopló, los asientos estaban como siempre invadidos, y los
vagones atestados de empecinados ocupantes de espaldas contra espaldas. Agarrándose
del pasamanos se paró frente a un asiento doble ocupado por una madre y sus
tres hijos (eso no lo sabía, suponía), la señora regordeta, vestida común, a su
lado le tomaba la mano a su hija pequeña, peinada con trenzas y dos moños rojos, al
frente dos niños uno de físico esmirriado, flacucho, acurrucado al otro, un gordito de cachetes colorados y salpullido
en el cuello apoyado en la ventanilla.
La mujer común, tocando la rodilla huesuda del chico menudo ,
le dijo: correte, dale lugar al señor, de mala gana accedió y se cobijó aún más
a su hermano(eso lo sabría después) el regordete que apretaba entre sus manos y su
panza un paquete de papel azul, mientras miraba la oscuridad por la
ventanilla.-
Mendelson que era un experto en
curiosear, clavó su mirada en el envoltorio azul que el gordito llevaba
aprisionado entre sus manos hinchadas y su estómago, este cada tanto dejaba de
mirar por la ventanilla y controlaba el paquete, es un juguete pensó enseguida,
no, rápido desechó ese pensamiento ya que el papel no tenía logo, ni publicidad
alguna. Era azul liso y pegado con cinta.
El traqueteo y frenada en San Juan, los movió, los balanceó, otra vez el ingreso y egreso de
hombres y mujeres trasladándose de un extremo a otro del vagón, en un mundo de
indiferentes.
La madre miró al gordito que iba
como distraído (eso lo supo después), le recomendó agarrá bien ese paquete, ¿querés que lo lleve yo?...
él se negó con un movimiento de cabeza, bueno, no lo aprietes tanto, le pidió. Mendelson
observaba el azul profundo del papel—le semejaba el mar— como si lo invitara a
hundir su mano en él, poder reconocer
que había debajo, sus ansias eran tan
inquisidoras, ¿será comida?.. ¿llevaban algo para su abuela?.., ¿será
una vianda para el día?.., ¡Ah!.. ya sé; es para el padre que debe estar
trabajando, o preso, su imaginación no tenía límites y era tan desmesurada como
su intriga.
Habían pasado por estación
Independencia, , y el bulto azul para Mendelson era una incógnita, un tesoro
por descubrir, el gordito lo sujetaba
con ganas en cada zarandeo, en cada curva, y la madre recordándole “no lo
aprietes tanto”, ¿era un juguete?.. (no, eso ya lo había descartado) ¿una
mascota?.. (no, ya se hubiera muerto) ¿qué era?...El subte frena en Moreno,
otra vez la invariable rutina invasiva humana, entrar y salir, entrar y salir, de
domesticados pasajeros incapaces de
rebelarse ante su derrotero diario, los cinco seguían firmes en sus lugares, el más chico le pide a la madre ir al asiento
de al lado, ella acepta con la condición que no se mueva de ahí, no quería perderlo de vista.
El espacio dejado le provocó a
Mendelson correrse, y así estar más cerca
del paquete, y poder desentrañar su
contenido, que a esa altura era todo un desafío, visual, táctil, y olfativo, pero el gordito cremoso lo aprisionaba, a veces lo acariciaba
distraídamente, se había transformado en un guardián del “Tesoro de Sandokán”,
¿qué carajo llevaba en ese bulto?.. .Rumiaba Mendelson estirando su cuello.
La voz de la señora común, los puso
en atención a todos, ¡hijos atentos!..,
nos bajamos en la próxima, y recorrió con su mirada justa a cada uno de ellos
buscando confirmación.
Ajetreo, vibración, freno, , Av.
de Mayo, fuga masiva, ocupación masiva, Mendelson se quedó solo por un minuto,
hasta que tres nuevos vecinos lo hicieron
acomodar y correr hasta la
ventanilla, y, con su pierna toca algo,
mira , no lo podía creer el envoltorio azul, el misterio tan deseado, el gordito cremoso lo olvidó, se
dejó “El vellocino de oro” , el “Unicornio azul”, miró para todos lados ,
buscaba miradas cómplices del hallazgo, y no obtuvo ninguna respuestas visual,
giró su cabeza, miró hacia afuera, la
oscuridad y el reflejo de la ventanilla le devolvió la imagen de una cara
afortunada. Estaba alborozado
Tomó el envoltorio insondable, lo
apoyó en sus piernas, posó sus manos sobre él, se sentía dichoso, miraba el
azul intenso del papel ahora si podría desentrañar ese misterio.-
Como ciego nuevo, acariciaba,
rozaba con sus dedos adivinando la
superficie de esa “Caja de Pandora”, y pensaba que era la primera vez que
encontraba algo en el subte, bueno, salvo esa vez que encontró un libro de
recetas de cocina que no le sirvió de nada.
