martes, 5 de enero de 2016

EL PAQUETE AZUL



CUENTO URBANO
EL PAQUETE AZUL

Como todas las mañanas, Mendelson (con una s),  salía apurado de su casa para no llegar tarde a su oficina (odiaba eso), apuraba el paso por las mismas calles, las mismas veredas, las mismas casas.-
El subte “C” de las 7:05 hs. de Constitución a Retiro, es su rutina, es su objetivo, miró su muñeca izquierda el reloj implacable  marcaba  7:11 hs, corrió escaleras abajo,  molinetes, andén, luces, frenos, por cábala siempre el cuarto vagón, ahí uno, dos, tres, cuarto, puertas, arriba,—este trajín le semejaba entrar a la mismísima babel-—, ya  arriba  Mendelson,  estirando el cuello entre el pasaje buscó un lugar libre, resopló, los asientos estaban como siempre invadidos, y los vagones atestados de empecinados ocupantes de espaldas contra espaldas. Agarrándose del pasamanos se paró frente a un asiento doble ocupado por una madre y sus tres hijos (eso no lo sabía, suponía), la señora regordeta, vestida común, a su lado le tomaba la mano a su hija pequeña,  peinada con trenzas y dos moños rojos, al frente dos niños uno de físico esmirriado, flacucho, acurrucado al otro,  un gordito de cachetes colorados y salpullido en el cuello apoyado en la ventanilla.
La mujer común,  tocando la rodilla huesuda del chico menudo , le dijo: correte, dale lugar al señor, de mala gana accedió y se cobijó aún más a su hermano(eso lo sabría después) el  regordete que apretaba entre sus manos y su panza un paquete de papel azul, mientras miraba la oscuridad por la ventanilla.-
Mendelson que era un experto en curiosear, clavó su mirada en el envoltorio azul que el gordito llevaba aprisionado entre sus manos hinchadas y su estómago, este cada tanto dejaba de mirar por la ventanilla y controlaba el paquete, es un juguete pensó enseguida, no, rápido desechó ese pensamiento ya que el papel no tenía logo, ni publicidad alguna. Era azul liso y pegado con cinta.
El  traqueteo y frenada en  San Juan, los movió,  los balanceó, otra vez el ingreso y egreso de hombres y mujeres trasladándose de un extremo a otro del vagón, en un mundo de indiferentes.
La madre miró al gordito que iba como distraído (eso lo supo después), le recomendó agarrá  bien ese paquete, ¿querés que lo lleve yo?... él se negó con un movimiento de cabeza, bueno, no lo aprietes tanto, le pidió. Mendelson observaba el azul profundo del papel—le semejaba el mar— como si lo invitara a hundir su mano en él,  poder reconocer que había debajo, sus ansias eran tan  inquisidoras, ¿será comida?.. ¿llevaban algo para su abuela?.., ¿será una vianda para el día?.., ¡Ah!.. ya sé; es para el padre que debe estar trabajando, o preso, su imaginación no tenía límites y era tan desmesurada como su intriga.
Habían pasado por estación Independencia, , y el bulto azul para Mendelson era una incógnita, un tesoro por descubrir, el gordito lo  sujetaba con ganas en cada zarandeo, en cada curva, y la madre recordándole “no lo aprietes tanto”, ¿era un juguete?.. (no, eso ya lo había descartado) ¿una mascota?.. (no, ya se hubiera muerto) ¿qué era?...El subte frena en Moreno, otra vez la invariable rutina invasiva humana, entrar y salir, entrar y salir, de domesticados pasajeros incapaces  de rebelarse ante su derrotero diario, los cinco seguían firmes en sus lugares,  el más chico le pide a la madre ir al asiento de al lado, ella acepta con la condición que no se mueva de ahí, no quería   perderlo de vista.
El espacio dejado le provocó a Mendelson correrse,  y así estar más cerca del paquete,  y poder desentrañar su contenido, que a esa altura era todo un desafío, visual,  táctil, y olfativo, pero el gordito cremoso  lo aprisionaba, a veces lo acariciaba distraídamente, se había transformado en un guardián del “Tesoro de Sandokán”, ¿qué carajo llevaba en ese bulto?.. .Rumiaba Mendelson estirando su cuello.
La voz de la señora común, los puso en atención a todos, ¡hijos  atentos!.., nos bajamos en la próxima, y recorrió con su mirada justa a cada uno de ellos buscando confirmación.
Ajetreo, vibración, freno, , Av. de Mayo, fuga masiva, ocupación masiva, Mendelson se quedó solo por un minuto, hasta que tres nuevos vecinos lo hicieron  acomodar  y correr hasta la ventanilla, y, con su pierna toca  algo, mira , no lo podía creer el envoltorio azul, el misterio  tan deseado, el gordito cremoso lo olvidó, se dejó “El vellocino de oro” , el “Unicornio azul”, miró para todos lados , buscaba miradas cómplices del hallazgo, y no obtuvo ninguna respuestas visual, giró su cabeza,  miró hacia afuera, la oscuridad y el reflejo de la ventanilla le devolvió la imagen de una cara afortunada. Estaba alborozado
Tomó el envoltorio insondable, lo apoyó en sus piernas, posó sus manos sobre él, se sentía dichoso, miraba el azul intenso del papel ahora si podría desentrañar ese misterio.-
Como ciego nuevo, acariciaba, rozaba con sus dedos adivinando  la superficie de esa “Caja de Pandora”, y pensaba que era la primera vez que encontraba algo en el subte, bueno, salvo esa vez que encontró un libro de recetas de cocina que no le sirvió de nada.
Deslizando sus manos por el envoltorio, repetía ¿será medicina?.., ¿bebida?.., ¿cosas desagradables?.., ¿juguete?(no, dije que  no) , se llevó la mano a su nariz para poder percibir algún olor, nada.  Hacía eso, mientras con su  vista recorría sus ocasionales compañeros de viaje, la chica rubia sentada a su lado masticaba chicle abstraída en un libro de inglés, el tipo de enfrente con barba jugaba con el celular, y el muchacho de rulos con auriculares  hamacaba su cabeza vaya saber a qué ritmo. Apretó con firmeza el forro azul como asegurando su pertenencia.
Nunca deseó tanto  llegar a su oficina como hoy, a pesar que apenas lo vea entrar el “chusma” de Rodríguez le va a largar “che trajiste facturas”, o Lucía que sin disimulo le va a preguntar si es un regalo para su mujer, pero él tenía resuelto pasar de largo e ir al baño para por fin destripar, averiguar, sacarse toda la curiosidad acumulada en el viaje. Abrir ese paquete era un anhelo eterno.
En  la superficie. En un kiosco de Diagonal Norte una moto verde  con dos muchachos, frena sobre la calle, se baja el de atrás que tiene una gorra blanca, y una campera roja, su andar bamboleante denuncia su estado,  se acerca al mostrador le tira cinco pesos y le dice dame un “faso”, el kiosquero saca un “Marlboro” se lo da y observa como este personaje agarra el encendedor que pende de un hilo plástico ,y, enciende el cigarrillo cobijándolo con las dos manos, —el  temblequeo hacía bailar la llama como soplada por cuatro vientos—, el kiosquero pensó… “este está puesto”, ”está dado vuelta ”, masculló. El pibe de gorra blanca y campera roja suelta el encendedor que queda pendulando y va hacia la moto verde. ¿Querés una “seca”?.. poniéndole el cigarrillo delante de los ojos al conductor  vestido todo de negro, ¡no! ¡sacálo!;  Ya sabés que cuando hacemos estos “laburos” no fumo, y quedan los dos mirando vigilantes la boca de salida del subte “C”, esa expectativa, esa espera, les producían una adrenalina especial, estimulante  transpiraban más de la cuenta, y apretaban con fuerza la moto.
Por ese túnel salían sus “presas”, emergían las personas que le podían “salvar el día”, hacer un buen “trabajito” que les compusiera sus problemas cotidianos, un “celu”, una cadenita, un “bobo”, “algo” para hacer la diferencia.