Deslizando sus manos por el
envoltorio, repetía ¿será medicina?.., ¿bebida?.., ¿cosas desagradables?..,
¿juguete?(no, dije que no) , se llevó la
mano a su nariz para poder percibir algún olor, nada. Hacía eso, mientras con su vista recorría sus ocasionales compañeros de
viaje, la chica rubia sentada a su lado masticaba chicle abstraída en un libro
de inglés, el tipo de enfrente con barba jugaba con el celular, y el muchacho
de rulos con auriculares hamacaba su
cabeza vaya saber a qué ritmo. Apretó con firmeza el forro azul como asegurando
su pertenencia.
Nunca deseó tanto llegar a su oficina como hoy, a pesar que
apenas lo vea entrar el “chusma” de Rodríguez le va a largar “che trajiste
facturas”, o Lucía que sin disimulo le va a preguntar si es un regalo para su
mujer, pero él tenía resuelto pasar de largo e ir al baño para por fin
destripar, averiguar, sacarse toda la curiosidad acumulada en el viaje. Abrir
ese paquete era un anhelo eterno.
En la superficie. En un kiosco de Diagonal Norte
una moto verde con dos muchachos, frena
sobre la calle, se baja el de atrás que tiene una gorra blanca, y una campera
roja, su andar bamboleante denuncia su estado,
se acerca al mostrador le tira cinco pesos y le dice dame un “faso”, el
kiosquero saca un “Marlboro” se lo da y observa como este personaje agarra el
encendedor que pende de un hilo plástico ,y, enciende el cigarrillo cobijándolo
con las dos manos, —el temblequeo hacía
bailar la llama como soplada por cuatro vientos—, el kiosquero pensó… “este
está puesto”, ”está dado vuelta ”, masculló. El pibe de gorra blanca y campera
roja suelta el encendedor que queda pendulando y va hacia la moto verde. ¿Querés
una “seca”?.. poniéndole el cigarrillo delante de los ojos al conductor vestido todo de negro, ¡no! ¡sacálo!; Ya sabés que cuando hacemos estos “laburos”
no fumo, y quedan los dos mirando vigilantes la boca de salida del subte “C”,
esa expectativa, esa espera, les producían una adrenalina especial, estimulante transpiraban
más de la cuenta, y apretaban con fuerza la moto.
Por ese túnel salían sus “presas”,
emergían las personas que le podían “salvar el día”, hacer un buen “trabajito”
que les compusiera sus problemas cotidianos, un “celu”, una cadenita, un
“bobo”, “algo” para hacer la diferencia.
Mendelson vio por la ventanilla
el resplandor de la luz de la estación Diagonal Norte, balanceo, chirrido,
frenos, puertas, abajo, se levantó enérgico, y encaró hacia las puertas del
vagón, el “Enigma Azul” iba aprisionado entre
su brazo y su abdomen, enfiló hacia las escaleras y la claridad de calle le
hizo entrecerrar los ojos.
Todo fue rápido, confuso, brutal,
violento, un empujón, una caída, golpeó contra el piso, desaparecía su “Tesoro
Azul”, una moto aceleraba, chillidos, caos, quejidos, lamentos, tres gritos ¡ALTO!¡ALTO!!
¡POLICIA!,.. un disparo seco, corridas, escaleras , gente al piso, atrás de un árbol, dentro un
negocio,— valía salvarse—, todo era tremendo, todo era fugáz, una moto verde con el de negro esfumándose en el tráfico, en
el piso, como una marioneta sin hilos,
inerte, el cuerpo sin la gorra blanca—había volado bajo un auto—, el de
campera roja, más roja aún por la sangre en su espalda tendido en el
alquitranado y ya caliente asfalto, el paquete azul estaba estacionado—
tiñéndose de violeta— entre su brazo, su estómago, y la calle.
Mendelson se acercó intentando
recuperar su “Tesoro” (¿su tesoro?), el policía enérgicamente con un empujón lo
corrió, ¡aléjese!,.. Mendelson miró al policía a los ojos y como un ruego le
dijo “es mío”, ¡váyase! le dijo; con
otro pechón, se juntaron otros policías y con brazos extendidos hicieron un
círculo, donde el punto medio era el cuerpo yacente, boquiabierto, con ojos abiertos sin ver, el de campera roja más roja aún, manaba sangre como delgadas culebras rojas que
reptaban hacia el cordón para juntarse
en un charco.
Una sirena chillona a lo lejos,
no tan lejos, retumbando ya encima, frenadas bruscas, puertas que se abren y
cierran, voces fuertes, todo es rápido y lento a la vez, el paramédico que se
agacha , toca al de campera roja que era
más roja todavía, el paquete azul —ya era una masa informe mojada y violeta— quedó al descubierto, “este ya fue”—dijo el médico, intentando
sacarle el bulto azul ya deforme, se
rompe el envoltorio por la humedad sanguinea, los policías se miran ,—“mirá por lo que se hace matar este”— dice uno, el
otro arquea las cejas y hace un gesto
con la boca como si fuera un tics, Mendelson mira su reloj, sale como disparado
entre la gente que ya estaban en sus rutinas, y maldecía saber que iba a llegar
tarde otra vez a la oficina.Odiaba eso.