Mendelson vio por la ventanilla el resplandor de la luz de la estación Diagonal Norte, balanceo, chirrido, frenos, puertas, abajo, se levantó enérgico, y encaró hacia las puertas del vagón, el “Enigma  Azul” iba aprisionado entre su brazo y su abdomen, enfiló hacia las escaleras y la claridad de calle le hizo entrecerrar los ojos.
Todo fue rápido, confuso, brutal, violento, un empujón, una caída, golpeó contra el piso, desaparecía su “Tesoro Azul”, una moto aceleraba, chillidos, caos, quejidos, lamentos, tres gritos ¡ALTO!¡ALTO!! ¡POLICIA!,.. un disparo seco, corridas, escaleras ,  gente al piso, atrás de un árbol, dentro un negocio,— valía salvarse—, todo era tremendo, todo era fugáz, una moto verde  con el de negro esfumándose en el tráfico, en el piso, como una marioneta sin hilos,  inerte, el cuerpo sin la gorra blanca—había volado bajo un auto—, el de campera roja, más roja aún por la sangre en su espalda tendido en el alquitranado y ya caliente asfalto, el paquete azul estaba estacionado— tiñéndose de violeta— entre su brazo, su estómago, y la calle.
Mendelson se acercó intentando recuperar su “Tesoro” (¿su tesoro?), el policía enérgicamente con un empujón lo corrió, ¡aléjese!,.. Mendelson miró al policía a los ojos y como un ruego le dijo “es mío”, ¡váyase!  le dijo; con otro pechón, se juntaron otros policías y con brazos extendidos hicieron un círculo, donde el punto medio era el cuerpo yacente, boquiabierto, con  ojos abiertos sin ver, el  de campera roja más roja aún,  manaba sangre como delgadas culebras rojas que reptaban hacia el cordón  para juntarse en un charco.
Una sirena chillona a lo lejos, no tan lejos, retumbando ya encima, frenadas bruscas, puertas que se abren y cierran, voces fuertes, todo es rápido y lento a la vez, el paramédico que se agacha , toca al de campera roja  que era más roja todavía, el paquete azul —ya era una masa informe mojada  y violeta—  quedó al descubierto,  “este ya fue”—dijo el médico, intentando sacarle el bulto azul  ya deforme, se rompe el envoltorio por la humedad sanguinea, los policías se miran ,—“mirá  por lo que se hace matar este”— dice uno, el otro  arquea las cejas y hace un gesto con la boca como si fuera un tics, Mendelson mira su reloj, sale como disparado entre la gente que ya estaban en sus rutinas, y maldecía saber que iba a llegar tarde otra vez a la oficina.Odiaba eso.